Un acto de masas memorable
Se cumplieron ayer 36 años de un acto público que marcó un hito en nuestra historia. El 26 de marzo de 1971, las calles del centro de Montevideo se vieron colmadas desde el atardecer. Poco a poco, los ómnibus y trolebuses que llegaban desde los barrios más lejanos iban descargando multitudes en las cercanías de 18 de Julio.
Un pueblo compacto, heterogéneo, como un muestreo de la sociedad uruguaya, empezó a llenar las aceras y la calzada de la principal avenida. Desde la Plaza Cagancha hasta la Explanda Municipal –y desbordando ésta hacia Ejido, Constituyente y por 18 de Julio al este– la multitud abigarrada estrenaba el pabellón tricolor, recientemente rescatado de los tiempos de Fernando Otorgués y la Patria Vieja; también hacía su bautismo el clásico logotipo que hasta hoy nos identifica.
Una temperatura cálida acompañaba el entusiasmo de la gente y propiciaba la voluntad de expresar la esperanza en una alternativa política posible. Era común ver gente que se abrazaba visiblemente emocionada; gente proveniente de las vertientes ideológicas más diversas que no ocultaba su sorpresa y su regocijo al encontrarse con amigos y conocidos pertenencientes hasta hacía poco a otras tiendas políticas.
Es que parecía mentira ver concretarse el sueño de la unidad sin exclusiones, en un conglomerado que daba cabida a figuras de los partidos tradicionales que, por su trayectoria de compromiso con las causas populares y contra el autoritarismo, comprendieron que su lugar estaba en ese frente que recién nacía a la vida política.
El estrado montado frente a la Intendencia mostraba a la plana mayor de la dirigencia frentista exultante al verse rodeada de aquella masa que depositaba en aquellas figuras entrañables su esperanza de cambio.
El Himno Nacional, ejecutado por una orquesta integrada por la casi totalidad de los músicos de la Ossodre y la Sinfónica Municipal, fue entonado por las decenas de miles de gargantas allí congregadas. Todos, pero recuerdo especialmente a Alba Roballo, pusieron particular énfasis en el «tiranos, temblad» que años después, bajo el régimen de facto, se convertiría en la única manifestación opositora posible.
Aquel acto de masas memorable fue asimismo la oportunidad de que el pueblo frenteamplista conociera directamente a ese general retirado que había aceptado el desafío de ser el candidato a la Presidencia de aquella «colcha de retazos». Y el discurso pronunciado por Líber Seregni confirmó el acierto de su elección como conductor de la patriada.
A partir de entonces, ya nada fue igual. El Frente Amplio había llegado para quedarse. Y pasó de ser el tercero en discordia para ser el primero y lograr la mayoría absoluta del electorado 33 años después.
Ese contagioso fervor militante ha venido decayendo en los últimos años, y los actos de masas convocados por la dirigencia frentista no logran reunir ni la cuarta parte de los que se juntaron aquel lejano 26 de marzo.
Sin embargo, buena cosa sería que los actuales dirigentes del Frente se detuvieran a reflexionar sobre el punto y analizaran por qué ha decaído la militancia y cómo hacer para revigorizarla. *
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