Daniel Díaz Maynard, un inolvidable

Ayer murió Daniel. Sabíamos que estaba luchando en varios frentes contra variadas dolencias, pero la noticia sorprendió a muchos, que no pudieron contener el llanto al trasmitir la mala nueva.

Un hombre con todas las letras, una personalidad inclonable. Siempre tuvo como meta volcarse a los demás a través de la política.

De joven, con aquella fuerte presencia física, con aquella mirada ostensiblmente pícara, supo con esfuerzo vencer su tartamudez adolescente que se convirtió en pausas que eran un complemento de su decir sentencioso.

Fue un militante estudiantil y socialista, en aquella época en que la militancia parecía reservada a quienes pensaban y brillaban, en un marco de honestidades ideológicas inclaudicables.

Daniel fue un hombre fermental. Sabíamos que sólo encontrarlo era una forma ineludible de impregnarse de ideas y razonamientos originales, nunca ajenos a un decir enmarcado en una sonrisa que también mucho decía.

Fue un hombre de empresa, de empresas asociadas a sueños y originalidades. Se recibió de abogado, pero sabedor de su inocultable sentir político, alguna vez le dije que por fin se había recibido de diputado, su vocación indisimulable.

Ya con algunos años, fue ejemplo de diputado. Estudioso, conciliador cuando correspondía, brillante y peligroso en la polémica, ácido, de ser menester. Pero ganó amigos y admiración en todo el espectro de la Cámara, de la que en los últimos años recibió homenajes muy merecidos.

Sentía el país. Ultimamente recluido y mimado en su intimidad, seguía con interés, profundidad y preocupación el acontecer de esta tierra que tanto quiso. Era lúcidamente implacable para juzgar agachadas, incongruencias, y a veces hasta traiciones. Traiciones al pensar y decir de tantos que han renegado de pasados y convicciones.

Ayer y hoy, un hilo de tristeza y congoja llenó teléfonos y computadoras para dar cuenta de que se nos había ido, e invitarnos a darnos un abrazo que pareciera tenerlo a él como destinatario, el hombre imborrable y admirado.

Todos tenemos muchos Danieles en el ámbito de nuestros conocidos. Para muchos sólo decir Daniel era nombre y apellido de este hombre, un hombre sin emparde que hoy lloramos.

Permítaseme contar algo personal que me llenó de alegría.

No hace mucho tiempo, de sopetón me encontró y me dijo que me quería mucho, pero que mucho más había querido a Esther, mi mujer, dándome otra muestra sabia de orientar quereres.

En el Olimpo, o en la tierra misma, se alegrarán con su presencia. *

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