Fidel Castro contra el etanol
La tan ansiada para sus seguidores reaparición del anciano líder, por lo menos en el terreno de las opiniones ecuménicas, como ha sido su costumbre durante medio siglo, se ha dado por un tema puesto sobre la mesa en el mundo, en la región y en nuestro país, por los gobiernos de EEUU y Brasil: la producción de etanol o alcohol carburante. Inscripto esto, como es sabido, en una estrategia elaborada sobre la base de la angustia energética que sobrevuela la humanidad, tendiente a impulsar alternativas a los hidrocarburos, entre ellas, la producción de biocombustibles o combustibles vegetales.
El gran impulso dado por los gobiernos de aquellas potencias a toda la temática, con una proyección impensable hasta hace poco tiempo salvo para aquellos que fueron tildados de locos durante años comienza a generar sacudones dentro de todos los países, grandes y chicos, dado que todos sufrimos y/o sufriremos el drama de la energía por igual; en dos palabras, por agotamiento y/o calentamiento.
En este sintético contexto resurge nuevamente, cual Ave Fénix, el anciano patriarca antiimperialista con una advertencia escalofriante, como tantas otras que ha hecho durante tantos años y que felizmente se diluyeron: la de que la producción de combustibles vegetales condenará a la muerte, por hambre y sed, a más de 3.000 millones de personas en el mundo, en un cálculo cauteloso, según él. Este anuncio catastrófico ha sido precedido por la calificación de la producción de etanol como «irracional y antiética», hecha por el compadre Chávez en un estadio de fútbol argentino, en su reciente gira contra Bush. Como a Chávez le comprenden todas las generales de la ley en el tema hidrocarburos incluso el tener como principal comprador a EEUU las manifestaciones del viejo líder vienen en auxilio de su compadre.
Los argumentos para la terrible premonición son básicamente tres: uno, que la producción de etanol dificultará el acceso al maíz a las masas hambrientas; otro, que la financiación a los países pobres para la producción del biocombustible llevará a la deforestación, agudizando el cambio climático; tercero, que «las tierras dedicadas a la producción directa de alcohol pueden ser mucho más útiles en la producción de alimentos para el pueblo y en la protección del medio ambiente» ( LA REPUBLICA, 30 de marzo, pág. 32). Acompañado ello con una exhortación paternal a que el mundo haga lo que hacen los queridos cubanos: cambiar las bombillas incandescentes por fluorescentes. Quizás, como en las tinieblas de las calles de La Habana.
El primer argumento, anteponer el estómago de una persona al tanque de combustible, es un golpe bajo que no se puede discutir. Recuerdo a los grandes pensadores de izquierda y antiimperialistas de nuestro país, como Quijano y Trías, cuando nos explicaban una de las facetas del imperialismo, en el plano económico: su política de «dumping» con el maíz, por ejemplo, inundando los mercados de los países latinoamericanos, arruinando y empobreciendo a los productores y por añadidura a las poblaciones, con la secuela de desocupación y hambre.
El segundo argumento de Fidel Castro es el mismo de las fábricas pasteras, que por estas latitudes conocemos muy bien, puesto que estas se han encargado de defenderlo con fervor, solas y acompañadas. Finalmente, ¡quién no comparte que la tierra debería ser dedicada básicamente a la producción de alimentos! ¿Por qué esa falsa oposición entre producir para alimentos y producir para energía? ¿Es que no alcanza la tierra para ambas cosas? ¿Por qué introduce el tema del maíz cuando Cuba, por ejemplo, puede elaborar el alcohol a partir de la caña de azúcar, como así se lo ha propuesto Brasil?
En el año 1990 tuve el honor de integrar la delegación del Frente Amplio al Primer Foro de San Pablo, junto con destacadas figuras del gobierno actual, como el flamante director de la OPP, Enrique Rubio, la vicecanciller Belela Herrera, el senador Carlos Baráibar, etc. En dicho Foro escuché las falacias en el tema azucarero de la cabeza visible de la delegación cubana, Carlos Aldana Escalante, por entonces número tres del régimen, luego defenestrado cuando los problemas ante la embajada española.
Nos anunció que Cuba, importante productor mundial de azúcar, se había fijado una meta de producción de 10 millones de toneladas anuales, pasando, en unos dos o tres años, de 5 millones a aquella cifra. Ello, pese a la desintegración de la Unión Soviética, que la había proveído del necesario combustible barato para las centrales azucareras. No sólo no llegaron a los 10 millones, sino que cayeron a menos de 3 millones de toneladas. En tanto, Brasil llegó por esos años a la producción de 12 millones de toneladas. Además de la dimensión de ambos países, una de las diferencias en los resultados radica en el desarrollo de tecnologías que permiten, no sólo aumentar el rendimiento agrícola, sino también mejorar el balance energético, es decir, intentar que la propia producción genere la mayor parte de la energía que consume. Es uno de los aspectos que tratan de desarrollar, con sus acuerdos, Brasil y EEUU.
En el Uruguay, por suelos y experiencia, el mejor cultivo para desarrollar el etanol es la remolacha azucarera. No es depredador, como la caña, ni monocultivo, ya que amerita la rotación y la producción familiar, para la contención y radicación de gente en el campo. Desde Paysandú a Maldonado, pasando por Soriano, Colonia y Canelones, fue un cultivo de éxito. Esto Fidel Castro lo desconoce.
Para nosotros, puede ser uno de los intentos del país productivo. *
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