Razones del respaldo popular al Presidente

El viernes pasado se difundieron los resultados de la última encuesta de la empresa Factum. Cuando acaban de cumplirse dos años de gestión del primer gobierno de izquierda del país, el apoyo de la población al presidente Vázquez alcanza un índice de 60 por ciento.

Esta aprobación popular no es habitual. Es común, sí, que al asumir el cargo el nuevo presidente cuente con amplios márgenes de apoyo ciudadano, ya que son instancias en que la población está contagiada de optimismo y tiene la necesidad imperiosa de apostar al éxito del nuevo gobierno, pensando que de ese modo vendrá la solución a sus problemas. Por regla general, todos los presidentes –aunque hayan logrado respaldos menos contundentes en las elecciones– generan esperanzas y expectativas aun entre quienes no los votaron.

Sin embargo, al cabo de un tiempo esas razonables expectativas se ven frustradas, y es así que los índices de popularidad bajan de manera notoria. Con Tabaré Vázquez pareció que se repetiría la historia, ya que hacia fines de 2005 y durante 2006 el porcentaje de apoyo a su gestión sufrió una brusca caída pasando de más de 70 por ciento a poco más de 50 por ciento. Esto se explica porque la opinión pública pretende ver resultados inmediatos, espera cambios como por arte de magia, y cualquier tropiezo lleva a mucha gente a grandes decepciones y enojos que se reflejan en las encuestas. No obstante, la última compulsa de la encuestadora Factum dio como resultado que la baja que se venía registrando en la popularidad del doctor Vázquez se había detenido y el Presidente recuperaba cinco puntos de aceptación para situarse en el orden del 60 por ciento. Es un guarismo muy alto cuando estamos arañando la mitad del mandato.

Esa aprobación mayoritaria refleja, obviamente, una innegable satisfacción de la gente con la gestión presidencial. En primer lugar, el doctor Vázquez inauguró un nuevo estilo en la manera de hacer política y en la forma de conducir al país. Las reuniones del Consejo de Ministros en remotas localidades del interior han sido muy bien recibidas, no sólo por los habitantes de ese interior profundo –eternos postergados en sus legítimas aspiraciones–, sino también por el ciudadano medio, el hombre de la calle, que ve con buenos ojos ese acercamiento del gobierno a las gentes y a sus problemas concretos. Otro aspecto nada desdeñable ha sido la promoción de un debate amplio y en profundidad sobre la reforma educativa, en el que tuvieron cabida vastos sectores de la sociedad.

Pero fundamentalmente, y más allá de las inevitables dificultades para llevar a la práctica las líneas programáticas del Frente Amplio, la población percibe que hay un gobierno dispuesto a aplicar el programa y a cumplir con lo prometido en la campaña electoral. Se ha reinstalado la negociación colectiva, la actividad sindical está protegida e impulsada por el gobierno, el salario real ha experimentado una recuperación, el desempleo ha registrado un leve descenso, se verificó un crecimiento sin precedentes de afiliaciones a la Seguridad Social. Son todos elementos positivos que la población valora y que explican la popularidad del Presidente.

Finalmente, la actividad parlamentaria está dando frutos. Lejos de aquella imagen estereotipada –tan explotada por la mentalidad antidemocrática– según la cual los legisladores son parásitos que nada hacen y cuentan con beneficios irritantes, diputados y senadores han desplegado una intensa labor que permitió que se aprobaran leyes de enorme trascendencia.

En fin, es un conjunto de elementos positivos que están operando una transformación en la percepción de la opinión pública sobre el gobierno. Este hecho fortalece a la democracia pues permite a la actividad política recuperar su credibilidad a los ojos de la población. *

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