Oponernos a la cultura de igualar para abajo
El conservadurismo uruguayo está mostrándose nuevamente y de una manera que realmente impresiona. Estamos en un país lento, con pesadez burocrática y morosidades insufribles que son el resultado de una cultura nacional, agrisada, negativa, tendiente a achatar todo y buscar siempre una igualación hacia abajo, sin confiar nunca en las potencialidades del desarrollo.
De acuerdo con datos preocupantes se siguen trasladando hacia el exterior del país alrededor de 17 mil uruguayos al año, desesperanzados seres que no ven futuro en nuestro país. Creen que aquí no se pueden resolver problemas endémicos, muchas veces por falta de recursos y otras, por esa actitud cultural negativa que se opone a todo lo que salga de la medianería. Muchos de ellos se van a la aventura, cuando tanto en Europa como en EEUU las barreras para los inmigrantes son cada día más difíciles de sortear. Sin embargo, prefieren correr el riesgo, superando incluso el duro desgarro que significa para la mayoría de los que se van, la ruptura familiar.
Un conservadurismo mediocre que paraliza el progreso y que determina que muchos recursos del país sigan perdiéndose en gastos improductivos, cuando podrían ser utilizados en obras ejemplares que mostraran que aquí también se puede,
Luego de esta sentida introducción, queremos introducirnos muy someramente en un tema que ha saltado a los titulares de la prensa en los últimos días y tiene que ver con la actitud de algunos políticos ante la idea del presidente del Banco de la República, Fernando Caloia, de proyectar un edificio en el baldío contiguo a la casa matriz, en la Ciudad Vieja, que agrupe a todas las dependencias de la institución hoy desperdigadas en distintas casonas de la zona.
La rentabilidad del Banco de la República fue importante. El año pasado obtuvo dividendos por más de 100 millones de dólares y, de acuerdo con lo informado por su presidente, la obra es necesaria para el desarrollo de la institución que, por otra parte, es el principal banco del país.
Ante la mención de la posibilidad de esa obra, que significaría quizás darle una importante reactivación a una zona deprimida de la Ciudad Vieja, mejorando el ámbito frente al Ministerio de Turismo y en la zona del Mercado del Puerto y la Aduana de Montevideo, dirigentes del Partido Nacional saltaron ante la opinión pública, reclamando contra lo que calificaron un «derroche». «Ese dinero se puede repartir mejor, hay necesidades más imperiosas», dijeron.
Claro, al parecer prefieren que el Banco, ¿quizás? aumente su contribución a Rentas Generales y el dinero se diluya en el enorme océano que es la administración pública. Porque a la institución no le quedan muchos caminos más para utilizar ese dinero «en necesidades imperiosas» sin modificar su carta orgánica. Nada para su desarrollo, nada para mejorar la ciudad, nada para modificar la apariencia de una zona ruinosa.
Por supuesto, que la oposición al proyecto por parte del Partido Nacional fue otra pieza infaltable de la máquina de impedir que siempre ha estado funcionando en el país, que se opone a todo progreso, que lleva a algunos vecinos de Punta Carretas a recoger firmas contra un posible puerto para catamaranes de las líneas a Buenos Aires en la zona, o los de Capurro, que velando por la buena vista que tienen de la Isla de Ratas no quieren que se construya en el centro de la bahía una nueva playa de contenedores, o los de detrás del Cerro, que se opusieron con todas sus fuerzas a que se construyera un puerto que, de estar hoy en funcionamiento, hubiera determinado una reactivación de toda esa zona también deprimida de la ciudad.
Ni hablar del proyecto de ENCE en Conchillas, contra el cual ya hay una incipiente oposición, y la planta de Isusa en Soriano, que es «repudiada» por los vecinos, que la necesitan, pero que la quieren lejos.
También se liquidaron las torres en el puerto del Buceo y una cantidad de proyectos más, algunos que fueron motejados de «absurdos», como el de un hotel que se planeaba en una isla artificial frente a Trouville, que murió a los pocos días de comenzar a proponerse. Sin embargo, los ministros y el propio Presidente de la República quedaron maravillados con el desarrollo edilicio de Qatar, en donde existen varias islas de este tipo, con hoteles de 6 y 7 estrellas.
Pero, claro, ese es otro mundo. Aquí sigamos con nuestra ciudad en ruinas, tratando de reciclar el Hotel Carrasco, y cuando exista un proyecto y dinero para concretarlo, apretemos el freno a fondo, para mostrar que somos austeros.
Toda una manera de pensar que expulsa a lo más selecto de nuestra juventud a buscar en el exterior, en las mejores o en las peores condiciones, un futuro que saben aquí no tendrán. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad