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Enrique Rodríguez Fabregat

En el marco del 59º aniversario de la creación del Estado de Israel, la embajada respectiva organiza un acto en memoria del profesor Enrique Rodríguez Fabregat en la plazoleta próxima al Estadio que lleva el nombre de quien, como embajador del Uruguay ante Naciones Unidas, representó a uno de los 48 países que contribuyeron al nacimiento de dicho Estado. El gobierno municipal capitalino incorporó su nombre al nomenclátor en 1995, en el centenario de su nacimiento. Por resolución de la Junta Departamental del 25 de marzo de 2004 se autorizó la instalación de un monolito en la plazoleta con la inscripción de una frase suya: “Somos nuestra memoria”. Anteriormente, por ley de 9 de abril de 2002, se designó con su nombre la escuela Nº 106 de San José.

Conocí a Rodríguez Fabregat en instancias previas a la fundación del Frente Amplio en febrero de 1971. Pertenecía al tronco de batllistas de don Pepe, que se incorporó desde el principio a la formación de la izquierda unida junto a otras fuerzas venidas de distintos horizontes. En diciembre de 1970 el Congreso de la Lista 99 resolvió abandonar el Partido Colorado. Esa lista agrupaba figuras de la Lista 15 (como Zelmar Michelini, Hugo Batalla y Aquiles Lanza, intendente de Montevideo después de la dictadura) y de la antigua Lista 14. La Lista 99 se une en el Frente del Pueblo con el PDC y allí, dicen las crónicas, “se juntan todas las fuerzas de origen batllista que participaban en el Frente Amplio: además de la Lista 99, el grupo Pregón de Alba Roballo, el profesor Enrique Rodríguez Fabregat, figura consular del batllismo que fue legislador y ministro en la época del viejo Batlle, y Washington Fernández, como él oriundo de San José y ex ministro de Luis Batlle”. Todos ellos venían al Frente manteniendo la continuidad de sus ideales, que a su juicio habían sido desvirtuados en su partido de origen.

El 28 de setiembre de 2004 Tabaré Vázquez llevó el saludo del Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría al acto organizado por el Comité Central Israelita en la Intendencia de Montevideo, y expresó: “Pertenecemos a una fuerza política entre cuyos militantes y dirigentes de la primera hora estuvo nada menos que el profesor Enrique Rodríguez Fabregat, quien años antes como embajador del gobierno uruguayo ante las Naciones Unidas había tenido un desempeño decisivo para la creación del Estado de Israel”.

A esa altura ya cargaba sobre sus espaldas una amplia trayectoria política y cultural. Nacido el 11 de noviembre de 1895, en los años 20 se desempeñó como ministro de Instrucción Pública y diputado hasta el golpe de Estado del 31 de marzo de 1933, cuando fue desterrado a Brasil. En ese período tuvo participación destacada en la creación de la cátedra de Legislación del Trabajo y Previsión Social en la Facultad de Derecho, luego de un intrincado proceso en que intervinieron el decano José Pedro Varela, los consejeros Juan José de Amézaga y Martín R. Echegoyen, los diputados Santín Carlos Rossi, José María Ferreiro, el propio Rodríguez Fabregat y Baltasar Brum, el mártir del golpe de Terra. El primer catedrático fue Emilio Frugoni, con la oposición de Irureta Goyena. En ejercicio de la cátedra, Frugoni obtuvo autorización para que los estudiantes colaborasen en cursos de extensión universitaria a dictarse en locales obreros, a fin de colocar a la Universidad en contacto directo con los trabajadores.

Como ministro de Instrucción Pública, R. Fabregat creó la Casa del Arte, antecesora del Sodre. Su producción periodística es vastísima, tanto en Uruguay como en Argentina y en decenas de periódicos latinoamericanos, a lo que se suma una producción literaria de fuste. Durante la II Guerra Mundial se desempeñó como comentarista internacional de la NBC en EEUU. En los 60 fue embajador en Austria y México, y redactó junto a Gabriela Mistral la Tabla de los Derechos de la Niñez de que derivó la Unicef. Integró el Consejo Nacional de Gobierno en el período del Ejecutivo colegiado. Ya incorporado al Frente Amplio, el golpe de Estado del 27 de junio de 1973 lo condujo al segundo exilio.

Allí lo reencontré en Buenos Aires, desempeñando ambos tareas periodísticas en la agencia Prensa Latina. Recién entonces, en un ambiente más restringido, pude conocer una personalidad exquisita. Era un causeur nato. Pasado el mediodía, llegaba a la oficina de Corrientes con sus colaboraciones, en general sobre temas literarios o históricos. Entonces, espontáneamente, nos reuníamos en el despacho del director para oír sus cuentos. Era el momento de distensión de la jornada. Por su dilatada trayectoria había atesorado multitud de anécdotas, que desgranaba con suspenso y fino sentido del humor. Las más interesantes provenían de su actuación en la ONU, donde la ubicación por orden alfabético lo había colocado al lado de Andrei Gromyko, con quien había intimado. Contaba con delectación los duelos verbales del delegado soviético con Henry Cabot Lodge, en particular una instancia en que citó en forma precisa un discurso de cuño intervencionista del embajador norteamericano y lo dejó sin réplica. Todos los días traía una historia nueva.

Después del asesinato de Zelmar y el Toba nos desperdigamos. Rodríguez Fabregat fallece justo seis meses después, el 19 de noviembre de ese año 1976. *

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