Ante la posible crisis del comercio mundial

Mientras parece innegable que la economía de EEUU ha ingresado en un cono de sombras y la mayoría de los países más desarrollados están haciendo frente a una fase de desaceleración de su crecimiento económico, la República Popular China está afrontando un desafío opuesto, pero quizás tan difícil de resolver, como el anterior, es decir el de enfriar una economía que crece a un ritmo demasiado acelerado (11% en el primer trimestre del año), lo que ya se hace demasiado complejo controlar. Hay una frase que viene al caso que utilizaba el líder chino Den Xiaoping, que define claramente la situación del gigante asiático: «Es bueno volverse ricos, pero cuidado con convertirse en demasiado ricos, demasiado rápido».

A partir del proceso de modernización llevado a cabo por este país desde 1978, su economía ha experimentado altos ritmos de crecimiento, que por la magnitud y nivel de inserción internacional, se han considerado el motor de crecimiento de la economía regional, y hasta mundial, en los años recientes. Sin embargo, en determinadas etapas, el crecimiento ha sido desmedido, ocasionando efectos perversos en la dinámica del país.

En la actualidad, a partir del comportamiento de determinados parámetros, ha retornado el fantasma de lo que se ha dado en llamar «recalentamiento económico». Al respecto se han manejado opiniones diversas, muchas de carácter apocalíptico, otras subestimándolo. Lo cierto es que el asunto se ha convertido en el tema contemporáneo de mayor debate, sobre todo en lo relacionado con el modo en que se va a desacelerar la economía, ya que de este depende la magnitud de sus consecuencias para el interrelacionado mundo entero.

Para China ha sido indispensable alcanzar y mantener el alto crecimiento económico, con el objetivo de fortalecerse, generar empleos y satisfacer las necesidades básicas de su inmensa población. En este sentido, hay que considerar que el país tiene una población de 1,3 miles de millones de personas, la que se incrementa entre 10 y 12 millones anualmente; la tasa oficial de desempleo urbano se considera de 4,2%, con tendencia a aumentar; una parte considerable de la población vive por debajo del límite de la pobreza; y persisten grandes diferencias regionales.

Por supuesto, una desaceleración de ese ritmo, que seguramente se comenzará a aplicar rápidamente, determinará una reducción del comercio exterior y quizás ­ según estimaciones de analistas ­ una menor demanda de materias primas, lo que determinará que países como Uruguay se verán afectados por ese proceso, a lo que debemos sumar la incipiente crisis que ya es ostensible en EEUU y que tiene una de sus expresiones en la debilidad del dólar.

Uruguay, montado en una situación internacional claramente favorable, con China e India, movilizando la economía mundial y requiriendo materias primas de manera masiva, con el auge de los negocios de venta de carne a EEUU, ha logrado cuatro años de evidente crecimiento del comercio exterior que, sumado al crecimiento interno motivado por una mejor distribución de la riqueza (vía Consejos de Salarios, reducción del desempleo y, en alguna medida, dándole capacidad de compra a sectores marginales), que ha determinado un aumento del consumo, una situación favorable, claramente positiva que es necesario mantener porque el país todavía no ha resuelto ni remotamente la mayoría de sus más profundos problemas.

Sin embargo, tememos, que una modificación en el comercio exterior, en los volúmenes de bienes que se exportan, podría afectar a sectores clave, lo que exige, de inmediato, una serie de medidas que determinen un «blindaje» que nos ponga a resguardo de contingencias adversas. Sabemos que el Ministerio de Economía está estudiando la situación, tratando de organizar salidas para que el país pueda sortear cambios en la economía mundial.

Claro, nuestro handicap es mantener los mismos bienes de exportación que a principios de siglo, con formas de producción que también dejan mucho que desear. *

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