La semana que Emilio Frugoni le dijo "no" a la dictadura

Escrito por: H. GERARDO GIUDICE - Analista

Miércoles 07 de marzo de 2007 | 3:30
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Cuando en 1973 llegó la oscura noche impuesta por la dictadura militar, los carceleros del país, no sabían que al año 1980, elegido para consumar su célebre fantochada del plebiscito constitucional, coincidía con los 100 años del nacimiento de don Emilio Frugoni. En su omnipotente brutalidad, no advertían que podían abrir una brecha para realizar el primer acto político masivo desde el golpe de Estado.

A instancias de Jorge Andrade Ambrosoni y Eduardo Jarena se reunió el clandestino Comité Ejecutivo del Movimiento Socialista, y se planteó la idea de organizar una “semana de homenajes” a la venerable figura de Emilio Frugoni. Al efecto, fueron comunicados políticos de confianza de los partidos tradicionales. Y antes, se contó con el apoyo del otro sector socialista liderado por el doctor José Pedro Cardoso.

Se realizaron los trámites correspondientes para la autorización de la “semana de homenajes”, se consiguieron las salas de conferencias y se imprimieron los programas. El lunes 24 de marzo hablaría la profesora Reina Reyes refiriéndose al papel educativo de Frugoni. El miércoles 26 le correspondería al profesor Alejandro Paternain disertar sobre “La poesía de Emilio Frugoni”. El viernes 28 le tocaría el turno a Jorge Andrade Ambrosoni en el “Teatro del Notariado”, hacer una semblanza política del fundador del socialismo uruguayo. Las jornadas habrían de culminar con una concentración popular en el Cementerio del Buceo, junto a la tumbar donde yacen los restos de Don Emilio, el 30 de marzo, fecha de nacimiento del homenajeado.

¡Cuál no sería la sorpresa cuando comenzaron a leerse los mensajes de salutación venidos desde el exterior!

Por la relevancia de quienes los mandaban y el tenor de lo que decían. al inicio de la primer conferencia se les dio lectura. Estuvieron presentes saludos de François Mitterrand, Felipe González, Narcis Serra (Alcalde de Barcelona), Olof Palme, Bernt Carison, Ron Haywaard (Secretario General del Partido Laborista británico), el Grupo Parlamentario de Congreso (PSOE), Willy Brandt y tantos otros, la dictadura no esperaba golpes tan duros.

En cuanto a la oratoria, si relevantes estuvieron las conferencias de Reyes y Paternain, la de Jorge Andrade Ambrosoni resultó excluyente. Es que el haber sido uno de los hijos predilectos de Frugoni no le hacían medir los riesgos que sus palabras le pudieran acarrear. Realizó una semblanza completa de su Maestro. De su ideología y de su accionar político. Y llegó el momento culminante de su exposición. Andrade presagiaba el triunfo del socialista Felipe González en España, y entendió de recibo realizar una elíptica comparación entre el régimen de Franco y el de los usurpadores del gobierno de nuestro país. Así, reparó en el Palacio de las Cortes Españolas. Las comparó con nuestro amordazado Parlamento. Refirió a los padecimientos emergentes de las mencionadas Cortes, víctimas de un largo crepúsculo al que se le sumaron las sombras de una noche ominosa, instaurada con el aporte de las armas de Hitler y Mussolini. Sombras que duraron más de 40 años.

Aquel edificio silencioso había sido la sede del Parlamento Español. En ese recinto que iba recobrando la voz, había resonado la de Pablo Iglesias, el “abuelo”, el fundador del Partido Socialista Español, que cuando interpelaba a los ministros, lo hacía en lenguaje que entendían los obreros, pues el también fue obrero tipógrafo, que nació, vivió y murió en las más extremada pobreza. Allí había estallado la elocuencia de Indalecio Prieto, tan portentosa que cuando vino al Uruguay en plena guerra civil, fue necesario habilitar el Estadio Centenario para que pudiera desplegarla entera. No cabía en ningún recinto cerrado. En aquellas Cortes se había oído la palabra llena de sabiduría del socialista Fernando de los Ríos. Y la de su colega Largo Caballero, con su irrefrenable impulso, por transformar su verbo en acción. La de su camarada Julián Besteiro, profesor de Lógica , que en aquel recinto había presidido las Cortes Constituyentes. Después fue Alcalde de Madrid y cuando los fascistas entraron victoriosos en ella, los esperó en su puesto a pie firme. Y lo llevaron preso y en la cárcel murió en 1940, de tuberculosis. “Muero en un mudajar”, dijo. En un estercolero.

En un depósito de basura.

Recordó a Miguel Hernández, el gran poeta de la guerra civil española, que escribía y recitaba poesías en las trincheras de la República y a los 31 años murió en las cárceles de la dictadura. “¿Qué hice para que le pusieran a mi vida tanta cárcel?”. El era “Perito en Lunas”. Pero de lunas Franco no entendían nada. Era perito en cadáveres. Por eso con el trabajo de centenares de presos hizo construir el “Valle de los Caídos”, para que en él reposaran sus propios despojos, embalsamados para traspasar los siglos, rodeados de todos los que él mismo transformó en mortajas.

El dictador no aceptó oposición alguna. Por eso, a “dedo” designó un Parlamento distribuyendo diputaciones entre sus servidores y familiares. Como nuestro “Consejo de Estado”. Fue el disparatario del mal hablar.

Franco no necesitaba hacerlo. Hacía y callaba. Por aquel “Parlamento” no pasaba ni el poder ni la historia.

Como en nuestro país. Y culminó Andrade su oratoria con una frase de Emilio Frugoni que como mordida en piedra decía. “Si las energías morales del pueblo español se pudieran transformar en fuerza física se lograría una, capaz de borrar estrellas del firmamento o hacer aparecer otras nuevas de las infinitas profundidades de la noche”. Las dictaduras no son de por siempre, culminó el orador. Fue ovacionado de pie. Sobrevinieron detenciones, pero el mandato del Maestro estaba cumplido. Una vez más, a once años de su fallecimiento, Frugoni golpeaba por boca de Andrade Ambrosoni a otros autócratas que no lograban amordazarlo. *

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