Escrito por: ROGER RODRIGUEZ - Periodista
Pablo le contó a un grupo de amigos que el propio Tabaré Vázquez le había advertido que su pelea era difícil. La vida lo había colocado sobre el ring para pelear con el negro Tyson, dicen que le dijo. Pablo peleó, incluso adelantó públicamente que sólo podía ayudarlo un milagro. No pocos rezaron, aunque no supieran o no creyeran, sólo porque lo había pedido Pablo.
Pablo no era únicamente el cantor de los estudiantes, de estamos acostumbrados, de la campana o de morir en la capital. Pablo era miembro de una generación que empujó a sacar la dictadura, que militó ocupando lugares vacíos por exilio, cárcel, muerte o desaparición. Pablo era un Pablo más en la resistencia del insilio, que cantaba, que le gustaba el folclore, que se miraba en Alfredo Zitarrosa.
Pablo era uno de los que pasó al otro lado del vidrio, sin apoyar la ñata, y se acodó en la barra para escuchar y aprender de los que estaban, antes de que se fueran o los fueran, y seguir escuchando y hacerse escuchar cuando regresaron. Pablo militó en la militancia de la vida, en la política y en la social, con pancartas, con ideas, con canciones, con amores, con humores, con amistad y solidaridad.
Pablo acompañó a Germán Araújo en aquellos días de La Radio, en sus éxitos, en sus clausuras, en su huelga de hambre, en sus denuncias y en su excomunión. Pablo viajó a Buenos Aires para venir con Wilson Ferreira Aldunate en aquel mítico viaje del Mar del Plata II, donde compartió guitarras y trucos con Carlos María Fossatti, Juan Peyrou, Raúl Castro, Jorge Pasculi y tantos otros de aquella aventura.
Pablo entregó horas esperando al amigo que podía ir en cana, acompañando al otro que sufría desilusión o empujando a aquel que necesitaba esperanzas. También discutió con el soberbio, con el indulgente, con el vivo o el embaucador. Noches de Lobizón y Outes, de bohemia que no competían con su extrema profesionalidad, su trabajo serio en ese, su laburo de compositor y cantor.
Pablo era querido y querible, respetado y respetable, con códigos inalterables en su concepción del ser amigo, de ser sencillamente humano, en aciertos y errores. Pero, además, Pablo tenía una condición particular para sentir el sentir de los otros, de la gente común y humilde a los que les cantaba canciones que a muchos de su entorno no les gustaban.
Ayer, en el cementerio del Norte, junto a trajes y chalecos, gabanes y camperas, ponchos y botas de montar, jeans y championes, gabardinas y zapatos de cuero, de quienes le conocían en persona, habían muchos otros que sólo lo habían escuchado y visto en radio, televisión o algún recital. Su gente, su público, sus admiradores anónimamente públicos.
Entre coronas, ramos, flores y pétalos que llegaron con el cortejo o le dejaron junto a su tumba, quedó un ramillete que le ofreció una mujer que no ocultaba ni su humildad ni su dolor. Eran flores simples, flores de su jardín o la maceta de su casa… Quizás Tyson terminó ganando la pelea de la muerte, pero Pablo Estramín salió victorioso, en sus letras, su música, su voz y, sobre todo, en las flores de la gente. *
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