Mercosur: Uruguay ejerce la presidencia

En política, realismo e idealismo son principios complementarios. Porque, como decía Giovanni Sartori, los ideales funcionan cuando se evalúan frente a las resistencias que enfrentan. El primero nos ilustra acerca de que el PBI de Argentina y Brasil juntos rondan el 95% del Mercosur –sin contar Venezuela–, contra un 5% restante de Uruguay y Paraguay. O que la facturación de la zona franca de Manaos es más o menos equivalente al PBI de Uruguay. No es posible entonces pensar que en el Mercosur, ampliado o no, no existan diferencias, o que la lógica productiva más que de complementación, que sería lo deseable, sea de dura competitividad.

Sin duda que los golpes nacionalistas, cuando no chauvinistas, generan desencantos e incertidumbres acerca de la integración, lastimando fuertemente el idealismo y la fuerza inicial con que se encaró el proceso. Pero el mismo nos dice que la utopía integracionista sigue vigente aunque le cueste consolidarse. El ex canciller de Alemania Helmut Khol decía que los agoreros del fracaso que calificaban a la Unión Europea como «mera fantasía», también podían equivocarse. La historia lo demostró.

El proceso de integración nace en 1991 en plena globalización, fenómeno este que no es uniforme, que no beneficia a todos por igual. Por el contrario, creó y profundizó asimetrías: entre países subdesarrollados y desarrollados, países grandes y chicos en la región, e internas entre sectores de punta favorecidos y otros perjudicados.

Ello originó una situación que se refleja en su institucionalidad, caracterizada por la superposición e incongruencia de funciones, la dificultosa aplicación de las normas que se adoptan o no se incorporan a los órdenes jurídicos nacionales, generando inseguridad jurídica, insuficiencias políticas y sociales. La carencia de visiones supranacionales y predominio de miradas nacionales, dificultando la adopción de políticas comunes es un hecho extendido. En definitiva, ¿es razonable pensar que una unión aduanera, como actualmente es el Mercosur, pueda funcionar sin una autoridad administrativa centralizada? Estas deficiencias difícilmente puedan revertirse en apenas 16 años de vigencia del proceso.

Pero así como no es oro todo lo que reluce, no todo es negro. El Protocolo de Olivos, el Tribunal Permanente de Consultas, el Parlamento Mercosur, los avances en temas aduaneros, la aplicación de los fondos para países de menor dimensión, Focem, de lo cual Uruguay es un favorecido, son avances notorios.¿Insuficiente? Por supuesto. Notoriamente. Queda aún sin resolver el núcleo duro comercial, por ejemplo.

Pero no por ello la integración regional deja de ser una prioridad estratégica. Que no significa antagonismo con otros procesos de la región. Por el contrario, mirada con visión histórica y estratégica de futuro, la complementariedad resulta esencial. Recordemos que Bolívar, San Martín, Morazán, Artigas no terminaron bien sus días. Fusilados o expatriados. Y no se puede decir que no fueran realistas o que anduvieran carentes de idealismo.

¿Y la dimensión social del Mercosur? El Tratado de Asunción no escapó, como la mayor parte de los procesos de integración, al relegamiento de lo social-cultural en aras de lo económico comercial. Fue incorporado posteriormente. Pero frustraciones, obstáculos, prédica antimercosureña mediante también en lo social cultural hay avances. Teóricos pero avances al fin. No es menor que la estrategia de empleo, tradicionalmente encasillada en lo socio laboral, ocupe la atención del centro de las políticas estatales, obligando a los ministerios responsables de las políticas económicas, laborales y sociales a actuar conjuntamente, para sustituir la lógica del mercado por la de articulación de políticas, colocando al trabajo decente como factor de inclusión social. Insistimos: realismo e idealismo, bien juntitos, agarrados de la mano.

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