Hermano, tenemos que hablar

Mirá, hermano, yo no fui al Maturana, fui a la escuela 101 de Canelones, donde seguramente yo era del campo de los «ricos», pero aprendí muchísimo de los pobres, entre ellos el Puchis, que cuando nos venían a vacunar se trepaba a los techos porque tenía miedo no sólo a la jeringa, sino también a todo lo institucional. Es que al Puchis le habían matado al padre de un tiro, por algo era medio raro y se meaba y se cagaba cuando intentaba resolver una suma, por cierto nada compleja.

Mirá, hermano, que no tengo nada contra el Maturana ni contra el San Isidro, pero te digo todas estas cosas para que sepas que el tema de los recursos para la enseñanza no es solo un tema de presupuesto, sino que es algo más. No sé bien lo que es, me cuesta explicarlo, pero siento que me corre por las venas, se siente en mi pulso y transcurre dentro de mis lágrimas.

La enseñanza pública en nuestro país es algo más que el acto de educar. Sí, hermano, yo sé que vos lo sabés porque también fuiste a la escuela pública o a lo mejor no.

La escuela pública, la vareliana –por José Pedro, ¿me entendés?– es la columna vertebral de la democracia uruguaya y, a la vez, la forma de ser oriental y ser de izquierda.

Hay otros países que su orgullo son los triunfos en la guerra. Por suerte no son esas nuestras condecoraciones. Nuestro orgullo es la escuelita, los maestros, la doña que limpiaba nuestras cacas en baños inmundos, la directora con cara simulada de mala – cuando era flor de tipa que sólo trataba de disciplinarnos- y aparecía en el recreo a los gritos haciendo sonar la campana, cuando nosotros perdíamos la cordura, esa cordura que los adultos dicen tener aunque después se maten entre ellos por cualquier estupidez.

La escuela pública es eso y mucho más. Es el sostén del pensamiento de la izquierda uruguaya, porque si esta izquierda llegó al gobierno no sólo fue porque los demás eran malos y el programa del Frente aparecía mejor, sino porque la laicidad que mamamos en las aulas se transformó en parte sustancial del pensamiento progresista del país.

Nuestra izquierda, por la cual tú diste muchísimo, tuvo a partir de la década del 50 una visión amplia de la vida, gracias hacia esa laicidad que es profundamente republicana y plural.

Sin una escuela pública robusta, potente e inteligente, la democracia se transforma en un esqueleto con mucha ropa arriba, aunque tenga sobretodo, sombrero y bufanda, pero sin musculatura y sin alma.

Hermano, quizás me equivoque, pero estoy absolutamente convencido de que la izquierda acumuló fuerza, acumulación lenta pero exitosa, no tanto por si iba a nacionalizar la banca o realizar la reforma agraria o romper con el imperialismo, sino porque soñaba que la vida entrara por las puertas y las ventanas de las aulas y acariciaran lentamente a los niños, los maestros y los padres.

No, hermano, no me interrumpas, no me vengas con que ahora van a tener una computadora y que por ello los muchachitos van a entrar en el mundo del conocimiento. No, hermano, pará que tenemos que hablar, quiero decirte que los maestros no pueden seguir siendo ciudadanos de cuarta, bajo un gobierno de izquierda.

Ya sé, hermano, que me vas a decir que se mejoró mucho. Te entiendo, por eso hablo con un hermano. Sé también que me vas a decir que hay peligro de que se dispare la inflación, que el PBI ha crecido mucho y que un 4,5% es demasiado y que no te da el cuero.

Todo bien, hermano, pero este país bien puede vivir sin fuerzas armadas, sin burócratas muy bien pagos, sin grandes frigoríficos que ganan mucho mientras aumenta la carne en las carnicerías, pero no puede vivir sin maestros y sin escuelas bien puestas.

Claro, sin todo eso, se puede sobrevivir. Pero, ¿te das cuenta de lo que hablo? No hay democracia y no hay izquierda sin los muchachitos comiendo bien, en escuelas con calefacción e Internet, con docentes bien pagos, con asientos cómodos, con vidrios en la ventana, con un buen refuerzo a la hora del recreo donde además tienen que haber canchas de basquetbol, de fútbol, jardines, todo con mucho amor.

Te entiendo hermano, me podés decir que a la economía uruguaya no le da el cuero. Decilo, hermano, pero intentá convencerme, no me apliques la soberbia para aplastar mis intuiciones. Pero, por favor, no me ocultes la verdad. ¿Me entendés hermano? Sólo una pregunta, para que me la respondas cuando tengas tiempo: ¿somos inviables como sociedad?

Hermano, quiero seguir diciéndote hermano: ¿me entendés? *

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