El Partido Blanco debe reencontrarse con su nacionalismo

No todos los fenómenos políticos son iguales. Cada país y sus correspondientes partidos políticos tienen sus características autóctonas. Eso es obvio. Pero hay ciertos principios generales y hasta puntuales que tienen fines y resultados similares. La lucha popular nacionalista contra los imperios es lo proverbial.

En este marco se comprende no sólo los imperialismos políticos de las grandes potencias sino también la variante más moderna y actual del imperialismo de las multinacionales, con resultados idénticos de ahogo económico a los países subdesarrollados que son explotados con brutal ferocidad, ese denominador común de las patrias americanas incluido nuestro Uruguay. Cierto es que hubo a través de nuestras históricas ideas y espíritus rebeldes nacionales que en defensa de nuestras riquezas y soberanías salieron al cruce en sus momentos.

Así en el siglo reciente, tuvimos a Irigoyen y Perón en la Argentina, Getulio en Brasil, Sandino en Nicaragua, Zapata en México, sin olvidar a Bosch y Castillo Arbenz con los fenómenos actuales que pueden ser tomados como continuidad ideológicos, el del comandante Marcos de Chiapas, el de las FARC colombianas a estudiarse con detenimiento sin falsos prejuicios y preconceptos, y el más real hasta ahora de los recientes que surge en Venezuela, el de Chávez. Es el más parecido al fenómeno peronista y tal vez si hubiesen tenido la «posta» habrían aplicado con las variantes del caso Herrera o Wilson de haberles tocado ganar. O sea, independiente de las grandes potencias, solidario sí con las hermanas naciones americanas pero sin ataduras ni compromisos ruinosos neoliberales para las economías de las patrias más débiles como la nuestra, (léase Mercosur por ejemplo) y justicias sociales para los más desposeídos, (léase reformas agrarias, control de la banca privada, estricta nacionalización del comercio exterior, como el de salarios y recursos dignos para los trabajadores, protección a las pequeñas y medianas empresas nacionales, etc.) En buen romance, hacer vigente la definición conocida del cabo Viejo Aparicio «dignidad arriba y regocijo abajo».

Como decíamos, Chávez es el ejemplo que a diario se perfila en su Venezuela y en nuestra América india. Reflotó la OPEP, defendiendo su riqueza venezolana, el petróleo, uniéndose con los árabes que le concedieron en reconocimiento la presidencia de la organización, trayendo incluso a la palestra a Saddam Hussein debajo de las «narices» del imperio. De ahí las protestas y ayes de dolor indignados de los yankis que empiezan a ver complicados sus intereses al retacearle el libre acceso al oro negro que tienen hasta ahora. El apoyo y recursos ya otorgados a su pueblo trabajador venezolano que lo sigue agradecido en más de un setenta por ciento de los votantes, liquidando toda una clase política comprometida con una minoría oligárquica vernácula internacional que hambreaba su patria. Previsor y prudente tiende la mano a Cuba, que discrepancias al margen con su régimen, Castro es otro referente actual antiimperialista y es el único que cuidando sus fronteras, no se mete en «chacra» ajena advirtiendo sí, virilmente, sobre la vietnamitización de Colombia a que está obligando y promoviendo EEUU en América. Si quieren no fumar «porros», que controlen sus fronteras como principales consumidores de droga que son, medios a los yankis no les faltan precisamente, y no que fomenten y amenacen con intervenciones reales sembrando la muerte y la miseria de los pueblos americanos como lo ha hecho con profusión en el pasado, dijo el llanero venezolano. Todo un nacionalista popular y americano el presidente Chávez.

De él como de nuestros ancestros, que los tenemos, debe tomar ejemplo nuestro Partido Blanco. Que se olvide el Honorable Directorio de masturbantes coaliciones con los batllistas, que ningún blanco bien parido acepta y beban en las fuentes viejas en las que se nutrieran Oribe, don Leandro, Aparicio, Herrera o Wilson por citar los carismáticos. Que en lugar de saciarse con «carguetes» enriquezcan sus conciencias y sus alicaídos «verbos encendidos» izando banderas nacionales y americanas.

No será del brazo de don Julio ni de don Jorge, viejos batllistas y convencidos neoliberales dogmáticos que van a «refundar» el glorioso Partido Nacional. No es mimetizando con los colorados y viendo a sus «doctores» gritar, ¡por fin juntos!, que van a acelerar el pulso de ningún nacionalista. Deben darse cuenta que mientras los «caciques» gordos y lustrosos se reparten las pitanzas, los «indios» se siguen yendo cansados de ver tanta entrega y corrupción. Es inconcebible que tengamos que traer ejemplos que se producen a 6.000 km. de distancia, en Venezuela, cuando bastaría repasar algunos libritos de nuestra propia historia blanca para concientizarse de estas verdades.

El viejo tronco se está secando. No por culpa de los enemigos o rivales sino por la maleza ramplona que lo rodea y lo está matando. Chávez es un ejemplo como remedio actual para que el añejo árbol brote y florezca con dinámica dignidad. El que no lo quiera ver será el responsable histórico de su muerte.

¡Vivan los Chávez y mi viejo Partido Blanco!

* Convencional del Partido Nacional

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