Nosotras y nosotros también
El día 16 de mayo de 2007 una mujer uruguaya fue procesada por «delito de aborto» por el juez letrado de 19º Turno, ante la denuncia formulada por un médico consultante, que lo informó a la Comisaría y no al MSP (como es de ley), configurándose una grave violación a los derechos de la mujer denunciada y procesada.
Empezó con la indignación. Percibimos y detectamos en nuestro entorno ese sentimiento, que era el mismo que personalmente sentíamos.
Una joven había sido procesada por aborto, luego de una serie de circunstancias desgraciadas y lamentables, con un médico que denuncia en la Comisaría el hecho innecesariamente, un juez que aplica el rigor de la ley, y no sus atenuantes.
Queda al desnudo, entonces, la tremenda injusticia que cae sobre esta muchacha, como antes sobre otras mujeres (pagando muchas de ellas con su vida). Más allá de las circunstancias específicas de este caso, desnuda también la cuestión de fondo: una ley obsoleta que no protege, que no cuida.
Fuimos unos pocos al principio que, coincidiendo en el sentimiento, coincidimos en canalizarlo para que otras, otros, que sintieran lo mismo, pudieran expresarlo.
Y elegimos el camino. Manifestar nuestra solidaridad radical con esta joven, y simbólicamente con todas las que sufrieron y sufren el dolor y la estigmatización. Asumiendo como propia su actitud, con todas sus consecuencias.
Por eso:
«Los y las abajo firmantes hemos infringido la Ley 9.763, de 1938, haciéndonos un aborto o financiándolo, acompañando a una mujer a practicárselo, o conociendo la identidad de muchas y callándonos».
Así abrimos las puertas para que todas y todos tuvieran vías para adherir a este compromiso de asunción colectiva.
Y ahora somos miles. Y seremos más.
De alguna manera es el espíritu de «Fuenteovejuna», la clásica y revulsiva obra de teatro de Lope de Vega, la que nos inspira.
No hay un solo «culpable». Todas y todos lo somos, el gobierno, la sociedad entera lo es.
En tanto esta ley vigente avale la hipocresía de un poder político y de una sociedad que no se mira al espejo de frente. Lo hace de reojo encajonando el tema. Y el espejo se enturbia.
Así ha sido hasta ahora.
Porque cuando se decida a mirarse en el espejo de frente -y a eso apostamos- verá, en un espejo nítido e implacable, reflejado un rostro que no nos dignifica, y que nos cuestiona.
Entonces habrá cambios, tendrá que haberlos, una nueva ley tendrá que emerger, una ley que proteja, que cuide y que no produzca dolor ni estigmas.
En eso estamos comprometidos hasta el hueso.
Hoy somos todas y todos culpables.
Mañana tendremos que ser todas y todos inocentes.
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