¿Hasta dónde piensan llegar?

Nadie ignora que los fundamentalismos son peligrosos. Gracias a ellos, han muerto millones de seres humanos a lo largo de la Historia por razones religiosas, raciales, o de la índole que sea, capaces de justificar atropellos y atrocidades varias. El absurdo conflicto que nos enfrenta desde hace más de un año con los hermanos entrerrianos tiene un fuerte componente fundamentalista que los está obnubilando a niveles alarmantes.

La causa ecologista y medioambientalista es sin lugar a dudas una causa noble. Responde a una toma de conciencia de los peligros que genera la actividad irresponsable del ser humano y trata de alertar a los pueblos y a los gobernantes sobre la importancia de respetar la naturaleza y velar por su equilibrio. Intenta rescatar el valor de la calidad de vida y propone el desarrollo sustentable contra el crecimiento demencial a cualquier precio.

Ahora bien, cuando la militancia ambientalista se convierte en fundamentalista, pierde todo componente racional y se torna altamente peligrosa. Es lo que ocurre con las famosas «asambleas» de Gualeguaychú, instancias que en un principio exhibían un carácter saludable de pueblo movilizado que advertía a los gobiernos sobre la posibilidad de que la industria pastera a instalarse en Fray Bentos llegara a contaminar el río y el aire atentando contra el medio ambiente.

Pero a medida que pasa el tiempo, los inocentes ambientalistas se han convertido en peligrosos soldados de un fundamentalismo disfrazado de ecologismo y mezclado con un nacionalismo ramplón y un patrioterismo abyecto.

Cada día que pasa, las exigencias y el estilo de los piqueteros se vuelve más agresivo ante la pasividad pasmosa y criminal de las autoridades provinciales y federales. Ayer se conoció una situación insólita ocurrida hace dos meses: el descubrimiento de obstáculos colocados en el canal principal de navegación del río Uruguay: un claro intento de sabotaje que podría haber tenido consecuencias funestas incluso para naves argentinas o de otros países.

Es hora de que el gobierno argentino tome medidas radicales para frenar esta demencia. Antes de que sea demasiado tarde. *

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