Végh Villegas no le escribe más a Bordaberry
Végh Villegas, fiel funcionario de la dictadura militar, ha aparecido frecuentemente como una persona que desde el interior del andamiaje del monstruo asesino que asoló al país de la manera más cruel de nuestra historia intentó generar una apertura política lo más rápidamente posible para terminar con la larga noche que nos oscureció ominosamente. Se lo presenta como buscando contactos con Gutiérrez Ruiz y con Wilson, e incluso simulando encuentros casuales con Michelini, cuando en realidad se estaría entrevistando con él para planificar los pasos a dar en la búsqueda del reencuentro democrático. Sus «planes» se habrían frustrado por el asesinato de los dos mártires y la salida justa del caudillo blanco. De esta forma habría quedado sin interlocutores para articular un frente opositor y cortada cualquier posibilidad de negociación. ¡Sublime! ¡Como si no existieran más exiliados representativos para contactarse y llevar adelante sus loables iniciativas!
Ante terrible frustración democrática, no tuvo otra alternativa que ser dos veces ministro de Economía de la dictadura y, por si no fuera suficiente, consejero de Estado. En reportaje realizado por «Jaque» el 11 de enero de 1985, ya en plena reapertura democrática, respondió ante una pregunta que le requería una autodefinición política. –«Soy un demócrata liberal», expresó rápida y pícaramente el egregio economista tan proclive a rechazar dictaduras, aunque tácticamente las hubiera apoyado para evitar que se perpetuaran.
Pero esta especie tan difundida y hasta aceptada en nuestro imaginario político se desvanece cuando toda esta supuesta simulación no resiste a la confianza que el dictador de origen divino le dispensaba y lo consideraba como elemento de consulta de su mayor confianza, no sólo otorgándole cargos públicos, sino pidiéndole opinión en lo que hacer con un Estado del cual se sentía dueño de bienes y personas. Cuando el nuevo «Rey Sol» presenta su famoso «memorándum» a la Junta de Oficiales Generales para inaugurar una nueva y propia República, consulta a sus más directos hombres de confianza para conocer su opinión. Lo hace entre «demócratas» de la talla de Jorge Pacheco Areco, Juan Carlos Blanco y el mismísimo Végh Villegas. En su respuesta ante la consulta referida, Végh contesta en documento hasta ahora no difundido: «Estimado señor Presidente. Me es grato referirme a su Memorándum del 9 de diciembre de 1975 enviado a la Junta de Oficiales Generales de las Fuerzas Armadas. Tal como aconteciera en oportunidades anteriores, ha tenido usted la gentileza de interesarse por mi opinión sobre los temas tratados que son –¿quién puede dudarlo?– de gran importancia y vasto alcance, como que refieren a la futura fisonomía de la República. Nunca he vacilado ante este honroso requerimiento del jefe de Estado (…)». Es de toda evidencia que el contacto entre dictador y economista era de una frecuencia mayor a la imaginada y el grado de confianza aun superior. Y si bien es cierto, la plantea algunas discrepancias, le realiza jugosos aportes: «Como uno de los argumentos principales a favor de su exposición se afirma (último parágrafo de la página 3) que «los partidos políticos tradicionales, en esa lucha ciega, han ido desdibujando sus diferencias ideológicas hasta ser lícito el preguntarse qué diferencia profunda, qué principio los separa. En realidad, la experiencia muestra que constituyen sólo corrientes por las cuales se canaliza la ambición de poder de distintos hombres que, en esencia, piensan lo mismo». Yo creo que la afirmación es cierta (…) que aquí radica una de las razones de la superioridad de los partidos tradicionales sobre los grupos ideológicos como forma de encauzar las inquietudes de la ciudadanía. La exagerada coherencia interna de los grupos ideológicos supone un grado de fanatismo en la acción y una carencia de flexibilidad que es dañina en la vida política de las naciones (Burke hablaba de la «locura metafísica» de los ideólogos y eso que no tuvo oportunidad de conocer a Hitler y otros ejemplos modernos de esta vieja enfermedad).
Y el señor Végh, en el punto 3 de su respuesta presenta un «esquema alternativo»: (…) En mi concepción, yo lo veo culminando (al proceso) recién en 1985 con elección del primer Presidente de la República electo cabalmente bajo las nuevas «reglas de juego». Esto es: postularía una prórroga del mandato del actual jefe de Estado por el término de tres años y una elección de un nuevo Presidente en 1980 bajo condiciones que todavía serán de cierta anormalidad. Para acudir, acaso en un exceso de simplicidad, a un símil histórico, veo al período «terrista» extenderse hasta 1980, con «un Baldomir» cubriendo el período 1980/85 y «un Amézaga» con pleno funcionamiento de los partidos tradicionales y del nuevo régimen de 1985 en adelante».
«Como decía aquél gran abogado francés, creo que la nueva Constitución debe ser «corta y confusa» al estilo de la de los EEUU, cuyo buen éxito no puede desconocerse, o de la inglesa que ni siquiera está escrita. El furor legislativo que ha llevado a textos constitucionales cada vez más largos y prolijos que todo lo prevén y todo quieren reglamentar es fruto de una ingenuidad infantil y de una falsa perspectiva histórica, que debe hacernos reflexionar en esta oportunidad.
«Estimo muy afortunada la mención que el señor Presidente hace en su memorándum de «nuestro régimen institucional de 1830″.
Se trataba de un texto conciso y flexible (…) para ser abandonado luego en la aventura colegialista que terminó en 1966. Creo que hay mucho que decir a favor de un retorno casi integral al texto de 1830 que posee entre otros méritos el de mecanismo de elección indirecta del Presidente –como en la Constitución brasileña de 1967– que a través de éste u otro procedimiento debe ser elemento esencial de la forma».
«Pienso, también, que será esta ocasión propicia para modernizar y racionalizar la división administrativa de la República. Es de toda evidencia que los 19 departamentos ya no representan nada –si es que alguna vez representaron algo– y constituyen un obstáculo de la vida del Estado. Habrá que definir, pues, unas pocas regiones (acaso no menos de cuatro, ni más de seis) y corregir en consecuencia los distritos electorales de la República».
«Esta nueva división administrativa puede ayudar a obtener otro elemento que considero indispensable en la nueva organización política: una Cámara alta que actúe como dispositivo moderador en el juego de las instituciones por el hecho de que su composición sea distinta a la de la cámara joven y no responda a un criterio de estricta proporcionalidad. Una forma de obtener esto es que los nuevos «departamentos» tengan igual número de representantes en el Senado (…), otra forma es la presencia de senadores «vitalicios» (…) Quizás este Senado no esté muy lejos de la concepción que aparece en el Memorándum bajo el nombre de «Consejo Superior de la Nación». Realiza luego consideraciones sobre el papel del Banco Central y propone el «calendario de esta transición política». Culmina saludando con «consideración y estima» al dictador. Végh Villegas, visible colaborador de la dictadura mostró su entusiasmo arcaico y reaccionario escribiéndole sus pareceres a su todopoderoso superior. Ahora, que ya no le es rentable, tomó distancia y le suspendió toda correspondencia, «estima» y «consideración».
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