La burocracia no tiene partido

Escrito por: MARIO DE SOUZA - Analista

Martes 26 de junio de 2007 | 2:20
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Recuerdo que Mario Benedetti, en un reportaje, definió al Uruguay como la “primera oficina pública que había logrado la categoría de república”. Aludiendo al peso tremendo que tiene, no sólo la burocracia en sí, sino la cultura que este estamento ha irradiado sobre toda la sociedad.

Lo que ha llegado hasta nosotros como Uruguay tiene el signo de una estructura administrativa, con centro en el puerto expoliador de la pradera circunvecina. Se afirma que el Estado Oriental, de nominal existencia política hasta el último cuarto del siglo XIX, es una creación del coronel Latorre. Por su origen militar y faccioso, el concepto francés del Estado absolutista, “el Estado soy yo”, explica la desconfianza que impide delegar responsabilidades. Toda la cadena de transmisión descansa en la “obediencia debida”, como en los ejércitos.

Los zares organizaron el Estado ruso basados también en el modelo francés.

Tan consolidada estaba esa burocracia zarista, que fue capaz ,no sólo de sobrevivir, sino de domesticar la revolución bolchevique, hasta derrotarla. Porque la burocracia tiene la capacidad mimética , se camufla con cualquier ideología que se encarame en el vértice del poder del Estado. Facción local o poder intruso de un ocupante extranjero. Cuando un poder intruso toma un estado la burocracia se le ofrece servil y servidora. Pronto el “nuevo” queda prisionero de la máquina administrativa que condiciona sus juicios manipulando sus informaciones, mediatiza su gestión ajustándola a sus rutinas e intereses.

La burocracia puede digerirse a cualquier gobernante. Pero es sobre todo con los nuevos, que se hace poderosa e imprescindible. El recién llegado se encuentra en territorio desconocido, caminando sobre arenas movedizas, con lo cual depende del burócrata para el ejercicio del poder.

Sea quien sea es bienvenido al Estado, sea civil o militar, encontrará a la burocracia bien dispuesta a servirle, interpretar sus deseos lo más fielmente posible.

Siempre y en tanto no intente desbaratarla en su dominio. En tal caso, seguramente la burocracia apelará a la fuerza de su corporativismo, será infiel, se ofrecerá a todos los rivales políticos, aun a poderes extranjeros que le ofrezcan la continuidad de sus privilegios y de su poder.

La burocracia ha demostrado su infinita capacidad para desvirtuar programas, amansar gobernantes y hasta destruir a la poca iniciativa privada existente en este “país oficina”.

Sobre la forma en que la burocracia puede privar de iniciativa de gestión a una empresa pública, el año pasado dedicamos varias notas al caso del Banco de Seguros. Por la naturaleza del negocio, la captación de seguros tiene su origen en los proveedores privados, los corredores de seguros. El celo de la burocracia por el cuidado de sus privilegios la ha convertido en enemiga de los proveedores de servicios, por cuanto los corredores como comisionistas independientes no tienen límite aparente para sus ganancias. Esto constituye desafío a su propia seguridad.

No es posible que sea tolerable ese mal ejemplo. No conciben que sea posible la vida fuera de su burbuja, de su ámbito protegido.

Toda invocación a esa posibilidad les genera angustia, sospechan que pueden ser prescindibles si se descubre que existe eso que llaman iniciativa de gestión.

Los tramposos consejos de una burocracia infiel pueden rastrearse las contradicciones comerciales entre Ancap y sus distribuidores. Tras una aparente medida para enfrentar un problema de abastecimiento, la burocracia ofrece una solución que afecta a los proveedores de servicios de distribución de los cuales depende la empresa. Minar la cadena de ventas es el arma favorita de las burocracias que temen por su futuro.

¡Cáscaras de banana tiradas en la senda del Directorio! Tal como en el Banco de Seguros, en Ancap, la burocracia teme al crecimiento comercial que desnude su incapacidad funcional, la futilidad de su existencia y la exponga al escarnio público.

Es que la burocracia tiene la inteligencia del tumor, el cual no duda en crecer matando el organismo que lo sustenta. Por eso, una vez instalada en una sociedad, se imponen, dolorosas cirugías, amargos y peligrosos fármacos, para su aniquilación. Es la única salida, o una muerte anunciada, o la esperanza de vida. Consciente o inconscientemente, el pueblo eligió un oncólogo para Presidente.

Titánica tarea espera a aquellos que quieran sacar a este país del marasmo, de la abulia general que todo lo ahoga.

Por escapar a esta asfixiante atmósfera, que desespera, se extiende la droga y el suicidio. Huyendo, del solar querido, nuestra juventud mejor dotada. *

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