La seguridad aérea, una necesidad
E l accidente que provocó 200 víctimas en el aeropuerto Congonhas de San Pablo, utilizado esencialmente para vuelos de cabotaje, muestra la crisis que está viviendo la aeronavegación en la región de la que no escapa, sin duda, el espacio aéreo uruguayo pese a que aquí, como sabemos, la empresa que tiene a su cargo la explotación del Aeropuerto Nacional de Carrasco, está «aggiornando» su estructura. Hace poco tiempo se inauguró la extensión de la pista principal a la medida apropiada que permite operar a aviones de gran porte, los llamados de fuselaje ancho.
Sin embargo, por distintas razones todavía nuestro sistema aéreo no tiene la mejor calificación internacional, lo que va más allá de las intenciones de la propia empresa concesionaria de Carrasco, porque persisten problemas con la cobertura nacional de los vuelos con el control del radar y otras carencias que, cuando ocurren hechos como los de Congonhas, deben ser resaltados, porque la seguridad aérea es uno de los elementos esenciales de las comunicaciones en este siglo XXI.
Uruguay aspira, luego de la operación realizada con la empresa Pluna, de convertir a nuestro aeropuerto en un centro de comunicaciones aéreas de principal importancia. Por lo tanto, nada debe quedar sin atender, ni ser producto de la improvisación. Cada uno de los elementos que determinen la seguridad de los vueles hacia y de nuestro país, deben ser atendidos con tiempo, en una programación que prevea el crecimiento del movimiento aéreo, volumen que determinará una mayor provisión de distintos insumos a los aviones, desde combustibles, hasta las clásicas bandejas (cattering) de comida que se sirven en los vuelos regionales o internacionales.
Pero lo que más importa son las medidas de seguridad. Ninguna de ellas debe ser dejada al azar, ni ningún vuelo debe realizar un acercamiento a pista de acuerdo sólo con la «experiencia» de un controlador, por más eficiencia profesional que éste tenga. Esa experiencia debe estar complementada con las mediciones de radar, las señales a aerofaro, etc., para que nunca un piloto tenga que tomar decisiones que, como en Congonhas, pueden ser el leve límite que hay entre la vida, la catástrofe y la muerte.
El caos aéreo que se verifica en Brasil es superlativo. El propio presidente de la empresa TAM, Marco Antonio Bologna, comunicó de manera oficial que esa compañía dejará de utilizar el aeropuerto de San Pablo, en donde se produjo el trágico accidente, cada vez que llueva. La pista principal, donde el martes pasado se accidentó un Airbus con 187 ocupantes también en condiciones de lluvia, continúa inhabilitada. Antes del accidente por lo menos tres aviones de la compañía debieron abortar un aterrizaje en Congonhas por condiciones adversas en esa pista. La aerolínea Gol, que también dejó de aterrizar por las mismas razones en ese aeropuerto desde la semana pasada, evitó pronunciarse de manera oficial.
¿Cómo es posible que las autoridades aeronáuticas brasileñas hayan permitido que se llegara a estos extremos? No hay respuestas claras, sin embargo, como respuesta política el presidente Lula le reclamó y obtuvo la renuncia al ministro de Defensa, de quien depende el organismo que administra los aeropuertos.
Lo ocurrido en San Pablo es aleccionante y, de alguna manera, los hechos que se siguen sucediendo en los aeropuertos de Buenos Aires también deben ser tenidos en cuenta, aunque los problemas quizás sean otros. ¿Quizás el crecimiento de la actividad haya caminado con más aceleración que la puesta a punto de las infraestructuras?
Esperemos que aquí se tomen las medidas adecuadas para que nuestro sistema aéreo se modernice, sea adecuado y permita que quienes vuelen a Uruguay lo hagan con la mayor seguridad. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad