Vuelve el aborto
El tema es cíclicamente reincidente. No obstante la contundencia de los argumentos sobre la condena de un crimen alevoso contra inocentes que ni siquiera le dejan el derecho a la protesta como es el aborto, se vuelve a insistir queriendo legalizarlo. Transformándolo en un mero trámite molesto como el de ir al dentista a sacarse una muela picada. Lo más curioso entre la inmoralidad de razones que se dan para justificar el mentado asesinato, son las mujeres legisladoras las que llevan el estandarte de la infamia. Se mal supone por lo visto que la mujer en general que debe y tiene ese muy puro sentimiento maternal natural, propio de las que llevan el hijo en sus entrañas, debieran ser el bastión contra el aborto y sus consecuencias. ¡Error!
Son justamente las más entusiastas y activas en esa frustración criminal de la vida humana. Vayamos por partes. Nadie hasta ahora puede refutar hasta por sentido común, que desde la conjunción del espermatozoide con el óvulo y su consiguiente creación de la primera célula, ella en ese momento, ya no es un ser humano. Esa célula primigenia ya tiene ínsito todos los sentidos y elementos para el desarrollo del ser humano: tacto, oído, vista, gusto, olfato, dolor, alegrías, amor, etc. De esta célula producto del sentimiento de amor o atracción entre dos seres humanos no se desarrolla una lagartija ni una comadreja. Sino un hombre o mujer futuro. Ello sin perjuicio para los que somos creyentes, de la existencia de un alma en el ser concebido que también se adquiere naturalmente por designio de Dios. Se ha llegado al absurdo en el ansia de justificar moralmente lo indefendible, de poner un plazo para considerarlo humano en los hechos y poder ser protegido por la ley. En buen romance, hasta los tres meses justo de concebido se le podría matar legalmente, y a partir de allí le cabría la sanación correspondiente legal. Resumiendo, el fetito adquirirá derechos recién a partir de esa fecha antojadiza en función de un razonamiento estadístico de almanaque. ¡Brutal!
Hasta las doce de la noche del tercer mes se le puede degollar y un minuto después se transforma en delito. ¡No hay explicación racional para tamaño disparate. Se insiste con el argumento de que es inhumano traer niños al mundo por gente indigente que no las puede mantener, educar, o darles un futuro decoroso, destinando las criaturas a proliferar en cantegriles y Villas Miseria, con realidades delictivas o marginales futuras. Macanudo. En primer lugar: ¿quién puede salvo Dios, por más pobre y mísero que un bebé nazca, vaya a ser inexorablemente un delincuente o marginado? Hay una enormidad de gente con ese origen que desarrolla una vida digna y útil con trabajos, labores y profesiones incluidas.
O sea, imposible es determinar a priori si la vida de ese feto o embrión será feliz o desgraciada y aún cuando fuere así, tampoco se le puede eliminar como si fuera una alimaña. Es un ser humano sin vuelta. Partiendo de esa base indiscutible de la humanidad del embrión o feto, los legisladores aborteros o pro carnicería ¿dónde dejan los derechos humanos? ¿No es acaso torturar una criatura, el arrancarlo a pedazos con un escalpelo de las entrañas del útero materno? ¿O tal vez crean que la picana eléctrica sólo le puede doler a una persona adulta y es mayor que un escalpelo desgarrando las carnes de un fetito?
Por supuesto que el embrión o feto no puede protestar ni recurrir a organizaciones internacionales que lo defiendan mostrando sus laceraciones o reclamando restos que terminan en una caja miserable de zapatos tirada en algún baldío. Pero no quepan dudas, que sufren en su desvalida inocencia del dolor más espantoso producido por la mezquindad de sus padres, la crueldad del abortero profesional y de la irresponsabilidad y falta total de conciencia del legislador que legalizó el aborto. Es el único ser humano que carece de toda defensa y protesta. Si los padres no lo pueden mantener, que no lo encarguen. El inocente no pidió, ni exigió venir. Hay métodos –por cierto conocidos– admitidos incluso por la Iglesia, para evitarlos.
Caso del sistema de períodos, que impide la procreación. Por otra parte, la razón de la pobreza en el porcentaje de abortos, es falso. Generalmente en los asentamientos humildes no se aborta o se hace en proporción mucho menor. Donde proliferan es justamente en las clases altas o medias donde hay recursos para pagar una operación abortiva que por cierto es onerosa. De allí, las fortunas ganadas por las clínicas y sus doctores.
Alguna vez lo he dicho, que en el reino animal el único que mata a las crías es el inteligente humano. Por ejemplo, en el caso de las víboras; la madre ante el peligro se traga las viboritas protegiéndolas con su propia existencia y pasado el riesgo, las regurgita para que sigan viviendo. Protección y amor por la especie, que le dicen.
Son mejores madres que estas otras humanas. Buena cosa sería recordarles a estos legisladores que nuestro país tiene una población envejecida. Tenemos el índice más bajo de natalidad en el continente y que yo sepa, no hay futuro ni se sale de las crisis en un reino de jubilados. La juventud se sigue yendo a raudales (17.000 el año pasado) y se siguen mandando mudar. Y por añadidura los que quedan por nacer los matamos nonatos, abortos mediante. No estaría mal, doy la idea, que particularmente a las diputadas y senadoras se les mostrase en una mesa de quirófano, los restitos de un feto o embrión inerme ensangrentado, de no más de 10 o 15 cm después del raspaje de rigor. Claro, debieran verlo antes de votar la aprobación del aborto. ¡Y si tienen conciencia y estómago que lo voten si pueden!
Un ítem dedicado a los profesionales, médicos y parteras que por plata ejecutan el homicidio. ¡No tienen perdón de Dios! ¡Justo ellos que juraron defender la vida (Juramento Hipocrático) son los que arrancan y laceran nada menos que criaturas antes de nacer! ¡Sólo les cabe todo el peso inexorable de la ley!
Y por cierto, el Estado no está excento de culpa tampoco. No es sacando comensales de la mesa que se solucionan las crisis, sino dando más pan a los comensales mediante la creación de fuentes de trabajo reales y asistencia eficiente a familias numerosas que necesitan ayuda. (Lo dijo Juan Pablo II y vaya si tenía razón) *
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