Saludable merienda de negros

Escrito por: MARIO DE SOUZA - Analista

Miércoles 07 de marzo de 2007 | 3:30
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Los aficionados a la memoria colectiva, eso que algunos acartonan como historia, no podemos desprendernos de ésta, cuando hablamos de política, puesto que la ¿polis?, la ciudad, es un acto de memoria.

¿Desde cuándo estamos aquí? ¿Cómo llegamos aquí? ¿Por qué hablamos esta lengua, somos de esta y no otra manera, etc.? Todas estas preguntas, y muchísimas más, sólo pueden ser respondidas por la memoria colectiva, la conciencia de nuestra existencia grupal. Hasta los náufragos del Titanic hicieron su historia común, al momento de vivir una peripecia, sobrevivirla, compartir una memoria común, etc. Por más que al momento de abordar el barco sólo los uniera la voluntad de llegar a buen puerto y de allí en adelante cada uno siguiera con sus vidas.

Un pueblo, una nación, es una comunidad de idioma y de cultura elaborada en el tiempo. Es punto de partida y destino, razón de vida y de muerte, en y por un territorio que los nutre a todos.

Nuestra América castellana pudo ser catalana o gallega, sólo que la unificación nacional española se logra en el mismo año del descubrimiento y la hacen los reinos unidos de Castilla y Aragón, eligiéndose el castellano como lengua común para la construcción del Estado por razones claras de calidad lingüística y conveniencia política.

Pero, a su vez, las Indias también contaban con cientos de naciones desparramadas en amplísimos territorios. De acuerdo a la forma de ver y entender europeo, se estimaron como naciones a los conglomerados humanos que se entendían en un mismo idioma. De esta forma los españoles y portugueses en estas regiones se encontraron con una extensa comunidad lingüística, la guaranítica, que abarcaba desde el Río de la Plata a las vertientes cordilleranas del Amazonas.

En las Indias, donde existían amplias comunidades lingüísticas lo primero fue entender la lengua de las mayorías, es más, llevarlas a la escritura por medio del alfabeto romano, para la rápida conversión y consiguiente integración a la nación de los pueblos.

Por ello, no es de extrañar, que en tiempos de Artigas el idioma dominante era el guaraní. Al norte del río Negro, según el testimonio de Andrés Lamas en 1845, todavía el guaraní era dominante. Esto explica nuestra toponímica guaranítica. Ahora bien, ¿cómo explicar la fulminante desaparición del guaraní en nuestro territorio, cuando en la otra banda, sólo un poco más al norte de Artigas, se habla y reconoce aún el guaraní entre los trabajadores rurales?

Pero el estado Oriental, tal como hoy lo conocemos, se organiza recién a partir de 1876, bajo el gobierno del coronel Latorre. Es bajo su gobierno que se impone en todo el territorio la escuela pública. A la unidad política militar del territorio la escuela pública agregará la unidad idiomática. Y con el idioma se podrá difundir la historia que justifica la existencia del Estado y de la comunidad de intereses de este conglomerado humano. Es lo que llamamos la historia nacional. Que no es más que aquello que los franceses denotaban “la historia para el Delfín”, es decir, la historia del Estado para que el heredero, el delfín, las futuras generaciones, pudieran justificar su existencia, el acatamiento a las leyes y aprender a respetar el orden vigente.

Con la escuela vareliana, como lo hiciera Sarmiento en la otra banda, se crea toda la mística de la “historia patria”, no en vano es justamente en esos años que el llamado “poeta de la Patria”, Zorrilla de San Martín, lee su famoso poema, en el que aún se funda, quiérase o no, nuestra historia oficial.

La oligarquía portuaria dueña del territorio circunvecino, es la hacedora de la unidad política y cultural que se impone a los residentes en el mismo. Los partidos políticos que surgen del período latorrista, se ponen de acuerdo en que la historia conveniente a los fines del Estado que quieren construir, se rige por el esquema de “la leyenda Patria”.

En el siglo XXI, ¿cómo justificarán su actual penosa existencia los sobrevivientes de cuatro décadas de proceso de liquidación nacional? ¿Qué deberán pensar de la vida los habitantes de la “medianería” forestal en que nos han convertido? El patriciado vacuno de la Asociación Rural, con sus milicos y su escuela valeriana, nos inventaron lo que luego la demagogia facciosa llamara “el Uruguay Batllista”.

Ahora que la Asociación Rural va camino a la historia para ser remplazada por la Asociación Forestal, encargaremos a algún poeta finlandés una nueva Leyenda Patria.

Bien, ya lo dijo el ilustre descendiente del vencido en Las Piedras, “esto es una merienda de negros”. Por fino y delicado, no dijo quilombo, que es lo mismo. Porque república de esclavos fugitivos fueron los quilombos. ¡Cosa de negros, eso de ser todos iguales, faltaba más! Y no denigremos más nuestra historia, porque denigrar es “ennegrecer”. En realidad lo que hacen los patricios es “deblanquear”.

¡A los negros que todavía merendamos, salud! *

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