Luz amarilla en la economía mundial
Desde hace mucho tiempo nuestro PCU viene analizando la evolución de la llamada «burbuja inmobiliaria» en EEUU (1). Más, cuando abordamos el contexto internacional, dicho análisis preside o es el arranque de los informes del Comité Ejecutivo al Comité Central. ¿Por qué? Porque lo consideramos un hecho que explica parte esencial de la situación económica en el principal país imperialista. En otras palabras, por las consecuencias que la tal burbuja especulativa ha tenido, tiene y tendrá sobre la economía norteamericana, economía que a su vez-, impacta notablemente sobre el resto de la economía mundial, nuestro país incluido.
El desarrollo de la burbuja inmobiliaria en EEUU y su derivada orgía consumista está en la raíz del actual ciclo expansivo, de auge, de la economía mundial. Grosso modo, explica el auge de China e India, explica los altos precios y demanda de las materias primas, explica gran parte del crecimiento económico de América Latina, la región y Uruguay. Durante los últimos cuatro años se gozó de una prosperidad económica sin comparación con los últimos treinta años. Estamos en el tercer ciclo expansivo en los últimos 35 años, todos los cuales adelantémoslo- han terminado en crisis. Entonces, impacta para buenas, pero también lo hará para malas, sobre el ciclo económico mundial. Recordemos que el estallido en 1997 de una burbuja inmobiliaria muy similar a la yanqui, fue la causa de la debacle económica que envolvió al Japón por más de una década y de la cual aún no se recupera totalmente.
La burbuja inmobiliaria, como fuente del aumento del gasto privado en EEUU provocó la expansión de la demanda, lo que repercutió en una suba generalizada de los precios internacionales de las materias primas y facilitó el flujo de capitales hacia los países dependientes, al mismo tiempo que permitió la mejora en los ingresos de los productores y de los habitantes de los países favorecidos. En el incremento de la demanda también influyó el aumento sideral del gasto público yanqui, aunque lo hizo más en un principio del ciclo, no tanto ahora.
Hasta hace poco, muchos analistas negaban la existencia de la burbuja inmobiliaria. Hoy, cuando su estallido se escucha en el mundo entero, la reconocen a regañadientes. Igualmente, otros la circunscriben a la industria de la construcción y al sector inmobiliario, sin dar cuenta de los mecanismos por los cuales la especulación inmobiliaria afecta al conjunto de la economía yanqui y determina una parte sustancial del consumo en los EEUU, consumo que es, a la vez, unas tres cuartas partes del PBI de aquella economía. Según algunos cálculos, «en torno del 80% del crecimiento del empleo y casi dos tercios del aumento del PBI en años recientes se derivan del sector inmobiliario.» (Stiglitz)
En la burbuja inmobiliaria radica la causa de dos grandes problemas de la economía yanqui: el alto endeudamiento de las familias de aquel país y su fabuloso déficit comercial. Este, junto al déficit fiscal resultante del gasto desenfrenado del gobierno, que desarrolla por esta vía una suerte de «keynesianismo militar», provoca que gran parte del ahorro mundial se dirija a EEUU para cubrir sus desequilibrios. Esto causó que en 2006, y por primera vez en 90 años, EEUU según constató alarmado el Wall Street Journal- tuviera que cancelar a sus acreedores externos más de lo que perciben sus inversiones radicadas en el extranjero.
Respecto del endeudamiento familiar, digamos que aprovechando el aumento de valor de sus viviendas y la disminución del coste del endeudamiento, las familias han podido obtener grandes sumas de su patrimonio familiar sea mediante la venta de viviendas, la refinanciación y las segundas hipotecas desempeñando así a plena satisfacción el papel que se les había asignado en el impulso a la economía de mantener el crecimiento del consumo.
El aumento sostenido del consumo, gracias al incremento paralelo del endeudamiento de los hogares, ha sido el factor determinante del crecimiento del PBI a partir de 2000, limitando el precipitado declive de la economía en 2001, estabilizándola en el invierno de 2001-2002 y estimulando el crecimiento que ha tenido lugar desde entonces.
En conclusión, el crecimiento estadounidense ha sido promovido básicamente por el gasto de los consumidores. Gasto fundado, a su vez, en la continua reducción del ahorro interno y la adicción al endeudamiento (mal que también padece el fisco ya que la deuda pública federal llega a los 8,5 billones de dólares).
Esta situación, claramente, no puede sostenerse indefinidamente (aunque así lo quieran hacer creer los propios mercados especulativos). Tarde o temprano habrá consecuencias.
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