Reflexiones sobre la libertad

H as de ser austero, sobrio; comedido en el hablar; templado en el escribir, porque la pluma se va y escrito queda lo escrito, que nunca podrás tachar», decía el pensador Antonio Agraz al referirse a las vicisitudes del escritor, periodista, que deja estampadas de manera indeleble, en negro sobre blanco cada una de sus inteligencias y contradicciones.

Una actividad que, por lo tanto, está expuesta a los demás, que muestra la desnudez del hombre frente a la sociedad y que, por lo tanto, requiere compromiso y responsabilidad.

No cabe en esta profesión el juego de quienes se acercan a la misma con nociones vagas, con una moral inducida a no hacer daño a nadie y a trabajar, también, todo lo que se pueda a favor de medianía incolora, insípida e indolora, que pase siempre desapercibida.

Estupendo, pero un real contrasentido de personas que han abrazado una profesión tan digna como valiosa, pero que no sirven en democracia, porque no saben leer la realidad, ni les interesa hacerlo. Está claro que individuos así, que no necesitan libertad alguna, a los que no les interesan las libertades que los intelectuales puedan tomarse, porque o no saben leer o no leen lo que se muestra en la sociedad misma. Son los que cumplen con creces, por lo que a ellos respecta, las previsiones de los programas del poder, son una bendición para las clases dominantes de un país y de una época.

«Libertad, ¿para qué clase? ¿Con qué fin?», se preguntaba Lenin, en un texto citado y recitado hasta el infinito. Lenin no cree «que pueda hablarse de libertad y de igualdad, en general (…) mientras no sean abolidas las clases», como todo el mundo sabe, y llega a afirmar que «cuanto más democrática es una república, más brutal y cínica es la denominación del capitalismo».

Hay que restregarse los ojos cuando se leen tales afirmaciones. Vaya, que no, que una república no aumenta la brutalidad y el cinismo de la dominación capitalista cuanto más democrática sea, sino al revés: cuanto menos democrática. En una verdadera democracia, los abusos del capitalismo serían cada vez más difíciles de perpetrar. Es más, en una verdadera democracia, el capitalismo, en lo que tiene de expoliador, opresor y alienante, se iría debilitando paulatinamente.

El capitalismo, en una verdadera democracia, moriría de muerte gradual (y natural). Lo que ocurre es que el capitalismo y su aparato de poder hacen todo lo posible para que la democracia sea sólo superficial y esté trucada.

Y aun así, aun en las democracias falsamente liberales y burdamente representativas que conocemos, aun en estas democracias imposibilitadas de serlo por vicios de origen, el capitalismo está pronto a cargarse la democracia cuando las virtualidades igualatorias del espíritu democrático comienzan la inevitable erosión del andamiaje injusto.

Finalmente, diremos, que en la más imperfecta de las democracias, como en el más perfecto de los totalitarismos, la libertad de expresión, aunque sólo puedan ejercerla unos pocos, beneficia más a la mayoría, a la totalidad de las personas, que la ausencia o negación de esa libertad. Cuando las ideas circulan con libertad, se produce la confrontación mediática, se coloca literalmente a los hombres y mujeres de gobierno en «contra la pared», agobiándolos de interrogantes difíciles, es cuando surge lo más importante de la comunicación.

Nada más pernicioso que el círculo concéntrico, que el creerse poseedor de la verdad eterna y, por lo tanto, despreciar otras verdades, quizás menos afinadas en su construcción intelectual. Pero de la confrontación dialéctica, sin duda, es que surge el acercamiento más cercano al núcleo de la verdad que siempre, como la cebolla, está escondido bajo varias capas que hay que levantar.

Para concluir llegar a una conclusión como la de aquel poeta: «Loco le llaman las gentes, / loco porque a voces dice: «Soy esclavo de mí mismo. / ¡Gracias a Dios que soy libre!». *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje