Escrito por: HECTOR GUGLIA
“Si nuestras sociedades siguen por mucho tiempo más viviendo y desarrollándose de la manera como lo hacen, la humanidad se autodestruirá”.
Nosotros no aceptamos esta perspectiva. Para evitarlo debemos transformar profundamente nuestra manera de pensar y de vivir. Esta transformación nos compromete a cada uno de nosotros. Pero cada individuo es importante si su acción y su voluntad no convergen con las de millones de miles de millones de otras personas. Para que tal convergencia se dé, debemos ponernos de acuerdo en lo esencial: un diagnóstico, valores y principios para actuar, prioridades y una estrategia adecuada.
“Sufrimos de tres desequilibrios mayores: Norte y Sur del planeta, entre ricos y pobres dentro de cada sociedad: entre los hombres y la naturaleza”… “Estos desequilibrios se arraigan en los modos de producción y de intercambio así como en la visión de la modernidad que han moldeado las sociedades contemporáneas”.
Precisamente los modos de producción y de intercambio que han caracterizado al capitalismo han atravesado diferentes etapas que han impactado sobre el conjunto de manifestaciones de la vida. En los últimos años estamos viviendo uno de estos momentos de transición a una nueva fase del capitalismo que nos ubica al fin de sus posibilidades de continuar desarrollándose como sistema y por lo tanto en la perspectiva de la posibilidad de construir un nuevo modo de organizar las relaciones sociales tan diferente del actual como el feudalismo y el capitalismo. Esta afirmación no constituye la expresión de un deseo de cambio sino que comienza a ser tomada como una referencia ineludible para quienes se plantean analizar las perspectivas de futuro de la humanidad incluso desde ámbitos intelectuales liberales en los que este tipo de consideraciones no hubieran sido esperables hace algunos pocos años.
Los procesos de producción incorporan un valor agregado, también llamado excedente a los costos de producción. El valor agregado global se distribuye en forma desigual en la sociedad. El estado concreto de la distribución en un determinado momento o período refleja la síntesis entre el estado de la lucha por la apropiación del excedente que se da entre los diferentes actores sociales y la conciencia ética colectiva. El proceso de transformaciones que se ha operado en el mundo en los últimos años ha acelerado la acumulación del excedente de un grupo cada vez más reducido de empresas, al punto que 360 millonarios tienen actualmente una riqueza equivalente a la del 45% más pobre del mundo.
Entre los mecanismos fundamentales que provocan esta concentración se encuentra el hecho que la evolución o revolución tecnológica reciente ha aumentando en el sector moderado de la economía la productividad de la fuerza de trabajo al mismo tiempo que ha disminuido los requerimientos de la fuerza de trabajo.
Varios de los problemas que están provocando retrocesos en la situación de los Derechos Humanos actualmente están asociados a este hecho, pero no porque los cambios tecnológicos estén inevitablemente asociados a ellos, sino porque se insertan en una determinada forma concreta de estar organizadas las relaciones sociales. Precisamente ha aumentando en el último tiempo la parte del excedente de la que se apropian los capitalistas (tanto en lo que va hacia las fortunas personales de los empresarios) en comparación a la parte que se apropia el resto de la sociedad (tanto en salarios como en inversión pública).
En el actual modo de estar organizadas las relaciones sociales el producto generado en el proceso de producción le pertenece a la empresa y por lo tanto también al beneficio obtenido de su comercialización. Consecuencia directa de esto es que el incremento de la productividad de la empresa no tenga que reflejarse en los salarios de los trabajadores o que los menores requerimientos de la fuerza de trabajo, la empresa pueda resolverlos mediante el despido de los trabajadores.
Estos aspectos pueden estar regulados mediante convenios entre los trabajadores y la empresa, y por ello dependen de la correlación de fuerzas para definir en el juego del poder la parte de excedente de la que cada cual se apropie, aún cuando esto ocurra en el marco de las reglas del juego definidas en la legislación laboral.
Pero además, como cada vez hace falta trabajar menos, lo que se hace es reducir la cantidad de empleos como si fuera la única alternativa posible cuando en realidad podría pensarse en que cada trabajador trabajara menos tiempo sin que se redujeran por ello sus ingresos.
Las mismas condicionantes normativas y el mismo argumento legitimador de las necesidades de competitividad le cierran el paso a esta otra posibilidad de distribución equitativa de los beneficios proporcionados por el cambio tecnológico.
El fenómeno de la pérdida de empleos está en parte disimulado porque muchos servicios que estaban integrados a la producción ahora se externalizan al tiempo que se generan nuevos tipos de servicios, creando la impresión de que a medida que se reduce el empleo en la producción manufacturera, comienza a desarrollarse un nuevo sector de servicios que crea nuevos empleos. Lo cierto es que en la mayoría de los casos los empleos en el sector servicios constituyen un retroceso en la calidad de los mismos encubriendo un proceso de deterioro de las condiciones de trabajo.
Pero además en los empleos de calidad en el sector servicios las tendencias sobre los requerimientos de empleo son análogas a las que presenta la industria.
Se estima que en los próximos 30 o 40 años, en caso de mantenerse los actuales parámetros de organización de la sociedad, el empleo de calidad será accesible sólo para el 30% de la población. El 70% restante no serían todos excluidos absolutos de alguna forma de empleo ya que seguirían desarrollándose modalidades de trabajo informal, pero aún las posibilidades de este tipo de empleo serían reducidas y de baja calidad, casi reducidas al desarrollo de una economía paralela. *
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