Servicio militar obligatorio

Dicho con el mayor respeto hacia la carrera de las armas, que tiene su fundamento en la seguridad pública y nacional, con la defensa de la soberanía en el cuidado de fronteras y de la Constitución, fundamentales para la existencia misma de la patria, nuestro país, no obstante, ha carecido de una vocación militarista arraigada. Incluso en épocas revolucionarias bravías, donde se manejaban estos principios por razones obvias, acabados los encuentros bélicos y pacificado el país, tanto unos como otros volvían a sus labores estables, pacíficas y sedentarias propias de pueblos libres y conscientes de estos valores y vigencia de la ley. No hay antecedentes uruguayos en materia de crear la necesidad de que su juventud tenga idoneidad o profesionalidad en el manejo de las armas y su servicio. ¿Cuál puede ser la razón de que un país pequeño, el de tener más allá del número necesario e indispensable de soldados para su defensa específica, y que ha cultivado el civismo como conciencia, de pronto necesite una población de jóvenes «gurcas» o «rangers» prontos para conquistas territoriales, imperiales o amenazas extranacionales, que justifique ese cambio conceptual tan fundamental? Como futuro para la juventud productiva de la Nación es un modo de crear empleos públicos que en lugar de manejar expedientes burocráticos se le cambia por el manejo de las metralletas y granadas. O sea, en lugar de preferir el arado o las letras, el gobierno fomenta el «bombazo». Pensar por otra parte, que un país de nuestras dimensiones, potencialización económica y bélica, y apenas tres millones de habitantes, pueda tener espíritu de conquistas militares imperiales y para ello necesitar un gran ejército afiatado a esos efectos, es para «chaleco» urgente en la sala de los «peligrosos» del Hospital Vilardebó.

Puede también, por qué no, siempre en el terreno irracional de los peores delirios etílicos, pensar, hacer una juventud idónea en armas convencionales y su manejo efectivo para defender a perpetuidad un régimen totalitario propios de gobiernos como el entonces rumano de Ceaucescu y Sra., el cubano Castro, la vieja y desmoronada Unión Soviética, y de tantos estados de partidos políticos únicos que han asolado sus naciones respectivas con brutal ferocidad y que felizmente están pasando de moda. Hoy, hasta la China con claro régimen imperial totalitario, ha comenzado a liberalizarse y abrirse paulatinamente a sistemas más libres, que el impuesto por el «librito» rojo de Mao. O sea, sin perjuicio de tener profesionalidad en un ejército moderno, eficaz y útil a sus funciones específicas para un país como el Uruguay, alcanza y a lo sumo podría «retocarse» especializándolo en lo que hay. Modernizando armamento, entrenamientos y preparación específica que cubran hasta con largueza, las necesidades y estabilidad de la patria.

Se correría incluso el riesgo, multiplicándolo a un servicio militar, de darle a los infantos juveniles, que por cierto tenemos por desgracia muchos, un entrenamiento extra, eficacísimo para elevar la peligrosidad y respaldo técnico delictivo de futuro. Todos, buenos y malos tendrían entrenamiento militar eficiente y cualquier muchacho de barrio saber manejar con soltura una metralleta. ¿No sería preferible enseñar artes y oficios liberales, letras o haciendo obreros idóneos, que el multiplicar conocimiento del dominio de armas? Es un grave problema, se sabe, que tiene grandes potencias imperiales con poblaciones a las que se ha dado servicios militares, una vez dados de alta, el qué hacer con la soldadesca frustrada que lo único que sabe es manejar armas. De allí, la proliferación delictiva de las grandes metrópolis. Nuestro Uruguay, la vieja «táctica de la plata», no necesita grandes ejércitos.

La manera eficaz dentro de lo relativo, es manejar con seriedad y eficacia el derecho internacional. O sea, la Ley. Haciendo valer nuestra verdad, razones y derechos. Por más servicio militar que se les ocurra al gobierno frenteamplista dar, multiplicando incluso las plazas con todo el armamento que se pueda aportar, si nos invaden los vecinos por citar viejos problemas siempre latentes, a las pruebas me remito de los «hermanos» argentinos que, ¡tanto nos quieren! y lo demuestran en el problema de Botnia y el cierre de los pasos de frontera, nos «pasan por arriba» sin levante. Y el Brasil, peor. Es el mismo caso de los vascos, iraquíes, afganos o palestinos. La guerra convencional y ejércitos regulares a esos efectos, no sirven a los países chicos y débiles ante el poder de las aspiraciones imperiales de los poderosos. La guerrilla en cambio, llamada terrorista cuando conviene, es contra lo único que los grandes imperios no han podido aún. Y no es el caso nuestro cubrir esa hipotética posibilidad. Salvo, que el gobierno quiera fuerzas extras de choque, para defender un futuro régimen totalitario en lo interno.

Siempre han existido delirantes peligrosos que ponderaron y soñaban con regímenes como el antiguo rumano de Ceaucescu al que felicitaban y elogiaban con profundos «ditirambos» telegramas mediante, una semana antes que su pueblo rumano lo colgaran con su mujer en la plaza pública. Ceaucescu también tenía una guardia de «corps» muy eficiente. ¡Así terminó! No es militarizando obligatoriamente juventudes el modo más sabio de imponer la seguridad pública. Es de esperar el cambio de criterio, por el bien de todos. Amén. *

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