Leyes, urgencias y disciplina partidaria

El actual gobierno, que continúa aplicando la misma política económica que sus predecesores y que beneficia a los menos en detrimento de los más, presenta también sus innovaciones, sus características propias.

A la vez que confirma la constante (¿liberal, neoliberal, pragmática?) de socializar las pérdidas para poder continuar privatizando las ganancias, recurre –en reiteración real– a las llamadas leyes de urgente consideración, más conocidas como leyes de urgencia.

Es algo así como decretar, pues viene desde «arriba», lo que a renglón seguido intentaré explicar, pero con votos preestablecidos para darle fuerza de ley.

El «arriba» a que me refiero puede clarificarse más o menos así: el Poder Ejecutivo (el presidente Batlle) actuando en acuerdo con los ex presidentes Sanguinetti y Lacalle, define su estrategia –y también sus leyes– fuera del ámbito parlamentario.

Justo es reconocer que puede hacerlo así.

Lo que ocurre –y me preocupa tanto como los malos efectos que estas leyes traen aparejados– es la naturaleza de estas leyes, así como el posterior tratamiento en el Parlamento.

Creo que allí reside una de las principales causas que motivan el creciente descreimiento de buena parte de la población respecto de la labor legislativa. Por supuesto que no olvido que la insatisfacción económica y la falta de perspectivas figuran en modo destacado entre las principales causantes de la desesperanza y desesperación que contribuyen al clima preparatorio o casi justificativo del «son todos iguales»; pero visto desde la óptica legislativa, es necesario remarcar estos otros factores.

Supongo que la mayoría de la población ignora el total de horas que muchos legisladores (la gran mayoría, no dude el lector) dedican al tratamiento de este y otro tipo de leyes. Se trabaja, aclaremos, en todos los lemas representados. Las largas sesiones, algunas de más de 30 horas (que se reiteran) nos las «bancamos» casi todos, y las negociaciones están siempre en el orden del día.

Lo malo es que, al tiempo que en los hechos se desconoce a nuestra fuerza política, es el propio Parlamento el que se va devaluando frente a la opinión pública. Porque, además, desde «arriba» ya se determina que la negociación tendrá lugar en una sola de las Cámaras –preferentemente, aunque no siempre, en el Senado– y que la otra estará solamente para ratificar lo actuado.

Esto viene ocurriendo desde la primera ley de urgencia, la Rendición de Cuentas y el Presupuesto Nacional, y posiblemente se repita en ocasión del tratamiento de la próxima (y segunda) ley de urgente consideración.

Otra de las cosas que a esta altura duele escuchar (tanto por la pobreza que evidencia el argumento en sí, cuanto por el reiterado uso que se hace del mecanismo en cuestión) es que, a pesar de dudas o aun desacuerdos, y aunque esté claramente demostrado lo contrario, se diga: «Vamos a votar por disciplina partidaria».

Intentaré ser objetivo: también nosotros hemos actuado alguna vez aplicando la disciplina partidaria (pasa en las mejores familias… y en las peores también), pero la gran diferencia está en que ese mecanismo que debiera ser de excepción, se está convirtiendo en regla para varios legisladores de la coalición gobernante, y así es que se utiliza a modo de excusa en una misma reunión muchas veces.

También debemos reconocer que están en su derecho, pero lo rechazamos y creemos que, además, no es bueno abusar de los mecanismos de excepción.

Lo que estoy planteando es una cuestión metodológica, de procedimientos, que pautan una forma de hacer política a la que no estamos dispuestos a sumarnos.

El contenido de estas leyes –que tampoco compartimos– será motivo de otras notas.

*Diputado de Alianza Progresista, EP-FA

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