¿Mera discrepancia o franca hostilidad?

Con ese estilo tan peculiar, el Pepe Mujica puso en palabras lo que piensa la inmensa mayoría de la población: «Con un patrón de izquierda, es un boleto ser radical».

La incuestionable autoridad de quien enunció tal afirmación nos exime a todos los uruguayos –de izquierda, de derecha o de centro– de justificarla. El actual ministro de Ganadería y Agricultura fue de los que asumieron posturas radicales (en palabras pero sobre todo en hechos y en acciones) en un tiempo en que el «aparato represivo del Estado» estaba a disposición discrecional del gobierno de turno, un gobierno particularmente duro, intransigente y autoritario.

No es el único, es cierto. Junto a él, miles de compatriotas se jugaron la ropa, la libertad, la integridad física y la vida por un mundo mejor. Muchos de aquellos combatientes continúan su militancia en el Frente Amplio, sea en el ámbito de organizaciones barriales o de base, desde el Parlamento, desde las Juntas departamentales o desde ministerios y otros organismos estatales; otros optaron por alejarse del sector por entender que la evolución política del mismo iba en contradicción con los postulados fundacionales de la izquierda radical de los sesenta.

Son puntos de vista y opiniones tan válidas como cualesquiera otras, y nadie niega el irrestricto derecho de todo ciudadano de expresarlas y defenderlas. Creo, asimismo, que el gobierno progresista exhibe, junto a logros innegables, algunos aspectos criticables, y nadie debería alarmarse porque dentro del propio Frente Amplio surjan voces disidentes; muchos grupos han asumido posturas críticas respecto de aspectos puntuales de la gestión del doctor Vázquez, especialmente en lo que tiene que ver con la política que lleva adelante el equipo económico.

Ahora bien, dicho esto, fuerza es resaltar que para expresar tales discrepancias con algunas decisiones del gobierno, ninguno de los sectores que las han tenido –y aún las tienen– organizó movilizaciones vandálicas ni expuso sus diferencias empleando un lenguaje lleno de epítetos hostiles cuando no insultantes para el gobierno. Sin embargo, oyendo las consignas de las marchas o leyendo los manifiestos y editoriales de la prensa que representa a esos sectores intransigentes, se tiene la impresión de estar no ya ante correligionarios discrepantes o ante adversarios políticos, sino directamente ante enemigos. De donde es lícito preguntarse, como lo hacen muchos ciudadanos, qué hacen esos grupos dentro del Frente Amplio, por qué no se van dado que expresan tan vehementemente su total desacuerdo con todo lo que hace su partido en el gobierno.

Ante la posibilidad de que el Frente Amplio decida la expulsión de dichos sectores ultrarradicales, fue posible oír la airada reacción de alguno de sus dirigentes sosteniendo que «pretender expulsar al que discrepa es bien autoritario».

Yo estoy de acuerdo con tal afirmación; con lo que no estoy de acuerdo es con que la postura de esos grupos y sectores pueda catalogarse de mera discrepancia. Me parece, muy humildemente, que tildar al gobierno de «continuista», de represor al punto de equipararlo con el pachecato, de traidor, de fascista y de una sarta de lindezas por el estilo no es expresar una simple discrepancia sino manifestar una hostilidad que sólo puede despertar un enemigo encarnizado. *

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