Por una solución racional del conflicto
A medida que pasa el tiempo, cuanto más nos acercamos al inicio oficial de la actividad fabril de la pastera Botnia, y cuando se acortan los plazos para que el Tribunal de La Haya se pronuncie sobre la demanda argentina, las razones del conflicto se tornan más absurdas.
La irreductibilidad de la postura de los supuestos ambientalistas –y la reafirmación de las autoridades provinciales y nacionales del vecino país en el sentido de acompañar los reclamos piqueteros– no parece abrir caminos de diálogo. La exigencia –presentada como condición sine qua non para resolver el conflicto– de que la planta de la empresa finlandesa sea reubicada cobra a esta altura características de capricho pueril. ¿Puede, razonablemente, pretenderse que a pocos días de comenzar su producción, cuando ya está finiquitada la construcción de la planta y se han llevado a cabo pruebas de funcionamiento satisfactorias, se desmonten todas las instalaciones del complejo industrial y se vuelva a construir la fábrica en otro lugar?
El presidente Kirchner parece empantanado, atrapado en su propia estrategia y rehén de los delirios de los fundamentalistas de la Asamblea de Gualeguaychú. En su afán por no macular su imagen y perder posibles votos para su reelección (o para la elección de su esposa), Néstor Kirchner se ha embarcado en una empresa destinada al más rotundo fracaso. Sin embargo, parece haber pesado más su propósito de no malquistarse con ese puñado de exaltados, y ha llegado a un peligroso punto sin retorno, a un nudo gordiano que sólo podrá desatarse una vez que tengan lugar las elecciones presidenciales de octubre. ¿Cómo se las arreglará para enfrentar la realidad, aceptar la presencia de la fábrica en su lugar actual, y disuadir a los fundamentalistas de continuar con su delirio piquetero? Después de haberlos dejado hacer, después de haberlos estimulado en esa guerra disparatada contra la pastera, después de públicas declaraciones en las que adhirió formalmente a la causa piquetera para convertirla en causa nacional, ¿qué argumentos esgrimirá para que los ambientalistas desistan de su postura belicosa y no se vuelquen a medidas más graves al ver que la fábrica funciona?
Desde que empezaron las protestas en Gualeguaychú y a medida que las posiciones se radicalizaban, fue posible oír declaraciones de hombres de ciencia, organizaciones sociales e institutos científicos argentinos en las que exponían una posición exactamente contraria a la sustentada por los asambleístas. Las conclusiones a que arribaron echan por tierra los argumentos ambientalistas: las pasteras no contaminarán; y su tecnología está acorde con las exigencias internacionales en cuanto a evitar todo tipo de contaminación ambiental pues usarán la tecnología más moderna aceptada en el mundo.
Al haber hecho de la causa piquetera una causa nacional, el presidente Kirchner parece haber apostado a la vieja estrategia de hallar un enemigo común que una a la población más allá de simpatías o definiciones político-partidarias en torno a una reivindicación que exalte el mal entendido nacionalismo argentino.
Es un camino malo y peligroso de resultado incierto. Ya ha deteriorado las relaciones entre ambos gobiernos y puede conducir a la frustración de aquellos ciudadanos que sinceramente creen en la contaminación tan agoreramente anunciada.
Esperemos que finalmente prevalezca la razón y que el presidente Kirchner, poseedor de virtudes incuestionables, logre conjurar la situación propiciando una salida política inteligente. *
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