Aún debemos hacer mucho más por ellos

Hace algunos días, a raíz de la muerte del maestro argentino a causa de una granada de gas, escribí sobre aquella otra granada que hirió gravemente a Mario Toyos en 1968 y vinculé todo esto al debate generado a raíz del proyecto de ley presentado por el diputado García Pintos y enviado al Parlamento por el Poder Ejecutivo para reparar a las familias de los caídos en determinado período histórico.

En ese artículo, recordé a los compañeros fallecidos durante su cautiverio.

Además, la semana pasada fui llamado a declarar como testigo en la causa penal iniciada contra los mandos militares de la dictadura por la muerte de Horacio Ramos en el Penal de Libertad.

Inevitablemente seguí buscando en la desprolijidad de mis recuerdos, recreando aquellos años y aquellas circunstancias, hasta que encontré el único cuaderno que pude sacar del Penal de Libertad y, de entre sus páginas, uno de los formularios en los que debíamos hacer las solicitudes. El 30 de noviembre de 1978 solicité autorización para ingresar una bolsa de agua caliente porque reiteradamente se me hinchaba una rodilla a raíz de una lesión deportiva.

Esa simple solicitud debió pasar la investigación de dos médicos, los que firmaron su autorización, luego la más severa de dos tenientes, uno de los cuales firma en tres oportunidades distintas. Una vez ingresada la bolsa de agua caliente, tuve que hacer otra solicitud para que me autorizaran el agua caliente, solicitud que debió recorrer nuevamente ese vía crucis de autorizaciones, sellos, médicos y tenientes.

Esta pavada, en la que no me iba la vida, es reveladora de la maquinaria montada en torno a la salud de los detenidos.

¿Cómo podríamos calificar la praxis médica en los establecimientos carcelarios de la dictadura? No hace falta, ya lo hicieron los organismos de Derechos Humanos a nivel internacional.

«En el tratamiento puesto en práctica por las autoridades militares uruguayas para lograr la aniquilación de los detenidos políticos que se ha expuesto a lo largo de este libro, merece un capítulo aparte la colaboración de los profesionales de la salud. La indagación en torno a las experiencias de tortura, los procedimientos seguidos en caso de muerte, la organización de la vida carcelaria y, especialmente, la atención sanitaria, demuestran la existencia de médicos y sicólogos que desempeñaron el triste papel de poner sus conocimientos universitarios no al servicio de la salud de seres humanos sino para hacer más eficientes los martirios y la destrucción de esas vidas. Profesionales de la salud que como integrantes de los organismos directamente encargados de la represión cumplieron una función de agentes del Terrorismo de Estado». (Cap. 8, pag. 301. NUNCA MAS ­ SERPAJ).

Por lo tanto, es fácil imaginar el sufrimiento de todos aquellos compañeros y compañeras con dolencias verdaderamente serias, graves, vitales, en las que la falta de determinado medicamento o tratamiento agravaba no ya su calidad de vida, sino su vida misma.

Seguramente, en el ranking de problemas de la gente figura en primerísimo plano el trabajo, seguido por el salario, la seguridad, la salud, la vivienda, la educación. Cómo y de qué forma le va a afectar o no la reforma tributaria, cuánto deberá pagar de más o de menos; los jubilados, ese sector social tan importante de nuestra sociedad está tremendamente preocupado y movilizado por el futuro de sus jubilaciones y pensiones; las vías que conduzcan al 4,5% para la enseñanza y por esas coordenadas transcurría la vida política del país en los sindicatos, en los partidos políticos, en los comités de base, en los boliches, en la feria, en la peluquería, hasta que entre el diputado García Pintos y el Poder Ejecutivo tiraron sobre la mesa un baldado proyecto de ley para reparar a las familias de los «caídos por la sedición» y al pequeño grupo de compañeros reconocidos como desaparecidos por la Comisión para la Paz.

Proyecto que ipso facto, el oficialismo trancó a nivel legislativo como era de esperar y se ha abocado a través de una comisión, a redactar uno o dos nuevos. Proyectos que necesariamente deberán atender la totalidad de las consecuencias irreparables que la política del terrorismo de Estado ocasionara a nuestro pueblo.

Los organismos de Derechos Humanos, la Comisión de Madres y Familiares de Desaparecidos y Asesinados por la dictadura, el PIT-CNT, entre otros, han alzado su voz, tanto contra un solo proyecto en el que se mezclan cosas muy distintas, como el reclamo que en el otro proyecto estén incluidos todos, absolutamente todos y todas las víctimas de la dictadura.

Por eso insisto en que en esa totalidad de mártires del pueblo, también deben estar todos los compañeros que fallecieron por cualquier causa estando en situación de cautiverio, en el lugar que fuera. No he escuchado decir en ningún medio de prensa a los legisladores del FA que estos uruguayos integrarán la nómina de víctimas a reparar.

«Te arrancaré los ojos y me los pondré/ tú me arrancarás los míos y te los pondrás/ así tú mirarás con mis ojos/ y yo con los tuyos», estas escalofriantes frases destacaban en el «consultorio» donde atendía el sicólogo del Penal de Libertad, bajo ese lema se practicaba la política de destrucción del ser humano en los años de cárcel. Con esos demoníacos versos se enfrentaban los compañeros cada vez que eran llamados por el sicólogo, con esa tentadora y rastrera invitación a la traición a cambio de la necesaria medicación debían volver a la rutina gris de las celdas, con ese santo y seña la «praxis médica» se ejercía en los penales de la dictadura.

A causa de torturas, suicidios y muertes en las cárceles fascistas desde Walter Sanzó muerto el 22 de mayo de 1972 hasta Wladimir Roslik el 9 de abril de 1984, Serpaj registra 97 compañeros muertos, tal vez deberíamos escribir en letras de molde sus nombres uno por uno, porque parece que a algunos de los protagonistas del terrorismo de Estado les ha venido de pronto la «amnesia judicial», un tipo de amnesia que seguramente también afectó al diputado García Pintos cuando redactó su pequeño proyecto.

«No me arrepiento de nada. Yo estoy tranquilo porque todo lo que hice lo hice por los demás. Nunca pensé en mi beneficio propio, sino en el de los otros, y por ellos lo hice todo. Pero todavía puedo hacer algo por mis compañeros presos…» , así se expresaba el «Nepo» Wasen el 30 de junio de 1984, enfermo terminal de cáncer, en el momento de iniciar su huelga de hambre por la libertad de todos los presos políticos, libertad que llegó poco después con la aprobación de la Ley de Amnistía, libertad que él no pudo disfrutar porque murió muy poco antes…

La coyuntura actual nos coloca en un debate muy similar al de aquel año 1984, la Amnistía debía ser General, Irrestricta e Inmediata. No pudo ser General ni Irrestricta pero los caminos para la libertad Inmediata se encontraron.

La reparación a los familiares de los masacrados por el terrorismo de Estado practicado antes y después del golpe cívico militar debe ser necesariamente General, Irrestricta y total.

Por eso, como dijo Wasen, al pie de su muerte, aún debemos y podemos hacer mucho más por todos ellos. *

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