Revolución pacífica, cambio de paradigma

Los «intelectuales» (con las comillas quiero señalar que me refiero a lo que habitualmente se entiende por tales) suelen ser gente de letras. Y, viceversa, los científicos no suelen ser considerados (ni considerarse a sí mismos) intelectuales.

El intelectual rumiante (que come y regurgita papel impreso) es una especie domesticada que solo vive en las granjas, los zoos y los circos del poder.

La «soledad solidaria» de la que hablaba Aranguren (la del pensador preocupado por los problemas sociales, pero aislado en su torre de marfil) ya no es suficiente, si es que alguna vez lo fue. El mero hecho de obtener información veraz se ha convertido, en estos tiempos de manipulación mediática global, en una tarea incompatible con el tradicional aislamiento de los cenáculos culturales.

Las movilizaciones y los foros sociales necesitan de la participación de los intelectuales (es decir, de quienes han hecho de la cultura y la comunicación su oficio); pero estos, a su vez, no pueden desarrollarse sin participar activamente en dichos foros y movilizaciones.

Los intelectuales necesitan más «formación física» en ambos sentidos de la expresión: no sólo tienen que aprender física (y matemáticas: sin pensamiento cuantitativo, las posibilidades de predicción y transformación son muy escasas), sino que han de mejorar su forma física y no desdeñar la acción, el movimiento, la lucha.

Hay otra razón por la que los intelectuales tienen que salir urgentemente de sus madrigueras. En estos momentos de guerra abierta del poder contra la razón y la cultura, la lucha individual no es suficiente. Los intelectuales (sin perjuicio de otras formas de organización) tienen que organizarse «gremialmente», planear y llevar a cabo empresas colectivas. El pensador-jardinero que cuida su hortus conclusus y ocasionalmente vende su vetusto discurso de flores híbridas a los simples mortales del mundo exterior, ha de dejar paso al pensador-abeja capaz de trabajar en enjambre y de defender la colmena con su aguijón.

La función de la filosofía es cambiar el mundo además de explicarlo, los pensadores que no son también hombres –o mujeres– de acción, no son gran cosa, máxime en situaciones de catástrofe material y ética como la que transitamos en este tercer milenio que debemos construir. El intelectual que es solo un intelectual, no es ni siquiera un intelectual. Hay que participar personalmente en los foros y en las movilizaciones sociales. Hay que ir a Iraq y a Palestina. Hay que ir a Cuba y a Venezuela, a Brasil y a México. Y no a dar lecciones, precisamente, sino a aprender.

La función del intelectual no es ni puede ser otra que la de buscar, difundir y defender la verdad. Y la verdad es revolucionaria. Luego el intelectual, si no es un impostor, está, por definición, al servicio de la revolución. Denunciar las mentiras, sofismas y tergiversaciones del poder es su irrenunciable misión. Pero el intelectual es un privilegiado, y a menudo luchar contra los poderes establecidos significa luchar contra los propios privilegios. Algunos lo hacen (todos, en realidad: los demás son impostores), pero muy pocos llevan la lucha hasta sus últimas consecuencias. Y uno de los privilegios a los que el intelectual casi nunca renuncia es el púlpito.

La mayoría de los intelectuales se detiene en un escalón intermedio: el púlpito, la cátedra o la tribuna. Se acercan a los viles mortales lo suficiente como para ser oídos, pero manteniéndose a una prudencial altura por encima de sus cabezas. Y desde el púlpito pueden hablar sin mesura y sin temor a ser interrumpidos por su auditorio cautivo.

En una conversación normal, nadie habla ininterrumpidamente durante una hora seguida o más, y si alguien lo intenta, sus interlocutores lo cortan o le administran un tranquilizante. Las conferencias y mesas redondas deberían consistir en breves exposiciones introductorias seguidas de debates abiertos. Más que un oxímoron, «revolución pacífica» parece una contradicción in términis. ¿Cómo se puede expulsar pacíficamente del poder a quienes defienden sus privilegios con la más brutal de las violencias?

Y sin embargo, la revolución es fundamentalmente «pacífica», en el sentido de que su causa es la paz (la Irene de los griegos: la Paz hija de la Justicia, la única deseable, la única posible). Y también su efecto. Y, al parecer, en determinadas circunstancias la revolución también puede ser pacífica en el sentido más coloquial del término. De hecho, la revolución cubana fue poco cruenta, y la venezolana, por ahora, todavía menos. Hay muchas conclusiones que sacar, muchas cosas que aprender, muchas teorías que revisar a la luz de lo que está pasando en Latinoamérica. Y no sólo en Cuba y en Venezuela. El zapatismo, el MST brasileño, los distintos movimientos indigenistas… Esos son los grandes laboratorios políticos, y las nuevas ideas tienen que forjarse o templarse en sus crisoles.

¿En qué consiste y cómo se lleva a cabo el cambio de paradigma? Contestar a esta pregunta es, precisamente, una de las principales tareas que nos impone la actual crisis (por no decir catástrofe) política, cultural y social instalada en nuestro mundo. Huelga señalar que los intelectuales tienen una responsabilidad muy especial y mucho trabajo por hacer. Y su primera obligación es la de formarse e informarse debidamente. Y no todo está en los libros (nunca estuvo todo en ellos, pero hoy menos que nunca). Hay que visitar las nuevas ágoras y las nuevas palestras, tanto virtuales como físicas. Hay que descender de los púlpitos y de las cátedras. Hay que asumir todos los riesgos, el intelectual ha de convertir su pluma en una espada. Pero en los tiempos que corren también ha de estar dispuesto a empuñar espadas menos metafóricas.

Como me consta que están dispuestos a hacer -o ya lo hicieron- algunos intelectuales cubanos y venezolanos de primera fila. Hacer de la pluma una espada. Y, si es preciso, cambiar la pluma por la espada. *

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