La necesidad de los caminos propios
E l fin de la capacidad ociosa en algunos importantes sectores de la economía, como consecuencia del aumento del consumo, hace surgir con claridad cuáles son las principales limitantes para el proceso de crecimiento: la baja inversión y los problemas inherentes al crédito todavía no fluido para financiar la actividad económica nacional que, para colmo, ahora sufre el proceso de encarecimiento como consecuencia de las acciones del Banco Central con el objetivo de detener la espiral inflacionaria a la que está sometido el país en la coyuntura.
Son los males de las políticas monetaristas de equilibrio que, en definitiva, aparecen como una manta corta, que cuando tapa la cabeza descubre los pies. Una política muy difícil de equilibrar que, en términos generales, tiene éxitos en momentos muy breves de tiempo, pero que no se puede alargar en el tiempo porque tradicionalmente –existen muchos ejemplos al respecto– nunca puede equilibrar realmente una situación como la que vivimos los uruguayos, quienes necesitamos, imperiosamente, producir más para el mercado interno para que la oferta iguale, por lo menos, a la demanda. Ya sería demasiado pedir que de ese aumento productivo quedaran saldos exportables que pudieran integrarse a las negociaciones que el gobierno está realizando a nivel de muchos países del orbe.
Mientras tanto, dependeremos de las exportaciones que durante un tiempo indefinido que, se puede mantener uno o dos años, o quizás 10 o más (algunos sostienen que hasta por lo menos 2020), en que los commodities se siguen cotizando bien y, por supuesto, la carne, que no tiene, más allá del acarreo, la matanza y, cuando ocurre, el embolsado, trabajo uruguayo agregado, a diferencia de otros commodities que se venden prácticamente en bruto.
La exportación de software nacional, por varios millones de dólares, fenómeno insólito para nuestra economía, es un hecho singularmente extraño para un país que lamentablemente sigue dependiendo de factores externos y su bienestar depende hoy fundamentalmente de que China e India sigan creciendo, que puedan equilibrar sus economías, quebrando China sus problemas vinculados a su crecimiento demasiado acelerado (recalentamiento) y que la crisis pronosticada para EEUU no sea más profunda de lo que se piensa.
O sea que los uruguayos no dependemos de nuestras fuerzas, de nuestras políticas, del trabajo denodado de nuestra gente, de nuestra organización interna, sino de lo que ocurra en la economía mundial, al igual que en el pasado, cuando la venta de carne y de la lana mejoró a niveles récords durante la Segunda Guerra Mundial y el conflicto bélico en Corea.
Parecería, en estas circunstancias y en vista de aquella experiencia, que es de orden reorganizar el país para que la producción se diversifique –como ha hecho, por ejemplo Chile, que tampoco es un ejemplo de modelo de país a tomar en cuenta por la pésima distribución del ingreso que muestra su economía–, buscado que nuestras exportaciones tengan también rubros competitivos, con mano de obra incorporada utilizando, como la lógica recomienda, una vinculación directa con las producciones básicas.
Es imposible que en el actual esquema de comercio Uruguay pueda asegurar un futuro venturoso a su pueblo, porque los avatares de las alternativas exógenas son cambiantes como bien la historia nos ha enseñando y nosotros no podemos incidir en las mismas. Lo que podemos hacer es cambiar nuestro perfil exportador para no estar expuestos, como en el pasado, a decenios de crisis.
Ahora parece posible, cuando luego de tantos años de lucha el pueblo uruguayo logró imponer por la vía democrática a un gobierno progresista, que no se pierda la oportunidad de comenzar a modificar la matriz productiva del país en base a las empresas que ya tienen sus patas bien afirmadas en el mercado interno. ¿Cómo es posible que no podamos producir a nivel nacional elementos de la línea blanca como heladeras, lavarropas o estufas, si en el pasado lo hacíamos con éxito?
Ahora se ha abierto una línea de subsidios para la industria textil que si busca nichos de mercado adecuados en el exterior y logra producir, con niveles de calidad y precios competitivos, puede ser otro camino que se abra.
Camino en el que todos, sin reparos, debemos poner el hombro. *
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