El sagrado bolsillo de los privilegiados

Escrito por: JULIO GUILLOT - Periodista

Sábado 21 de julio de 2007 | 2:58
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Un abogado ironizaba cierta vez que la historia del derecho tributario era la historia del ingenio del contribuyente contra la voracidad del fisco. Esto es, que desde que el Estado empezó a imponer tributos, los ciudadanos buscaron la manera de burlarlos, de tal modo que se asistió a un crescendo de artimañas y subterfugios frente a lo cual el Estado respondía con nuevas normas, vericuetos y controles para evitar la evasión. Una verdadera lucha titánica.

De acuerdo con esto, parece claro colegir que la resistencia a pagar impuestos forma parte de la condición humana. Cierto es que abundan en la historia casos groseros de abuso impositivo (como el diezmo, la corvea o la gabela) que generaron no sólo revueltas, sino revoluciones. Pero no menos cierto es que aun los impuestos más modestos y más justos merecen el rechazo indignado del contribuyente, que hará todo lo necesario para zafar de la obligación de pagarlos; incluso está dispuesto a pagar generosamente los servicios contables de un experto para adulterar balances de modo que parezca –a los ojos del fisco– que la empresa da pérdidas. Tan es así, que el mismo abogado comentaba, sarcástico: “Uno ve el balance de alguna de esas grandes empresas y le dan ganas de ir corriendo a pagarles un café con leche a los pobres empresarios…”.

Todo esto viene a cuento en razón de la entrada en vigor de la nueva Reforma Tributaria, tan vigorosamente rechazada por vastos sectores de la población. Se rasgan las vestiduras, se mesan los cabellos, ponen los ojos en blanco y el grito en el cielo, y, sobre todo, ponen candados a sus bolsillos.

Yo no sé (todavía no hice el cálculo) si mi modesto estipendio se verá más o menos menguado con la aplicación del impuesto a la renta de las personas físicas. Pero lo que sí sé es que hay dos categorías de quejosos por el IRPF: los ignorantes que creen los apocalípticos mensajes de la derecha, y los que tienen buenos ingresos y por ello habrán de pagar más que antes, por lo que su desasosiego, su alarma y su irritación son explicables.

Dije “explicables”, lo cual no quiere decir que estén justificadas. Se comprenden la alarma y la irritación en razón de ese histórico rechazo a oblar para el fisco, pero en rigor, ¡cuánto egoísmo, cuánta mezquindad!

Confieso que me sigue asombrando la falta de solidaridad de algunos, sobre todo la de aquellos que tienen mejores ingresos. No son capaces de sacrificar una parte de esos ingresos para que el Estado la redistribuya invirtiéndola en obras para la comunidad, en fomentar el empleo y en mejorar la vida de los más sumergidos.

¿Qué puede significar el sacrificio de viajar menos a Disneyworld o beber etiqueta roja en lugar de negra, comparado con el sacrificio diario de ese 80 por ciento de compatriotas que se hallan en el infraconsumo y que ahora se verán beneficiados por la reforma?

¿No están dispuestos a renunciar a un cierto porcentaje de sus rentas de modo tal que empiece a haber menos carritos de hurgadores que tanto los molestan?

¿No aceptan comprar menos caviar de modo que los uruguayos sumergidos puedan comprar un poco más de arroz?

¿No se avienen a aportar parte de su ingreso para que los policías, por ejemplo, estén un poco mejor pagos y no tengan que deslomarse veinte horas por día cuidando precisamente el patrimonio de los privilegiados?

En fin, con este panorama, viendo cómo saltan indignados ante el menor atisbo de amenaza a su peculio, no puedo menos que pensar cuánto nos falta todavía para llegar a una sociedad socialista.

Y pienso, también, en los descontentos porque el gobierno no realiza los cambios ya, en los ultras que tildan al gobierno de continuista, en fin, en los apurados de siempre, incapaces de entender la realidad.

Pienso en esos dos extremos y te juro que no sé cuál de los dos me da más bronca. *

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