Violencia doméstica
A fines del año pasado, por el mes de noviembre, escribí una nota en ocasión de celebrarse el Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres. Dije entonces:
«No manejo porcentajes ni estadísticas pero calculo que son unos cuantos aquellos varones que usan la violencia –física o psicológica (y muchas veces ambas)– contra su pareja, llámese ésta novia, amante, cónyuge o concubina, como medio de hacer prevalecer su punto de vista, defender sus intereses, imponer su criterio o «lavar el honor» supuestamente mancillado por alguna supuesta inconducta de su consorte.
Y aun aquellos cuyos códigos morales proscriben el uso de la violencia, aquellos más sensibles, más civilizados y dispuestos a suscribir pomposas declaraciones de equidad sexual, muchas veces se muestran indulgentes hacia el marido golpeador y consideran –en su fuero íntimo– que «algo habrá hecho» ella que ofuscó a tal grado a su compañero para que éste reaccionara de ese modo violento… Creo que es el mismo mecanismo que lleva a atenuar la culpa del violador en razón de la posible actitud «provocativa» de la violada, que «también, con ese escote…».
Vamos a sincerarnos y reconozcamos que hemos sido educados en una sociedad con valores profundamente machistas, muchos de ellos plasmados en la legislación. Tengamos presente, además, que esos valores machistas que todavía perduran en la mentalidad media uruguaya son una pesada herencia resultado de miles de años de hegemonía masculina y de desprecio hacia las féminas en los cánones culturales de Occidente».
Pues bien, por estos días de otoño, como si se tratara de una epidemia, la crónica roja nos ha informado de varios casos de violencia doméstica con resultados trágicos que se sucedieron en un lapso relativamente breve. En todos ellos, las mujeres que sucumbieron a la brutalidad homicida habían sido golpeadas y habían recibido amenazas de parte de quien sería más tarde su asesino.
Nunca fui partidario de las soluciones represivas ante conductas transgresoras. No creo que aumentar el tiempo de prisión previsto como pena para determinado delito tenga resultados positivos. Más de una vez he sostenido que la perspectiva de recibir un castigo más riguroso no suele tener efecto disuasorio, fundamentalmente en los delitos contra la propiedad.
Sin embargo, hay casos (hay delitos) que reclaman mayor rigor punitivo no sólo como desestimulante para aquel que pueda cometerlo sino como medida de profilaxis. Me refiero concretamente a los casos llamados de «violencia doméstica», que suelen ser protagonizados por maridos o concubinos golpeadores, irascibles y cobardes. En los casos ocurridos recientemente, ni la ley penal ni las medidas administrativas dispuestas para prevenir y evitar las golpizas y la muerte de mujeres a manos de su ex pareja tuvieron efecto alguno.
Creo que sería menester ponerse a pensar seriamente en castigar el delito de amenaza con más firmeza y afinar las disposiciones preventivas de manera de mantener realmente alejado al marido golpeador, amenazante y potencialmente asesino de su ex pareja. Tal vez sería conveniente que todo individuo con un perfil como el de los protagonistas de estos dolorosos sucesos fuera sometido a controles psiquiátricos más rigurosos.
En fin, hay que inventar algo para que no tengamos que seguir lamentándonos y escribiendo notas como esta después que ocurre un episodio de estas características. Digo yo. *
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