El legado de una época fermental

Lunes 16 de julio de 2007 | 12:13
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E l pasado jueves 12 la Junta Departamental de Montevideo rindió un cálido homenaje a dos intelectuales emblemáticos: Daniel Vidart y Renzo Pi Hugarte. Mediante la práctica de otorgar el título de Ciudadano Ilustre de Montevideo, el deliberativo comunal (el “Parlamento de la Ciudad”, como prefiere llamar a la Junta su actual presidente, el profesor Gabriel Weiss) está llevando a cabo el necesario reconocimiento a personalidades relevantes en diferentes ámbitos del quehacer nacional. Así, en los últimos meses recibieron la honrosa distinción, entre otros, el músico y cantautor Jaime Roos y el actor, director, hombre de teatro y escritor Antonio Taco Larreta.

La justicia de tales reconocimientos está fuera de discusión, y es preciso resaltar la saludable idea de la Junta de realizar homenajes en vida, rompiendo la solemne e injusta práctica de esperar a la desaparición física de quien se ha hecho acreedor al homenaje para ensalzarlo con discursos lacrimosos. De este modo, homenajeando en vida a figuras relevantes de nuestra cultura (y empleamos este término en su acepción de conjunto de elementos materiales y espirituales que caracterizan a una sociedad), la ceremonia pierde ese lado acartonado y lúgubre para convertirse en una verdadera fiesta.

Como ha dicho el intendente Ehrlich, una de las virtudes de estos homenajes es el hecho de que, al proceder al reconocimiento de los valores de los homenajeados, somos los ciudadanos todos quienes nos reconocemos en ellos.

El homenaje a Renzo Pi y a Daniel Vidart, independientemente del reconocimiento a sus innumerables valores, fue también el rescate de una época particularmente fermental. La época que comienza cuando se hacen sentir los primeros efectos de la crisis, cuando el Partido Nacional desplaza del poder al Partido Colorado después de casi un siglo, cuando la Suiza de América empieza a latinoamericanizarse y se profundizan los conflictos sociales. Los uruguayos, desconcertados precisamente por el derrumbe de las certezas que hasta entonces les habían dado seguridad, sintieron la necesidad de entender qué estaba pasando, y fue así que se produjo el boom editorial y la divulgación casi masiva no sólo de obras de ficción que intentaban reflejar el desconcierto generalizado, sino además, de ensayos sociológicos e históricos que hurgaban en el pasado para tratar de explicar ese presente incómodo e inexplicable. Hubo una avidez notable por conocer una versión de nuestra historia más creíble que la oficial. La tarea esclarecedora del revisionismo histórico ­impulsado fundamentalmente por Luis A. de Herrera y Vivian Trías desde hacía ya uno años­ fue de algún modo el punto de partida para las investigaciones de Barrán, Nahum, Ares Pons, Williman, Faraone, de Torres Wilson y tantos otros que nos ayudaron con sus publicaciones a reconocernos y a comprender el presente.

Entre las obras que produjo aquella eclosión cultural, hay que mencionar La Enciclopedia Uruguaya, con entregas periódicas en fascículos, que brindaba un pantallazo de nuestra civilización. Pero sobre todo, es preciso resaltar una obra mayor: Nuestra Tierra, una colección más abarcadora, que presentaba al lector medio, ávido de reconocerse, un panorama completo sobre nuestra cultura en sus más diversas manifestaciones, desde una aproximación a los aborígenes (cuyo autor es, precisamente, Renzo Pi) hasta el fútbol, pasando por la filosofía, el clima o la fauna. Entre otros intelectuales valiosos, detrás de la obra estuvieron justamente los flamantes ciudadanos ilustres Renzo Pi y Daniel Vidart. La colección Nuestra Tierra fue un referente ineludible, una obra esclarecedora que constituyó una puesta a punto de nuestra realidad, tumbó mitos y rescató del olvido y puso en su lugar hechos y personalidades trascendentes que hasta entonces habían estado relegados por la historia y la cultura oficiales.

En estos tiempos actuales de globalización indiscriminada, corresponde mirar atrás e inspirarnos en aquellos pioneros que supieron, con rigor científico y con entusiasmo, ayudarnos a pararnos en la realidad sin concesiones, a reconocernos tal como somos.

De ellos debemos aprender a mirar la realidad de hoy, a mirarnos y pararnos en ella y a asumir el compromiso de cambiarla. *

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