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Sobre empleo, desempleo pobreza y marginalidad

Sobre empleo, desempleo pobreza y marginalidad

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Los índices de pobreza han descendido de acuerdo a los datos proporcionados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), pero todavía no se compadecen con la caída del desempleo que camina, a ojos vista, por otro conducto.

De acuerdo a las últimas informaciones la ocupación creció de manera constante y la parte de la (Población Económicamente Activa) PEA desocupada no supera el dígito, llegando casi al 10 por ciento, pero no superando esa cifra, lo que muestra logros indiscutibles de la realidad económica, del crecimiento de la actividad y de los caminos emprendidos que llevan a un crecimiento sostenido del país.

Sin embargo, pese a que en el 2002 la pobreza llegó a la enormidad del 50 por ciento de la población, con un altísimo índice de marginalidad, este número se fue abatiendo como consecuencia de la mejoría económica y de la actividad producida por un mercado interno en alza que, de acuerdo a las cifras del 2006, tuvo un incremento del 16 por ciento.

Hoy la pobreza, de acuerdo a las cifras que proporciona el mismo INE y otras que provienen de Cepal, supera en algo el 19 por ciento, lo que determina que en este período cientos de miles de uruguayos sortearon esa fatídica línea, pese a que todavía se encuentran sumergidos muchos miles y que un 3,94 por ciento de la población todavía se encuentra en estado de indigencia.

Por supuesto que el camino es promisorio y el futuro parece estar lleno de buenas señales, porque el país sigue en el camino del crecimiento y con él, quizás sea lo más importante, está comenzando a convivir una política redistributiva del ingreso que es la que está haciendo mejorar los índices.

Porque a un país no le basta exportar más carne y commodities, ya que esas divisas, si bien quedan en el país, van a sectores determinados de la industria, a los intermediarios, a quienes practican la producción extensiva que, si bien mejoran su sector, esa riqueza no se derrama como debiera al resto de la sociedad. Se deben instrumentar otros mecanismos distributivos más eficaces, que determinen que sean los grandes sectores de asalariados y jubilados los que mejores su nivel de vida y, con ello, multipliquen el consumo reactivando el mercado interno, el comercio y la producción industrial.

Y ello ocurrió por la incidencia de los Consejos de Salarios, instrumentos imperfectos pero valiosos, que se pusieron en marcha y apuntalaron al sector privado multiplicando su poder de compra con el aditamento positivo, que ello ocurrió sin desatar ningún proceso inflacionario. Y también, de alguna manera, por una política más generosa que aggiornó las pasividades, pese a que en el sector pasivo, todavía existen prestaciones sumergidas.

Otro elemento, que contribuyó de alguna manera a mejorar la capacidad de compra, fue la puesta en marcha del Plan de Emergencia, que llegó a 326 mil familias y que es, por supuesto, una ayuda invalorable para dotar a las mismas de un mínimo indispensable que les permita sortear los males de la pobreza y la indigencia.

Por supuesto que este plan debe ser seguido por otro que supere el sistema asistencialista de este por otro, que vaya integrando a los beneficiarios en tareas remuneradas y productivas, de buena calidad. El gran problema de los países latinoamericanos es la contradicción que existe entre la caída del desempleo que, muchas veces, no es paralelo a la reducción de la pobreza. Y ello ocurre porque las estadísticas que miden la actividad no tienen en cuenta la calidad de los nuevos empleos, los niveles salariales y las condiciones de trabajo, muchas veces “en negro” y sin la protección que brindan los organismos de seguridad social.

Hay un ejemplo sobre el punto que utiliza Cepal que es aleccionador, en que se hace una comparación entre dos países del continente prácticamente con los mismos niveles de desempleo. Dice el trabajo: “El ejemplo propuesto sobre Chile es importante: también tiene un desempleo en torno del 8 por ciento, pero la pobreza es poco menos de la mitad que la que registra Argentina. La gran diferencia radica en la calidad de los empleos. La informalidad en Chile, incluidos asalariados y autónomos, es casi la mitad que en Argentina (57% v. 33%).

Un dato a tener en cuenta. ¿Verdad? *

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