Un espejo para los artífices del turismo

El fin de semana prolongado que tuvimos ofició como invitación a festejar la entrada de la primavera; y en el calendario turístico del país sirvió para que comenzara el periplo de posibles ciudadanos del estío.

Y sirvió bien; ofreciendo esperanzas de buenaventura.

Llegaron a nuestras playas –que es lo que en definitiva cuenta, por ahora– en forma cuantitativamente válida, argentinos y brasileños.

Y cuando decimos que vinieron a nuestras costas, queremos decir lo que los pioneros del turismo dicen, esto es, vinieron a Punta del Este.

Capacidad hotelera casi colmada, servicios bien acompañados por los visitantes, hacen pensar, en una primera instancia, en el prólogo de una gran temporada. Que pese a la situación política y económica de nuestros vecinos, podría beneficiarnos.

Ante esto, todos sabemos lo que debiera hacerse. Todos, menos casi todos los que son encargados de hacerlo efectivo: aquellos que tienen la palabra en cuanto a costos de servicios se refiere.

De poco vale que las autoridades nacionales competentes den sabios consejos. Tampoco valen, en general, los que dan las autoridades de las instituciones privadas que comercian con la temporada.

El impulso feroz puede más. La experiencia no vale nada, y se cobra –o se cobrará– lo que en el instante se le ocurra a una mayoría de comerciantes que no saben situarse en el lugar, y menos situarse en la relación con aquellos que a ese lugar acuden.

«Como el Uruguay no hay» siempre ha sido un eslogan maldito: mata al Uruguay real, que por cierto es muy hermoso y merecedor.

Pero siempre que se lo sitúe en su justo valor y estilo. Y en su situación relativa en un mundo cercano de bellezas ajenas.

¿O es que la costa atlántica hasta el Caribe no reúne paisajes de también incomparable belleza?

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