Movilización estudiantil: dialogar y no reprimir

Al tiempo que se amplía el número de establecimientos educativos que son ocupados por los estudiantes, el ministro de Educación y Cultura, el herrerista Antonio Mercader, reclamó de las autoridades del Codicen, de los Consejos desconcentrados y de la Policía, la adopción de medidas que comporten «una reacción ante los desmanes de los estudiantes».

No compartimos el camino sugerido por el secretario de Estado en la emergencia.

Creemos, por el contrario, que es imprescindible, en particular con relación a la enseñanza media, acentuar todas las líneas de relación y diálogo paciente con los jóvenes movilizados.

Debe empezarse por reconocer los efectos negativos que en la memoria colectiva de los más jóvenes han dejado las pautas verticalistas y con aristas autoritarias que caracterizaron a las autoridades del período anterior, presididas por el sociólogo Germán Rama.

Con anterioridad a cualquier valoración que se pueda realizar de la «reforma educativa» promovida desde el Codicen a partir de 1995, importa recalcar los métodos de inflexibilidad y ausencia de diálogo no ya con los estudiantes sino con todos los participantes en el quehacer educativo.

Para las autoridades actuales, que han exhibido hasta el momento algunos indicios nada desdeñables de estar buscando otra modalidad menos compulsiva, es esencial entender que es desde esa situación y esa vivencia que gran parte de los actores se sitúa.

Las modalidades de la acción estudiantil en Secundaria han dado lugar a una serie de comentarios adversos que muchas veces parece más el efecto de la incomprensión que de la reflexión constructiva.

En este terreno resultan muy sensatas, y suscribibles, las afirmaciones realizadas por el sociólogo Gustavo Leal en una entrevista efectuada en el programa periodístico «En Perspectiva».

Leal procura asumir una actitud de comprensión hacia las modalidades de la movilización estudiantil.

La ausencia de dirigentes es para él un indicio de una respuesta al agotamiento de formas organizativas que, para los jóvenes, no se revelaron fecundas, modalidades que se buscan sustituir democratizando el movimiento, prescindiendo de los liderazgos individuales, rotando las personas que asumen la representación del colectivo.

A la vez recuerda que los que hoy reprochan la ausencia de dirigentes, «antes decían que los dirigentes no representaban a nadie».

Leal llama la atención sobre dos hechos de importancia. El primero es el rechazo que los jóvenes expresan hacia los medios de comunicación.

Un tema, señala, que toda la sociedad debiera examinar.

En segundo lugar Leal sostiene que cuando los jóvenes aparecen en público con los rostros cubiertos, las autoridades deberían reflexionar, entre otras cosas, acerca de por qué no se quieren identificar ante los educadores.

Observa que hay ahí un elemento de miedo ante las sanciones, el temor a las represalias, y entiende que observar, examinar e interpretar este miedo es más importante que insistir con que los muchachos se identifiquen.

Finalmente, se señala que muchas de las disposiciones disciplinarias adoptadas por las autoridades aparecen objetivamente como violatorias de la Convención de los Derechos de Niño que ampara a todas las personas hasta los 18 años.

Y culmina señalando: «Nos tenemos que hacer cargo de que la democracia tiene que entrar también en el sistema educativo, que los estudiantes no son sólo receptores de conocimientos… Son adolescentes, son personas que piensan, que pueden pensar diferente que las autoridades y que los profesores. Muchas veces, en el articulado de los reglamentos (disciplinarios), queda la duda si estamos hablando de personas que son sujetos de derecho o de personas que casi no tienen derechos».

Por todas estas razones, todo parece indicar que el camino de la cordura sin impaciencias, del diálogo, será más fecundo que cualquier incentivación de la acción disciplinaria o represiva.

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