"Deben ser los gorilas deben ser…"

Cuando, el 16 de setiembre del pasado año, Sanguinetti, jefe supremo del Partido Colorado, eligió el aniversario de Carpintería para dirigirse a la población, nos dio mala espina. Tradicionalmente éramos los blancos los que recordábamos la batalla de Carpintería como victoria de «Los defensores de las leyes». Divisa blanca con que hubo de distinguir a las tropas leales al gobierno el Presidente Oribe, ante, ese sí acto de sedición, de su Comandante General de la Campaña, cargo que tenía Frutos Rivera al momento de levantarse en armas, asociándose a militares argentinos. Que Sanguinetti hiciera en esta fecha la apología partidaria del riverismo, nombrando de paso a toda la legión de motineros, como Venancio Flores y su banda de sicarios, nos hizo augurar malos momentos para la República.

Estos temores se verían confirmados, poco menos de un mes, cuando se lanza el lockaut patronal camionero, obviando negociaciones previas, por nimias demandas. Esta caricatura de preludio pinochetista alertó a la opinión pública.

El gobierno nos dio sosiego decretando la esencialidad de los servicios.

 

Pronto se vio que el asunto no terminaba ahí…

Antes de finalizar el año, el gobierno decide poner «punto final» a las investigaciones dentro de los predios militares, quedando a la espera de que «surgieran nuevos aportes» respecto a los asuntos indagados. Es decir, confiando en que las Fuerzas armadas aportaran más información… Manifestando el Presidente su voluntad de fijar un día en el almanaque «que diera vuelta la página». Una especie de 31 de diciembre histórico. Proponiendo el 19 de junio, cumpleaños de Artigas, como «día del nunca más».

Comenzado el año, terminada la siesta veraniega, el Ejecutivo hace suyo un proyecto de ley de reparación económica redactado por el delegado parlamentario del Círculo Militar. El proyecto de ley no asombra a nadie si se tiene en cuenta de quien viene, lo inquietante es que el mismo sea suscrito, tal como viene, por la Presidencia.

Este no es un proyecto de «pacificación», es un proyecto beligerante. Consideramos que ni al último Batlle se le ocurrió coronar su «estado del alma» plasmando su firma al pie de un proyecto de este tipo. ¡Y hubiera tenido mejores y más legítimas razones para hacerlo!

Una propuesta de reconciliación debe comenzar por el reconocimiento de la naturaleza política de los conflictos, del carácter de beligerantes de buena fe republicana de los actores, cosa que los considerandos no hacen. Por el contrario, éstos aplican el término «sedición» con el mismo sentido faccioso a que nos tiene acostumbrados la patota oligárquica.

El primer sedicioso fue Frutos Rivera, porque siendo jefe militar se subleva contra su jefe natural, el Presidente Oribe. A partir de allí, el país fue sumido en la anarquía facciosa y las intervenciones extranjeras, recuperándose el rumbo recién a partir de 1910, en que se acuerda poner fin a los fraudes electorales y a la prepotencia política.

¿Cómo se salió luego de las guerras de 1897, 1904 y del levantamiento de 1910? Pese a la derrota militar se terminó con un acuerdo que reconocía la buena fe de los beligerantes. No sólo reparando económicamente a los civiles en armas del partido vencido, con pensiones. Se les reconocía como «servidores».

¡Sí, servidores de la patria!, porque aunque vencidos, su lucha arrancó a los tiranos los derechos civiles que luego se plasmaron en leyes y garantías electorales.

Si el proyecto de ley en estudio fuera un acto de buena fe republicana, debería comenzar por un reconocimiento de la buena fe de los ciudadanos vencidos en sus reclamaciones políticas, como lo que eran, ciudadanos con legítimos derechos de respuesta republicana. Algo tan antiguo como sencillo: el derecho a la defensa de sus derechos civiles conculcados por malos gobiernos, o gobiernos de facción.

Todo lo que se diga en contrario no es más que sanguinario pasquín de facciosos irrecuperables.

Este proyecto faccioso, lejos de buscar la reconciliación no hace otra cosa que confirmar nuestras sospechas de setiembre. Esto es fruto de la intriga facciosa motinera, que aún subsiste en las entrañas del partido rosa desalojado del gobierno tras la última elección, y que no sabe aceptar derrotas electorales.

La República viene sufriendo esta estirpe de arribistas desde sus tempranos orígenes, nunca las concesiones civiles al militarismo de facción han servido para limitar sus ambiciones de poder. ¡La historia no parece enseñarles nada!

Cuando en la década del cincuenta se venía preparando el sangriento motín que terminara con el gobierno de Perón, el estribillo de una canción se hizo popular: «Deben ser los gorilas, deben ser, que andarán por ahí». *

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