López Matteo y los nuevos héroes
Si alguien espera que de estas líneas vaya a salir el currículum de quien suscribe y vaya a dar a conocer los galardones que pudo haber tenido o no en la lucha contra la dictadura, se equivoca. No es mi estilo hacer una competencia sobre méritos democráticos y mucho menos con quienes los recuerdan ahora, con el solo fin de hacerse conocer y de confirmar sus lazos con una parte del poder.
Escribo estas líneas pensando en Cacho (mi amigo obrero de la construcción), en el Quique (inspector de escuela) y en Marilú y todas las Marilú de la enseñanza.
Ayer el secretario de redacción de El Observador, Carlos López Matteo, se confesó en una columna de su diario que tituló «Arbilla y la dictadura».
Preocupado por la suerte mediática de su amigo el señor Arbilla, salió en su defensa. Está en su derecho pero, además, viene bien que lo haga porque muestra que detrás del debate Fasano-Paolillo y Arbilla, hay muchas más cosas en juego.
López Matteo nos sorprende –no debió sorprendernos, aunque eso es parte de nuestra ingenuidad casi congénita–, cuando coloca en el pedestal de los prohombres del país a Arbilla, al tratar de justificar su presencia en la Dirección de Prensa y Difusión de la dictadura cívico-militar.
Al respecto dice: «La historia del mundo está llena de personajes que se quedaron en ciertos lugares para evitar males mayores» y agrega: «En la uruguaya (historia) José Pedro Varela es un caso paradigmático».
Es así que descubrimos que Arbilla es comparable con Varela, porque supuestamente dejó una obra similar a la del reformador de la escuela pública. Dios mío, si no fuera serio, el punto daría para tomárselo para la chacota, con un toque de broma y otro poquito de ironía. Pero el tema es serio, gravemente serio.
La creación del ícono «Arbilla-Varela» es un vano intento de justificar a quienes colaboraron con la última dictadura que arrasó a nuestro país: la más cruel y terrible de todas las épocas. Y en este sentido me pregunto: ¿cómo calificará López Matteo a Purriel y a Robaina Ansó, también a Jorge Da Silveira, que renunciaron al segundo de conocerse la disolución del Parlamento? ¿Cómo calificaría al vicepresidente Jorge Sapelli que no acompañó el golpe de Estado? ¿Cómo radicales, fundamentalistas, stalinistas, fascistas, corporativistas, nabos, chotos? ¿Cómo?
Y es en este marco que recuerdo a Cacho, a Quique y a Marilú –los héroes anónimos del «inxilio»– que vivieron más de 10 años expulsados de sus trabajos, comiendo lo que podían y durmiendo con un ojo abierto, porque en cualquier momento los podían ir a buscar para meterlos en la máquina de «El Infierno» por sólo pensar.
¿Qué les dices a ellos, López Matteo? Tú mismo tienes la respuesta y la manifestaste en tu diario. Nos dices que Arbilla «como zonceando» te avisó que iban a detener a Seregni antes del 9 de julio de 1973 y que tú, en un acto de solidaridad con el general, fuiste y la avisaste. Le tendrías que haber contestado: «Chocolate por la noticia».
Realmente, López Matteo, me conmueve Arbilla y me conmueves tú. ¿Tú no sabías que desde el régimen dictatorial se filtraban a diario miles de rumores e informaciones de personajes –porque la dictadura en esos días no había ganado aún la pulseada– que después terminaron siendo los más grandes alcahuetes de la dictadura? Lo sabes, pero no lo dices.
Incluso con el tema de Seregni no creo que te manejes bien. En tu nota sostienes que Seregni pudo «haber eludido» la prisión, pero «optó por la cárcel para convertirse en un símbolo de la resistencia a la dictadura». No, López Matteo, nadie hace demagogia, y menos Seregni, con la perspectiva de 10 años de cárcel sobre sus hombros. Los demagogos fueron otros.
Primero: el 9 julio de 1973 Seregni no optó por ninguna cárcel, lo metieron en cana por haber manifestado en la calle contra la dictadura ¿Manifestaste, manifestó Arbilla? Es antes de su segunda detención cuando el Partido Comunista lo invita a salir del país por vía aérea o mar, cuando Seregni resuelve quedarse al frente de la conducción de su fuerza política. ¿En ese caso Arbilla le avisó que lo iban a detener? Tú tienes la respuesta.
Es cierto que tú señalas, López Matteo, que nunca habrías aceptado quedarte en un cargo de la dictadura. Eso lo dices por casi la mitad de la nota, y al final vuelves sobre el tema. Nombras a una serie de periodistas entre ellos a Arbilla, cuyos nombres no voy a transcribir porque no sé si es cierto el papel que tú les adjudicas, de quienes afirmas que «hicieron una opción que yo no haría». Lo que quieres decir, perdón si me equivoco en la interpretación, es que nunca hubieras seguido al frente de la Dirección de Difusión y Prensa de la dictadura, como lo hizo Arbilla.
Pero al final, con la idea de redondear tus altos principios, terminas de provocarnos un verdadero shock. Dices: «Lo reitero: (…), Arbilla, (…) y (…) hicieron una opción que yo no haría. Quizá, entre otros motivos muy importantes, porque no tengo el coraje de arriesgarme a ser víctima de una injusticia motivada en el rencor de algunos cagatintas».
¿Leí bien? ¿Estás diciendo que si te dieran la posibilidad de pasar la película otra vez, tendrías la misma actitud que Arbilla? No sé cuál es tu respuesta, pero de tus palabras se desprende una clara admiración por un funcionario de la dictadura, al grado que lo llegaste a comparar con José Pedro Varela.
Por último, no quiero dejar pasar una contradicción que surge en el apuro de la redacción de tu nota, seguramente por el exceso de trabajo, que es cuando dices que gente como Arbilla tenían «escasa influencia» en el poder de la dictadura, pero después agregas, casi a renglón seguido, que personajes como él pudieron «evitar males mayores».
¿En qué quedamos, tenía poca influencia pero pudo evitar males mayores? Esta pastilla no me la compro y no me la compro porque en 1981 el personaje en cuestión no estaba exiliado como tú, ni preso como otros, ni en el inxilio, sino que sacaba una revista con el empresario José María Alori, el muchacho del Operativo Conserva, cantando loas al general Gregorio Goyo Alvarez; si no tienes tiempo para darte una vuelta por la Biblioteca Nacional, te puedo mandar fotocopias. Claro que te las mando si no me comparas al Goyo con Varela, porque a lo mejor tú crees que la democracia llegó gracias a ese general.
En este final vuelvo a pensar en Cacho, en Quique y en Marilú, que los expulsaron de todos lados y no se dieron cuenta de que se podía servir a la democracia siendo funcionario de la dictadura. Ni modo, dirían los mexicanos.
Pero como mi formación es liberal y laica en el sentido vareliano, estoy dispuesto a escucharte, a sentir tus argumentos esperando que puedas convencerme. Si lo llegaras a lograr, te invito –doy mi palabra de honor– a construir un movimiento para que se haga un reconocimiento público a todos aquellos funcionarios de la dictadura que filtraban chismes mientras cobraban sueldos de los militares. Y a la vez entre varios podríamos escribir otra historia del Uruguay muy distinta a la que me contaron. Hasta podríamos erigir un monumento con una placa (se me acaba de ocurrir) que diga en letras de bronce: «Uruguayo, cuando tengas una dictadura no renuncies, súbete a ella y pasa chismes, que sólo así tendrás honores».
* Periodista
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