L a del pasado 19 de junio fue una jornada que pasará a la historia como el día en que el doctor Tabaré Vázquez reafirmó un claro liderazgo, el que tuvo un aditamento singular: en el acto que convocó en la Plaza Independencia, frente al monumento a José Artigas, no sólo sumó a sus partidarios frenteamplistas, sino que allí estuvieron presentes dirigentes de los partidos tradicionales que por distintas razones se aunaron en el sentido profundo de la convocatoria: avanzar hacia una reconciliación entre los uruguayos.
Pero más allá del logro personal histórico que se le debe asignar al Presidente de la República por el éxito de su convocatoria personal que, obviamente, pudo sortear diferencias, visiones contrapuestas y de alguna manera congregó en la plaza a algunos adversarios políticos, como el posible candidato a la Presidencia de la República por el Partido Nacional, Jorge Larrañaga, y la figura emergente que está congregando a dirigentes jóvenes en el Partido Colorado, Pedro Bordaberry. También estuvo presente monseñor Nicolás Cotugno, en representación de la Iglesia Católica, a lo que se sumaron cantidad de dirigentes de la izquierda tradicional, exceptuando a los militantes orgánicos del Partido Comunista, que no se sintieron interpretados por el llamado presidencial.
La falta con aviso de los tres ex presidentes de la República, Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle y Jorge Batlle, por las características de lo ocurrido, hoy es interpretada como un error político que los ha dejado fuera de toda una corriente de pensamiento que se entronca con los anhelos mayoritarios del pueblo uruguayo. ¿Qué razón existió para esas ausencias? Las explicaciones fueron poco claras, más bien indefiniciones que actuaron, no en desmedro de la convocatoria del Presidente de la República, sino de los que hicieron mutis por el foro.
Una verdadera lástima esas ausencias, porque hubiera sido importante unir en un solo haz a todos los orientales que plantean la reconciliación, para ir superando barreras y mostrando cómo el camino emprendido por el gobierno de hacer cumplir con total cabalidad la Ley de Caducidad, desvinculando de la misma a quienes presuntamente sean responsables de aberraciones contra los derechos humanos, es una política inteligente que puede llevar, realmente, a que un día todos juntos podamos decir: “Nunca Más”. Sabemos que existen visiones distintas a las que tiene el gobierno, como la de anular la referida norma legal que, recordemos, fue ratificada por el voto mayoritario de la población, extremo de una fuerza institucional que se debe tener en cuenta. Si la mayoría de los uruguayos aprobó ese camino, para revertirlo, hay que sopesar ese aspecto, porque no se puede de ninguna manera desconocer la decisión de la gente.
Por lo demás, ¿qué ocurriría de derogarse la referida Ley? Quizás una cantidad de marchas y contramarchas, de denuncias y de denunciados que presentarían recursos sintiéndose amparados por una norma que estuvo vigente por décadas.
El camino emprendido por el Poder Ejecutivo es idóneo, porque se ajusta a los mecanismos previstos por la norma y, por supuesto, si existe la convicción de culpabilidad de un presunto represor, su caso será desafectado del amparo de la Ley de Caducidad, permitiéndose la actuación de la Justicia. No comprender que ese mecanismo es adecuado, es cerrarse al análisis y no entender que en el país debemos avanzar hacia la verdad por intermedio de la justicia, sin multiplicar los conflictos que hacen que muchos uruguayos, eternamente, sigan divididos en bandos irreconciliables, los mismos y únicos que no tuvieron de acuerdo con la convocatoria del Presidente de la República.
El país está en su cuarto año de crecimiento acelerado, lo que no es suficiente, porque todavía no ha superado algunas ineficiencias del pasado, como la insuficiente inversión productiva y la carencia de una necesaria provisión de energía que permita que las nuevas máquinas que se pongan a producir, lo hagan con niveles de competitividad y sin la problemática del subdesarrollo.
Por supuesto, existen otros problemas muy graves. La deuda social no se ha saldado todavía, en el país existen todavía la pobreza y la marginalidad, lo que exige que se adopten mecanismos adecuados que permitan una mejor distribución de la riqueza, pese a que nuestro país, según dice Cepal, es uno de los que está en los primeros lugares del continente en este rubro.
Estos y muchos más son objetivos trascendentes que exigen caminos comunes, más allá de las diferencias dialécticas que se puedan dar, las que siempre son bienvenidas en una democracia.
Pero, para que ello ocurra, para que todos nos juntemos mirando un horizonte de progreso, debemos sin olvidar lo ocurrido en el pasado, llegar al “Nunca Mas”, y decir, con Vázquez, nunca más terrorismo de Estado, pero tampoco nunca más a la pobreza, a la desigualdad y a la miseria. *
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