La producción de biocombustibles
La problemática planteada es de una complejidad difícil de desentrañar y que exigirá, por supuesto, del análisis desapasionado de quienes fuera de los vaivenes y tironeos políticos tengan que dar su opinión sobre el futuro energético del planeta. No cabe duda de que uno de los motivos centrales del viaje del presidente estadounidense, George W. Bush, a cinco países de América Latina, fue realizar acuerdos en torno a los combustibles alternativos del petróleo, del que Estados Unidos tiene una dependencia de la que aparenta querer desprenderse.
Como se sabrá, Brasil está trabajando firmemente en este rubro y ya en los tanques de los vehículos que circulan por ese país se colocan combustibles que tienen un porcentaje de alcohol destilado de maíz, soja o caña de azúcar. En el propio Uruguay, Ancap está realizando inversiones en la zona de Bella Unión con el fin de producir biocombustibles, a fin de no depender del petróleo, y ello por varias razones. Una de ellas, la volatilidad del precio internacional, que determina una constante variación de los precios, y la segunda y quizá más importante es que se calcula que en treinta años el planeta Tierra se quedará sin este bien no renovable, por lo que es necesario adoptar con tiempo las medidas pertinentes. Por otra parte los combustibles no fósiles, o sea los biocombustibles, son limpios, no afectan la capa de ozono, por ello su uso es aparentemente recomendable en un mundo donde los cambios climáticos globales han llevado al recalentamiento de la atmósfera, está modificando elementos sustanciales y destruyendo, por supuesto, la biodiversidad.
Estados Unidos está dispuesto a comprar toda la producción de Uruguay, de Brasil y seguramente de Argentina de biocombustibles, pero allí surgen los problemas. ¿Cuál es la razón de esa generosidad? Analicemos el tema por partes: La energía contenida en los granos y en las plantas es en realidad una metamorfosis agroquímica de la energía solar que, a través de los aceites vegetales o del alcohol, se transforma en combustible.
Las mejores condiciones para la realización de ese proceso se hallan en el hemisferio Sur, en donde, además de haber todavía tierras disponibles, es mayor la incidencia de la energía solar. Por lo demás según algunos analistas las empresas quieren aprovecharse de la ola a favor de los agrocombustibles para expandir el uso de las semillas transgénicas de soja y de maíz, asegurándose los beneficios derivados de la venta de semillas patentadas y de productos agrotóxicos para el desarrollo de la agricultura energética.
La ofensiva en curso a favor de la producción de biocombustibles ha fraguado una alianza, a fin de unificar los intereses de tres grandes sectores del capital internacional: las corporaciones petroleras, las trasnacionales que controlan el comercio agrícola y las semillas transgénicas y las empresas automovilísticas. ¿Qué quieren, dicen las mismas fuentes? Mantener el actual nivel de consumo del primer mundo y sus propias tasas de beneficio. Para lograrlo, pretenden que los países del Sur concentren su agricultura en la producción de combustibles que habrán de servir de alimento a los motores del primer mundo.
Producir combustibles con girasol, maíz, soja, almendras, palma africana o caña de azúcar es un comportamiento de aparente buena intención: sustituir el petróleo, combustible contaminante y no renovable, por combustibles renovables que no dañan el ambiente.
Es un tema que se debe analizar, especialmente cuando Ancap se está embarcando en la tarea que coincide con los caminos emprendidos en los demás países latinoamericanos. Pero, siempre habrá que preguntarse si tras ese impulso general no habrá intereses empresariales multinacionales que hay que clarificar. *
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