A quiénes pegan con los cortes de los puentes

Hace unos pocos días, un dirigente de la Asamblea Ambientalista de Gualeguaychú defendió el bloqueo de los puentes sobre el río Uruguay, sosteniendo que «pegan donde más duele».

Indudablemente que si se trata de hacer un daño, esto se está logrando.

Las cifras son elocuentes.

Tomemos la cantidad de vehículos que pasaron por ambos puentes en el primer trimestre de 2005, fueron 277.863 y el total que pasaron en el primer trimestre del presente año fueron 167.708 (incluimos motos, autos, ómnibus y camiones de carga).

¡¡Una disminución de 110.155 vehículos!!

Si vamos a los números, en lo relativo a la economía de nuestro país, hay un perjuicio real sobre la temporada turística, ya que son más de 120 mil los visitantes de la vecina orilla que no vinieron. Sin embargo, el ministro Lescano, en un reciente balance de la temporada estival, ha concluido que los ingresos fueron superiores en un 27% a los de 2006, gracias a una acertada política de promoción realizada conjuntamente por el Ministerio de Turismo y operadores privados, abriendo las puertas a otros países e incentivando el turismo interno.

Este obstáculo sobre los puentes también es en perjuicio del comercio entre ambas naciones, y más allá es en perjuicio del libre tránsito entre países del Conosur.

Pero considero que donde más «pegan» los cortes y «donde más duele» es en las poblaciones ribereñas de ambas márgenes.

Al respecto, un senador de la Provincia de Entre Ríos declaró: «Yo quisiera que no fuera así, pero estoy convencido de que Botnia va a instalarse en Fray Bentos. Y entonces, nuestra obligación es ver cómo minimizamos los daños que se causen, cómo se obliga a semejante monstruo a cumplir con los parámetros internacionales. Con cortes de ruta conseguimos aparecer en la tele, y hasta algunos parecen héroes, pero no hacemos nada para que Botnia no avance.

Y nosotros ¿a quién jodemos? Al pueblo oriental, al pobre taxista, hotelero, vendedor de choripanes, a la clase media y humilde oriental. Hemos transformado una batalla contra Botnia en una batalla contra los más humildes de los orientales».

Deberíamos agregar también que es contra los trabajadores y los más humildes de los argentinos, pues el tránsito transfronterizo es de ida y vuelta.

En el Paso de Frontera, del Puente Fray Bentos-Gualeguaychú, donde hay varios servicios tales como Despachantes de Aduana, Free-Shops, restaurantes, etc. el panorama es desolador.

El intendente Laffluf sostuvo: «No le generan ningún perjuicio (a Botnia), y ni siquiera se generó un retraso en la construcción, pero sí le provocan un daño al pueblo uruguayo. Hoy, tenemos 200 familias sin trabajo, 20 empresas quebradas, y la planta a cuatro meses de inaugurarse».

Los daños «colaterales» también son innegables. El intenso tránsito generaba clientes para los servicios apostados al costado de las rutas uruguayas y argentinas, y a los comercios, hoteles, etc., de los pueblos aledaños.

El tránsito de cargas en parte ya se ha perdido para la operativa de los puentes, pues se han buscado otras vías, como la de los puertos, de Juan Lacaze o Colonia, y será muy difícil su recuperación.

Los afectados son también inocentes civiles argentinos y uruguayos que no pueden viajar de un lado a otro, en las líneas de ómnibus de pasajeros o en sus vehículos, posibilitando de esta forma intercambios, ya sean familiares o de otro tipo, como se hacia normalmente mediante el tránsito transfronterizo entre ciudades del litoral.

Las elocuentes cifras de disminución de vehículos que han pasado a través de los puentes, a la larga tendrán un duro impacto también sobre la administración de los puentes a cargo de la CARU (Comisión Administradora del Río Uruguay).

En cada uno de ellos trabajan 50 funcionarios de ambas nacionalidades, en cada puente, y pueden ver dañada su fuente de trabajo si se prosigue con los cortes y más aun con el bloqueo total, que se puso en práctica en la semana de turismo.

La Suprema Corte de Justicia de La Haya, en su fallo de julio de 2006 (Art. 75), le adjudica un rol importante a este organismo, cuando dice: «Considerando que la Argentina no ha proveído hasta el momento pruebas que sugieran que la contaminación que eventualmente generaría la puesta en funcionamiento de las plantas sería de naturaleza tal que podria causar perjuicio irreparable al río Uruguay; que incumbe a la CARU velar por la calidad de las aguas reglamentando y restringiendo al mínimo el nivel de contaminación; etc, etc.».

Un fallo que no hizo lugar a la solicitud de la República Argentina de paralizar mediante una medida cautelar la construcción de las plantas y ante el cual los miembros de la Asamblea Ambientalista de Gualeguaychú respondieron con una medida de lucha que a la larga «pega» directamente sobre los recursos de los cuales se nutre la CARU, instrumento creado para cumplir con las funciones que surgen del Tratado del Río Uruguay de 1975.

Pero esta actitud es aun más grave, pues la Corte de La Haya en otro articulo «insta a ambas partes a abstenerse de cualquier acción que pueda hacer más difícil la resolución de la presente controversia».

Recordemos que fueron justamente los miembros de la Asamblea ambientalista quienes solicitaron a su gobierno, denunciar ante ese Tribunal a la República Oriental del Uruguay.

Conclusión: hay un daño indudable, y en especial los damnificados son los pueblos ribereños.

Más de una vez soñamos con avanzar en la integración regional desde lo local, y nuestra fuente de inspiración fueron aquellos pioneros de la década del 60, que con fuerza y tesón, después de 10 años de luchas, lograron la construcción del puente Paysandú-Colón, un rico patrimonio que heredamos y debemos defender.

Era gente de Colón, Concepción del Uruguay y Paysandú, hermanada bajo un mismo ideal, el de generar nuevos lazos de unión entre poblaciones que viven bajo un mismo suelo, que se prolonga bajo las aguas del majestuoso río Uruguay.

Sin ser críticos con los ciudadanos que se organizan para defender el medioambiente, una reivindicación justa y tarea de concientización fundamental en el mundo de hoy se debería pensar colectivamente en qué significa «pegar donde más duele».

Pues bien podríamos reflexionar en que dañar esos lazos de hermandad, que van más allá de lo material, objetivamente es contribuir a la división, algo que los pueblos y países latinoamericanos han padecido a lo largo de su historia en beneficio de intereses foráneos.

Vivimos un momento histórico en América Latina.

Los pueblos han optado por cambios y han elegido gobiernos con programas transformadores, defensores de nuestros recursos y potencialidades, para así salir del subdesarrollo, la dependencia y la pobreza.

No se trata de «pegarnos donde más duele», sino en trabajar con responsabilidad en todos los niveles y ser capaces de administrar y superar contradicciones y conflictos, conscientes de que en estas condiciones inéditas que hemos creado, tenemos un destino común y que nuestro objetivo estratégico debe ser la tan ansiada integración regional. *

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