Vigencia de Artigas
Se conmemoró ayer un nuevo aniversario del nacimiento de José Artigas. La afirmación precedente sería obvia (todos los uruguayos, desde los felices tiempos de la escuela, sabemos lo que se celebra el 19 de junio) de no ser porque la coincidencia de esta fecha con el anunciado Nunca Más eclipsó en cierta medida la conmemoración habitual.
Por más que haya habido actos oficiales en numerosos puntos del país –y sobre todo en la localidad canaria de Sauce, donde transcurrió la infancia del caudillo–, este 19 de junio se revistió de un significado particular en la medida que significó el verdadero primer paso hacia una eventual reconciliación entre los orientales.
Pero el 243 aniversario del nacimiento de Artigas es una oportunidad propicia para repasar su vida, su trayectoria y su pensamiento, y para volver a admirar esa personalidad tan especial. Porque Artigas fue un fuera de serie, es decir, un caudillo sui generis, capaz de convocar a las masas campesinas y los «mozos alucinados» con un carisma sin par, a la vez que elaborar documentos políticos, sociales y económicos de alto vuelo. Si a todo ello sumamos su componente ético, su sencillez republicana y su amor por los humildes, podemos calibrar la talla de este hombre sin parangón.
Imbuido de las ideas políticas más avanzadas de su época, plasmó en frases célebres su liberalismo y su apego a la democracia. La famosa «Oración de Abril» es una muestra palmaria de ese democratismo absoluto. El concepto de democracia se comprende cabalmente cuando se lee aquello de que la autoridad de un gobernante emana del pueblo y cesa ante su presencia soberana. Es la esencia de la democracia representativa, en la que los ciudadanos delegan la autoridad en uno de ellos, pero en la que ese ciudadano elegido se desinviste de su autoridad ante la ciudadanía reunida que reasume su soberanía.
Son conceptos muy claros y muy progresistas en una época en que, al lado de caudillos semianalfabetos o de patricios pelucones de tendencias más o menos monárquicas, las apelaciones a las instituciones republicanas y democráticas destacan con singular brillo.
Y en materia económica y social, el pensamiento de Artigas resulta también sorprendentemente progresista. Al respecto, el Reglamento de Tierras de 1815 es un ejemplo clarísimo. En él se plasman las ideas avanzadas del caudillo, que concilian la necesidad de racionalizar la producción agropecuaria (el viejo problema del «arreglo de los campos») con la necesidad no menor de proceder a un reparto de tierras que beneficie a los más infelices. Y cuando Artigas habla de los más infelices, se refiere de veras a los sectores sociales sumergidos: criollos pobres, negros, indios, zambos.
Repasando de manera muy somera el ideario artiguista, resulta inexplicable que las derechas lo hayan elevado a la categoría de héroe nacional. Es un contrasentido que quienes han favorecido sistemáticamente los intereses de la oligarquía que desatendió a los sectores sumergidos y que no vaciló en violentar la Constitución y el Estado de Derecho para acallar la protesta popular, invoquen la figura del Protector.
Es un contrasentido y una inmoralidad. *
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