Escrito por: RAUL LEGNANI
En los últimos días tuve un contacto bastante frecuente, siempre telefónicamente con Sergio Previtali. “Sacha”, era su única palabra que utilizaba para identificarse. Si no la hubiera empleado era lo mismo, porque su voz fue siempre inconfundible.
La última vez que me llamó muy emocionado por un artículo mío, recordatorio del Corto Buscaglia al cumplirse el aniversario de su muerte. Ese fue el pretexto, porque de inmediato me dijo lo que nadie quería oír: “Sabés que estoy peor del cáncer, pero no hagamos drama, porque voy a seguir para adelante”, agregó.
Me aseguró que iba a poner todas sus pocas fuerzas para construirle a sus hijos en Rocha “un rancho igual al de Artigas y lo voy a hacer con mis propias manos”.
Consciente de lo que le estaba pasando, me contó que había ido al velorio del Pepe D’Elía y que por su nuevo aspecto “muy pocos me conocieron”, “lo que estuvo bueno”, agregó con cierta ironía que no ocultaba el malestar que sentía porque muy pocos se arrimaban a su casa a tomar unos mates. La muerte se le venía encima y el se preparaba sin estridencia para recibirla, aunque siempre creyó que aún le quedaba tiempo para escribir sus memorias. “Me tenés que ayudar porque se me pierden las fechas y los momentos”, fue su reclamo, al que le respondí positivamente. No hubo tiempo ni para escribir una línea.
Fue al final de esta breve conversación, porque los dos estábamos muy emocionados, que me di cuenta que ese optimismo no era tal. “No me contestes ahora, pero te dejo una pregunta: ¿Por qué nadie se acuerda de ‘La Doctora” cuando se cumplen diez años de su muerte?”. “Ahora no me contestes”, volvió a insistir, lo que nos permitió a los dos salir de la tensión de las emociones.
“La Doctora”, así le dijo siempre a su madre, doña Alba Roballo, una de las olvidadas de la izquierda, como tantos otros que construyeron la unidad del pueblo y el amanecer de hoy, que por cierto al Sacha no le agradaba mucho, opinión con la que yo discrepaba, pero respetándole el dolor de sentirse aislado, solo, como fue cuando no lo invitaron a la asunción del nuevo Parlamento en 2005. ” LA REPUBLICA dio la noticia de mi enfermedad y sólo me llamaron dos compañeros”, me comentó un día con amargura. El Sacha era un típico montevideano, con la particularidad de que antes del primer llanto debe de haber dado una opinión política. Sus ojos grandes y sus oraciones cortas, mostraban una gran picardía, donde creo que se juntaba el boliche que se aprendió en los clubes de la Lista 15, con el espíritu de Fidel y sus barbudos que lo abrazó (una extraña cruza ideológica con la que me siento identificado).
Hijo de Alba, el batllismo hecho mujer, pero también hijo de un comunista amigo de Rodney Arismendi, con quien fue soldado en el Centro de Oficiales de Reserva, “porque en aquella época era la forma de entrar a ser empleado público”, me dijo Sacha durante una entrevista, ocultándome que de esa forma los comunistas aprendían los primeros manejos de las armas. “El batllismo se mamaba en las asambleas, en los congresos de jóvenes”, donde además, “el impacto de la revolución cubana estuvo ahí, presente”. “Por eso siempre me sentí un hombre de izquierda, al igual que mi madre y otros”, me dijo en aquella entrevista, después que le habían extirpado un pulmón.
Era de los que “hablaba” con los ojos y con la ironía siempre pronta sus preguntas eran más cáusticas que sus afirmaciones, para ser utilizada contra sus adversarios y jamás sobre sus compañeros. Con el Sacha te divertías, más cuando estaba por entrar a un debate en el pleno de la Cámara de Diputados y allí establecía cómo hacer entrar a algunos de los legisladores blancos y colorados. Con pocas palabras describía al adversario y cómo hacerlo calentar. Muchas veces lo lograba él o alguno de sus compañeros de bancada.
Vuelvo sobre sus últimas declaraciones: “Hoy el FA parece un conjunto de proyectos personales. Creo que el problema es el poder, las chacras. Hoy no tenemos a la gente movilizada y convocada”, me comentó, mostrando otra vez la herida que lo acompañó hasta el último momento cuando a un amigo le dijo: “Entré al Frente Amplio cuando había olor a pólvora, pero hoy hay olor a reparto de cargos”.
Esta fue una de sus últimas señales, pero no la única. Quiso ser enterrado con ropa de color amarillo, el color del taxi, su último trabajo que siempre agradeció “porque he conocido el Montevideo (de los asentamientos) que no conocía”. No eligió, por cierto, la bandera del FA que la tenía bien merecida.
Así fue el Sacha, así se fue: polémico. Lo único que he hecho es recordar a un amigo, que estuvo solo por mucho tiempo pero que fue despedido por muchos más, con su forma de pensar y de actuar y que sabía que no coincidíamos en todo, pero por ello la amistad fue mucho más grande. Esto lo sabía, pero Graciela y Gisella me lo han reafirmado: Sacha amigo. *
OTRAS NOTICIAS EN LARED21