¿Un geriátrico atendido por planchas?
El 15 de marzo de 1989, ya pasaron dieciocho años, en su página editorial de La Democracia, Wilson escribió un admirable editorial titulado «M1 más M2 más M3 igual 0″, en que analizaba el dogma del monetarismo imperante desde tiempos del proceso, inaugurado por Végh Villegas al frente del Ministerio de Economía.
Wilson lo explica claramente: «el M1 representa los billetes en poder del público más los depósitos a la vista, se resuelve M2 si se le suman los depósitos a plazo fijo en la banca, y M 3 si se agregan los constituidos en monedas extanjera. Y parecería que la felicidad de los orientales ya no depende, como antes, de que se produzcan más bienes y servicios y se paguen mejores salarios a un mayor número de trabajadores, sino de que las tres Emes no superen determinados coeficientes. Ya no importan la gente y las cosas, sino las Emes, que han cobrado vida propia e imponen su voluntad, como los muñecos del cuento, a los ventrílocuos y titiriteros».
En estos 18 años pasaron por el Ministerio de economía Zerbino, colorado, De Posadas, blanco, Bensión, colorado, y ahora Astori por el Frente Amplio. Pero el viejo dogma económico impuesto por los tecnócratas del proceso sigue intacto. Tan intacto, que la actual política económica merece las bendiciones del secretario del Tesoro de los Estados Unidos, como la «más madura de la región». ¡Cambian los Papas pero el dogma sigue siendo el mismo, y no debería asombrarnos, pues son todos miembros de la misma iglesia monetarista!
El cogollo de la política económica es el mantenimiento de un estado controlado de recesión permanente, aun cuando los términos de intercambio internacional sean extraordinariamente favorables. Aun cuando nuestras exportaciones lleguen al límite de nuestras capacidades productivas, pero eso no genera inversión ni desarrollo productivo, ni aumentos de los niveles de vida de las grandes masas, gracias al control monetario de la economía.
Este funesto milagro se logra manipulando las famosas Emes. Retirando circulante de la economía a los efectos de «enfriarla», es decir inducir recesión justamente cuando se dan las condiciones para la capitalización y la distribución generando trabajo, con el argumento de que la demanda agregada genera inflación.
El cuco de la inflación ha servido para congelar la economía, fomentar la usura y la evasión de capitales. Porque en este país, lo que paraliza la economía, aún con inflación de un dígito, es la usura. Y esa usura se fomenta desde el Banco Central, en sus operativas de captura de circulante, que con pretexto de contenerla se realizan.
No es posible la inversión productiva en un país donde las tasas de interés oscilan entre diez y veinte veces la inflación programada. Las tasas que se añaden en los incumplimientos, en las demoras de pago. Tasas con fines paralizantes y expropiatorios aplicadas por el BPS y la DGI. O de la UTE, por ejemplo, responsable de la oferta de un artículo de primera necesidad para la producción y para la vida de las familias, cobra una tasa de mora del 10% mensual, es decir largamente superior a la más temida tasa anual de inflación. ¡La propia definición de usura banco centralista, como aquella que supere el 70% las tasas medias del mercado, es una macabra humorada!
La inflación que aplasta al país es la resultante de la suma de las tasas de interés a que está sometido tanto el que consume como el que produce, cuando se incentiva el endeudamiento masivo con fines de consumo. Inflación encubierta en las quitas que hacen las financieras al comercio, los recargos y tasas a que someten al consumidor. Los economistas son como el tero, cantan lejos de sus nidos.
Para reactivar una economía es necesario actuar agresivamente sobre la demanda, impulsando obra pública que genere salarios que tienen un gran impacto sobre los productores de la granja, por la creciente demanda de alimentos. Pero, claro que esta demanda inicial genera inflación, es natural, la inflación impulsa a la producción, acicatea comerciante a estoquear, al fabricante a comprar materias primas, es decir, a invertir en artículos y no en monetario.
Esa inflación saca el dinero de los bancos y lo pone en circulación, descomprime el endeudamiento neutralizando las tasas de interés de los prestamistas, en fin, todo lo contrario a una economía en parálisis, en recesión.
La inflación puede ser baja, cuando las tasas de interés sean nulas, o tiendan a cero, así lo ha demostrado Keynes. Y es lo que hace posible la plena ocupación y la sociedad de consumo en la Europa de hoy, que ya no expulsa gente, sino que se nutre de nuestra juventud para compensar su baja natalidad.
Mientras la juventud se envenena, mata, o huye de estos genocidas de corbata, el Uruguay va camino a ser, como dice el humor popular, «un geriátrico atendido por planchas».
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