El desideologiza, nosotros desideologizamos, vosotros
Hace pocos días escribíamos unas reflexiones sobre la falta de comunión entre las definiciones de la fuerza política y la Cancillería por un lado y la práctica impulsada desde alguna cartera de mucho peso en el gobierno en torno a la política internacional de nuestro país.
Por suerte otros analistas han realizado, también desde esta página, sus serios y documentados aportes al debate teórico.
Y es una actitud de saludar, aunque uno no comparta sus conclusiones.
De la misma forma que creo que no debe haber una ética de oposición y otra de gobierno, no creo que la ideología, considerando a ésta como «el conjunto de ideas, creencias y módulos de pensamiento que caracterizan a un grupo, clase, religión o partido político…», deba tener como los medicamentos fecha de vencimiento.
Y menos que esa fecha sea la del acto electoral.
No comparto que elaboremos definiciones teóricas y lineamientos políticos como compromiso de gobierno e impulsemos otros distintos cuando alcanzamos el objetivo de gobernar, y sin que hubiera mediado ningún tipo de cataclismo político.
Menos aún como forma de posicionarnos frente a previsibles presiones (económicas, políticas e ideológicas) de lo más rancio de un bloque conservador que se siente lógicamente afectado desde que perdiera el control político del aparato estatal.
Debe existir una comunión entre lo que se dice o se escribe y los hechos.
Debe existir una comunión entre la palabra y la vida. Esto ha sido parte del legado histórico de la izquierda y no somos quién, la generación a la cual le toca comenzar a administrar los cambios, para destrozar ese valor tradicional de la izquierda.
Por lo tanto no es correcto esconder los renuncios programáticos atrás de la cómoda muletilla «ahora somos gobierno».
Esta parece ser la disyuntiva que según analistas debe resolver el gobierno, sin considerar que son las ideas la base teórica para transformar o trascender las realidades.
Sin duda que existe una confusión. Parece que lo que resolvimos estando en la oposición como profundos y sesudos documentos como parte de un programa de cambios, al asumir el gobierno colisionan con la «realidad» y están destinados a transformarse en simples papeles sin valor de curso legal.
Esto es muy peligroso porque además desvaloriza el papel de la fuerza política que sustenta al gobierno y defiende el programa de izquierda.
El objetivo de este discurso escudado en el posibilismo parece ser el de sustituir las ideas largamente elaboradas y asumidas por la izquierda y que nadie duda que cuesta llevarlas a la práctica por un pragmatismo gubernamental pseudo responsable y movilizado por las urgentes necesidades de la gente.
Como si las ideas y el discurso que las promovía cuando estábamos en la oposición no persiguieran ese fin, sino el tan simple y mezquino de acceder al poder.
En el caso de la inserción internacional de nuestro país las definiciones y lo que se le propuso a la ciudadanía es muy claro: Uruguay con la región y desde la región al mundo.
Que el Mercosur y la región tienen problemas no es «una novedad a integrar» , es un dato de la realidad presente desde hace un largo tiempo y resolverlos es parte de un proceso que llevará su tiempo.
Cuando se hizo la apuesta al Mercosur nadie pensó que el camino a transitar estaría sembrado de pétalos de rosa. Pero es el camino a recorrer, teniendo el cuidado de no tirar en su curso ni una sola espina.
En el artículo anterior planteaba una serie de consecuencias que el acercamiento de nuestro país a Estados Unidos traería aparejadas. La firma de un eventual TLC o acuerdo bilateral distinto al espíritu de la Cumbre de Mar del Plata operaría en forma negativa en el relacionamiento con nuestros socios del Mercosur.
Es de público conocimiento que esos países son contrarios a la firma de acuerdos bilaterales con la principal potencia mundial y alguno de ellos cuestiona frontalmente no sólo la política belicista de la Administración Bush, sino la globalidad de su política exterior, la que es obvio incluye el aspecto comercial.
En el relacionamiento internacional de los países la relación comercial juega un papel primordial y en general condiciona o interactúa con la relación política. No son nuevos para nuestros países los alineamientos en organismos internacionales a cambio de nichos de mercado o el préstamo de 30 monedas.
La izquierda siempre ha sido implacable con estas conductas y lo seguirá siendo. Hay un hecho innegable, el principal objetivo que persigue Uruguay con este acercamiento es de carácter económico a través de su política de comercio exterior. No pasa por ninguna cabeza que el acercamiento persiga razones políticas o ideológicas con el gobierno de Bush. El objetivo de Estados Unidos no es en principio económico, sino que persigue un fin político muy claro en el corto plazo: perforar o debilitar el proceso (lento, complejo, etcétera) de integración regional, fortalecido últimamente con las vinculaciones de Venezuela, Bolivia y probablemente Ecuador.
O sea que lo que nosotros negociemos solos con Estados Unidos afecta directamente al conjunto de la sub región en la medida que permanezcamos en el pacto económico, político y social llamado Mercosur.
Tan es así que aunque el Partido Nacional, a través de Larrañaga, ponga el grito en el cielo en defensa de nuestra independencia y soberanía, el ex canciller Sergio Abreu en publicaciones académicas reconoce que el Mercosur debe contemplar para los socios menores «…la posibilidad de negociar bilateralmente con terceros países, en el marco de negociaciones conjuntas en forma de avances y/o complementos o previa consulta con los demás socios.»
¡Se imaginan que reconozca esto públicamente y quede pegado a las posiciones del actual canciller!
Por supuesto que Abreu de esto sabe. Y sabe que de no acordarse con los socios los temas a negociar con Estados Unidos éstos lo van a hacer sentir. Por el momento la estrategia de estos gobiernos parece ser la frialdad y el ninguneo a nuestros planteos.
Se debe volver al camino definido por la fuerza política: con la región y desde la región hacia el mundo. *
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