El flagelo de la maldita pasta base
El tema drogas está dentro de las políticas sociales del Estado, y fundamentalmente es un problema político y cultural, pero que no ha tenido acciones que hayan comenzado a revertir el gravísimo flagelo que, lamentablemente, está determinando –entre otras cosas– una acción delictiva desembozada de grupos de población cada vez más jóvenes que recurren a la violencia para lograr recursos para reengancharse en el ciclo atroz de la maldita droga.
Sabemos de algunos esfuerzos para tratar de combatir un flagelo que, por su crecimiento, casi exponencial, es el resultado de toda una problemática social compleja que el país todavía no ha podido resolver. Pero también debemos alarmarnos cuando organismos oficiales, como el INAU, no cumplen con su cometido de crear centros especiales para atender a los adictos a la pasta base, llamada también la «droga de los pobres», quizás por la morosidad burocrática del Estado uruguayo que no le permite actuar con rapidez o por la endémica falta de recursos de los organismos esenciales, cuyas manos muchas veces están atadas por una pobreza de caja que les impide actuar.
El secretario general de la Junta Nacional de la Droga, Milton Romani, ha explicado en alguna ocasión cómo el consumo de la pasta base era desconocido y surge con nivel de demanda social luego de la profunda crisis del año 2002, que sumió a un 50 por ciento de los uruguayos en la brutal situación de vivir por debajo de la fatídica línea de la pobreza. Una sustancia enormemente adictiva pero de muy bajo costo, que determina que una buena parte de los consumidores pierdan los parámetros de vida de convivencia social y lleguen al delito, o a la destrucción por depredación de sus propios hogares, provocando en muchos casos la disolución de los lazos familiares, metidos en un círculo atroz que en nuestra sociedad se está convirtiendo en una problemática muy difícil de resolver.
El consumo de pasta base es un mensajero que nos interpela a todos, es algo está pasando en nuestra sociedad. Es cierto que la pasta base ingresa y hay que combatirla, pero ¿por qué los muchachos se dan con pasta base?, es como si se hubiese popularizado el consumo de querosén». El licenciado Romani considera que todos los uruguayos tenemos que interpelarnos, y enfatizó que la pasta base «es el veneno de los pobres, está destinado a liquidar a los pobres». Este fue el enfoque general de la JND.
Pero, también y ese es un punto a tener en cuenta la explosiva situación social que crea el consumo de la pasta base requiere de una acción planificada, responsable y severa por parte de los organismos adecuados que sirva para comenzar a revertir a situación. Parecería que en este país todo es difícil, complicado, lleno de vericuetos que hacen que las soluciones se alejen. Por ejemplo reprimir a quienes trafican el veneno atroz, erradicándolos de la sociedad, buscando además los lugares en donde la basura de la cocaína es entreverada con otras sustancias, convirtiéndola en la maldita pasta base, persiguiendo de manera implacable también a los expendedores.
Por supuesto que es fundamental también contar con centros de contención y tratamiento para los adictos, en el INAU, en dos categorías, los que están simplemente «golpeados» por la droga y, en un segundo escalón, quienes en base a ella han delinquido. Técnicos consultados coinciden en sostener que en ciertos estadios del vicio se hace imposible la contención familiar, porque en el seno de la familia existe en general la misma problemática de pobreza que fuera la desencadenante de la adicción.
Tampoco bastan algunos centros «modelo» que hasta el día de hoy sólo han servido para desalentar a quienes han recurrido a ellos para tratar de resolver una problemática que los supera.
Y, por supuesto, de ninguna manera se puede aceptar como ocurre reiteradamente que se trate de minimizar el flagelo, quizás como forma de justificar esa falta de soluciones, englobando el consumo de la pasta base con otras drogas, como el alcohol, sin advertir que son fenómenos incomparables. *
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