Jerarquización de la enseñanza
D esde estas páginas nos hemos referido al tema en más de una oportunidad, pero entendemos necesario insistir en el asunto. Con la reciente aprobación de la Rendición de Cuentas, con la modificación introducida en la Cámara de Diputados que habilita una reasignación de recursos para la enseñanza pública, se ha dado un paso más que sustancial hacia la jerarquización de la educación. Hemos saludado este logro desde el momento que significa el primer peldaño para que la enseñanza retome su sitial de preferencia en el quehacer nacional.
A partir de ahora es preciso profundizar el debate educativo de manera de elaborar sin más demora una moderna ley de educación que contemple la nueva realidad del país y del mundo y que se adecue a las necesidades de nuestra sociedad y a las exigencias impuestas por la globalización.
Durante el siglo pasado, nuestra enseñanza se caracterizó por exhibir un alto nivel pero adoleció de ciertos males. Se había puesto el acento en una formación excesivamente académica, en una enseñanza libresca despegada de la realidad, una educación demasiado teórica que desatendía la formación técnica y práctica necesaria para que los jóvenes pudieran insertarse sin dificultades en el mercado laboral.
Como suele ocurrir con frecuencia, la reacción contra ese sistema educativo del que egresaban en su mayoría profesionales con poca vinculación con el sistema productivo también cayó en excesos. Tratando de corregir esos males, se pretendió eliminar la información considerada «inútil» para poner el acento en cuestiones pragmáticas que permitieran la formación de técnicos aptos para obtener un puesto de trabajo en la industria o en los servicios. Fue así que se eliminaron asignaturas o se les quitó carga horaria. El resultado fue, inevitablemente, una brusca caída del nivel de la enseñanza humanista. Los uruguayos jóvenes de hoy exhiben carencias notorias en esas áreas, tienen dificultades para expresarse coherentemente, poseen un léxico reducido y sus producciones lingüísticas son por lo general bastante pobres; su capacidad de reflexión no es la misma de hace medio siglo y sus conocimientos de cultura clásica son casi nulos. Cierto es que para ser gerente de marketing, economista o tornero, el conocimiento de Homero o de Cervantes es totalmente prescindible, pero si se sigue despreciando esa cultura «inútil», terminaremos convertidos en robots, en meras piezas del engranaje productivo, buscando siempre y únicamente acceder a más altos niveles de consumo.
Todo esto viene a cuento en razón de una encuesta reciente –que ya hemos comentado en este espacio– que desnudó una realidad bastante alarmante. Hace ya unos años se empezó a constatar una merma en los valores, es decir, que la escala de valores de la sociedad moderna había sufrido cambios importantes y que se había producido un trastocamiento de dichos valores de manera tal que ciertas pautas y padrones morales habían pasado a niveles más bajos siendo sustituidos por otros. Este fenómeno no es imputable solamente a carencias educativas, desde luego. La globalización neoliberal luego del desplome del campo socialista hizo estragos no sólo en la economía y en la sociedad sino también en las pautas culturales de los uruguayos.
Bajo el gobierno del doctor Batlle se habló mucho de la necesidad de profundizar la «educación en valores». Y luego de la encuesta divulgada recientemente a que hacemos referencia más arriba, esta necesidad se torna imperiosa. Hemos descubierto que los uruguayos no son tan solidarios como creíamos, que hay un rechazo marcado hacia el «diferente» –se trate de un individuo de otra raza o de un estrato social bajo–, que las opciones sexuales que no siguen la «norma» siguen siendo mal vistas, etcétera. El individualismo a ultranza preconizado por el capitalismo salvaje ya se ha transformado en egoísmo a secas, en una prescindencia inquietante por la suerte del prójimo, como para dar razón al poeta que decía «la tierra toda, el sol y el mar son para aquellos que han sabido sentarse sobre los demás». La competitividad es enemiga de la solidaridad.
Como conclusión, diremos que es preciso reformar la enseñanza, pero que hay que lograr un equilibrio entre la capacitación para el mercado laboral y la formación espiritual de la gente. Una tarea nada sencilla, es cierto, pero debemos abordarla con inteligencia y con audacia. *
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