Emilio Frugoni y el trabajo de los niños

Escrito por: H. GERARDO GIUDICE - Profesor de Historia y master en Educación

Miércoles 20 de junio de 2007 | 4:59
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Ante la preocupación universal expresada por la situación de los niños sometidos a un sistema de trabajo indebido, nada mejor que recordar la sensibilidad que en nuestro país manifestara Emilio Frugoni, pionero en denunciar el estado de desamparo en que se encontraban esos menores.

Este fue un tema al que le otorgó prioridad desde los comienzos de su actuación parlamentaria. Ya en 1911 –cuando ingresara por primera vez como diputado– realizó una fuerte denuncia reclamando la protección de los mismos. En oportunidad de la actuación en el “Teatro Urquiza” de una compañía infantil, Frugoni vio y denunció con desagrado que en ella había una multitud de pequeños artistas, el mayor de los cuales no contaba con 14 años. No le cupo duda a Frugoni que en esos espectáculos se ponía en peligro la salud moral y física de esos pequeños. Y llegó a pedir que se solicitara al Ministro del Interior la prohibición de esos espectáculos.

“Nada más odioso e inhumano que la explotación de que se hace víctimas a esas criaturas a quienes se obliga a efectuar durante horas enteras un despliegue de facultades y energías excesivo. Y, por consiguiente perjudicial para su desarrollo moral y orgánico”, expresaría en Cámara. Agregaría: “Desagrado y tristeza provocan, porque desagradable y triste es ver a esas pequeñas actrices y a esos pequeños actores, empeñados en una tarea muy superior a sus fuerzas y a sus medios, que los agota en poco tiempo; porque desagradable y triste es pensar que esas criaturas, para cumplir con su cometido en las tablas tienen que someterse a una ruda disciplina de trabajo mental; tienen que renunciar a sus juegos y a los placeres de la infancia, cuya privación es por sí solo un crimen; porque desagradable y triste es el cuadro de esos pequeñuelos que divierten y entretienen a un público a costa de su salud y mediante el sacrificio de lo que hay de más adorable y sagrado en la infancia: la ingenuidad y la sencillez (…) Se les enseña a simular antes casi de que empiecen a vivir; se les desnaturaliza, se les deforma el carácter, se les expone a las más lamentables desviaciones de la propia psiquis, en fuerza de vaciar la blanca cera de sus admitas en los moldes diversos, sustituyendo en ellas la inocencia por la hipocresía; se les hace dar un infame salto por encima de la infancia, para lanzarlos al vórtice de las pasiones, de los oscuros dolores humanos que la escena reproduce. Esos trabajos hasta altas horas de la noche no puede menos de marchitar rápidamente, en pocos años, el cuerpo y el espíritu de los pequeñuelos”.

Y ya antes, como crítico teatral había manifestado en el mismo sentido, el sentimiento de desagrado y tristeza que el ambiente teatral conspiraba contra la moral de esos niños, que en realidad no eran sino víctimas de un negocio al cual servían como muy peculiares explotados. Ni qué decir de la defensa realizada para los pequeños que obligados por sus padres debían vender diarios hasta altas horas de la madrugada. O aquellos otros que eran impelidos a trabajar en las fábricas transgrediendo las leyes, por las condiciones de miseria en que se encontraban sus familias. Es por esto y mucho más que en abril de 1913 presenta un proyecto de ley en defensa de las mujeres y los niños. Entre otras cosas establecía la prohibición de emplear para cualquier trabajo a los niños menores de catorce años. Se prohibía el trabajo nocturno para los menores que no hubieran cumplido dieciséis años. La jornada de trabajo para los mejores de esa edad y nueve años no podía durar más de seis horas, y para los menores de dieciséis años duraría como máximo, cuatro horas. En los talleres y en las fábricas la continuidad del trabajo para los menores de diecinueve años, no podía exceder de tres horas, debiendo darse, al llegar a ese límite, un descanso no menor de veinte minutos. Esos menores de esa edad debían disponer como mínimo de dos horas para la comida. Y aquellas industrias que manipularan materias nocivas para la salud quedaban excluidas de poder emplear menores de diecinueve años. Obligaba a los empleadores a acondicionar los lugares de trabajo con pulcritud y comodidad para el desempeño de las tareas, a la vez que incursionaba en el ámbito educativo, obligando a los centros escolares a tener cantinas o comedores con precios subvencionados para que los niños estudiaran en condiciones de alimentación apropiadas. Su lucha por la defensa del niño explotado y sometido a trabajo forzado de la manera que fuera, se constituyó en una preocupación constante en el guerrero socialista.

Por estas razones, cuando Frugoni viajó a la URSS como ministro plenipotenciario de nuestro país, este hombre que había hecho de la verdad un culto, recorrió los rincones mas insondables que para otro observador hubiera resultado fatigoso y antes de partir había expresado que no suele conformarse a nadie cuando se dice estrictamente la verdad. A menudo, decirla es el mejor medio para quedarse solo. Pero muestras suficientes había dado en su larga vida política, cuando tantas veces había optado por la soledad a costas de ser fiel con sus principios. Y fue a la Unión Soviética con su honestidad a cuestas; como una máquina fotográfica que va captando la realidad con la imparcialidad mecánica de su objetivo. En homenaje a su verdad fue rudamente crítico con el régimen imperante al cual le vaticinó su destrucción, pero resaltó aquellos aspectos que le resultaron positivos. Consecuente con su amor por los niños y sus formas de vida, advirtió las diferencias notorias que se les dispensaban en aquella potencia y nuestro país. Advirtió en el régimen soviético una especial protección hacia los niños. Vio pequeños de familias acomodadas, con sobretodos de piel blanca o marrón, con botas de goma o de fieltro, y gorras de piel con grandes orejas que les hacían parecer verdaderos ositos. Pero vio también, formaciones de niños, conducidos por cuidadoras que paseaban por las calles principales, todos vestidos de piel blanca, todos perfectamente calzados y abrigados con botas de goma cubierta también de piel blanca. Para esos niños, regían en la URSS precios especiales para los artículos y productos que necesitaban. El Estado a través de la casa cuna y hogares infantiles, en que las madres dejaban a sus hijos para poder trabajar, destinaba maestras especializadas que los cuidaban, alimentaban y hacían descansar. Y existían “Casas del Niño” que se ocupaban de los huérfanos y de los hijos de madres solteras. Allí los cuidaban y educaban. El Estado le otorgaba a los menores un trato preferencial. Se les rodeaba de atenciones y cariño. La tarea era posible, Frugoni lo destaco con énfasis. “El niño es el hombre del mañana”, solía decir don Emilio. Y parafraseó en cierta oportunidad a Ruskin cuando dijera que no sabemos hacer hombres; y sin embargo ¡qué bien sabemos evitar que se hagan! Hay que no matar al hombre en el niño”, dijo otro escritor. Pero Frugoni expresó con su monumentalidad arquitectónica imposible de igualar: “Pero hay otra cosa aún más criminal e inhumana que matar al hombre en el niño, y es matar al niño en el niño mismo”. *

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