El impuesto a la renta y el tiempo electoral
A días de entrar en vigencia, el Impuesto a la Renta está instalado en la escena política y levanta resistencia en diferentes sectores de la población.
Jubilados, profesionales, políticos y hasta ex jefes de gobiernos, lo cuestionan aduciendo razones de inconstitucionalidad, de mazazo impositivo y tejen dudas sobre sus efectos.
Sin tener en cuenta la globalidad de esta reforma integral del sistema tributario, la crítica se centra exclusivamente, en la incidencia del IRPF sobre los sectores de ingresos fijos, esencialmente de los pasivos.
Aun cuando hay coincidencia en que el 80% no se verá afectado o pagará lo mismo que en la actualidad, se agudizan las quejas y se promueven acciones judiciales.
¿Qué hace que sectores afines en lo previo con el actual gobierno, se muestren tan incrédulos y hasta irritados con la propuesta?
¿Cómo asociar intereses tan opuestos en el pasado reciente, como el de los pasivos y quienes desde el gobierno responsabilizaban a la Seguridad Social de todos los males que el país padecía?
¿A quién y por qué duele el Impuesto a la Renta?
La coyuntura política nos ubica en la mitad del período de gobierno, cuando las leyes fundamentales deben estar votadas o a punto de hacerlo, cuando los esfuerzos de la sociedad deben comenzar a traducirse en logros concretos.
Marca también el inicio del tiempo electoral, cuando el sistema comienza a desarrollar sus estrategias hacia 2009 y despuntan candidatos y candidaturas.
Marca el tiempo de la Rendición de Cuentas, del debate por los presupuestos del Estado, por los recursos y las partidas salariales hasta el final del período; el tiempo donde las consignas y los discursos corporativos confrontan con los enfoques de los técnicos.
Para el gobierno, un buen resultado en la aplicación de su primera gran reforma es fundamental para su proyecto político, y le asegura los recursos necesarios para su concreción.
Para el equipo económico, resultará un logro inestimable, aún cuando la ley arrancará tarde en su aplicación, lejos del tiempo previsto.
Para la oposición, es hora de marcar presencia, de comenzar a construir y mostrar ante la ciudadanía una opción electoral alternativa, tarea difícil de concretar si al gobierno le va bien. Su estrategia deberá centrarse entonces, en intentar que la reforma tributaria nazca «mal parida», cuestionada desde el inicio.
Deberá intentar frenar la iniciativa política que el gobierno maneja desde el comienzo de su gestión, de ponerlo a la defensiva, de erosionar su imagen y de sacar provecho de las contradicciones internas, los personalismos y las estrategias particulares de los diferentes sectores del F. Amplio.
El sector sindical se retuerce en su disyuntiva acerca de cómo posicionarse respecto de un gobierno de claro tono afín y prima la tesis de tomar distancia del mismo: es tiempo de reivindicaciones, de exigencias, de vestir la consigna con los ropajes de la verdad indiscutible.
Se ha puesto en marcha un nuevo proyecto político que apunta a la recomposición del entramado social, cuya piedra filosofal es el Impuesto a la Renta que pone en riesgo los privilegios del statu quo.
De ahí la preocupación de éste por liderar un movimiento de oposición al IRPF, intentando involucrar a sectores de clase media, gran generadora de opinión y a la que el impuesto efectivamente roza.
Al mismo tiempo, apela a la recurrente estrategia del factor «miedo al cambio», buscando generar un clima de inseguridad, especialmente entre los pasivos, sin duda los más sensibles e influenciables.
Es imposible para ellos, no asociar el nuevo IRPF con el Impuesto a los Sueldos, de tan nefastas consecuencias sobre los sectores de ingresos fijos.
Trabajadores y jubilados que vieron cómo este nuevo IVA fue corroyendo sus finanzas, afianzándose como herramienta de un modelo económico de ajuste fiscal permanente, desconfían cuando se les habla de tributos sobre ingresos.
Es en este contexto que debemos enfocar el tema de la reforma tributaria.
De otro modo, sería imposible explicar la conjunción que hoy pone en plano de igualdad a los 427 mil pasivos con ingresos inferiores a $ 9.816 expresamente exonerados por la norma con algún ex Presidente de la República que disfruta de una jubilación superior a los $ 100.000.
Como resultaría imposible de explicar que una reforma tributaria asentada sobre el Impuesto a la Renta, reclamada desde hace más de cuarenta años por el movimiento sindical, no encuentre a los trabajadores celebrando su aplicación y encabezando un movimiento en su defensa, ante los ataques de los sectores conservadores.
La entrada en vigencia de la reforma tributaria marca un quiebre en la confrontación ideológica en el país y el ascenso al primer escalón tal vez el más difícil en el tránsito hacia una efectiva justicia social, hacia la profundización de la democracia y hacia la felicidad colectiva.
Marca el comienzo del fin del modelo del statu quo, de la filosofía egoísta y regresiva que concentra la riqueza, que aplica un mismo tratamiento tributario independientemente de la condición socio económica del contribuyente. Un modelo cuyo paradigma es el éxito individual medido éste en unidades de capital y cuyo desafío mayor es la evasión.
Este año 2007 fue predeterminado como el de la Reforma del Estado, definiéndosela como «la madre de todas las reformas». Estamos convencidos de que ella no será posible de instrumentar sin antes atravesar con éxito este «rubicón» de la reforma tributaria. *
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