Viene el emperador
Es notorio que EEUU no está pasando por un buen momento imperial. La familia Bush y toda una política general entre la que se destaca con mayor énfasis la exterior, de la que seamos justos no es atribuible sólo a George, le ha hecho daño irreparable al imperio perdiendo terreno político y ético en todos los frentes. Pero también es cierto que la familia Bush y su equipo han ayudado eficazmente a que esa imagen heredada, propia de todos los imperios, se haya agravado a niveles insólitos. Las dos guerras genocídicas y feroces contra Irak, tanto la Tormenta del Desierto del «papá», como la última que no sólo no termina sino que ante los hechos se anuncia el envío de 20.000 hombres más, porque no logran el extermino deseado, es la imagen de una conflagración que sumada a los de los palestinos, que tampoco acaba, más la de Serbia y Kosovo y alguna «menudencia» que por ahí queda como remanente, configura una imagen de horror que empieza a eclipsar la de los propios nazis o del mismísimo Pols Pot.
Esa supremacía bélica indiscutible, adornadas con las arbitrariedades y medidas que profusamente adoptan en otros renglones, como en los organismos internacionales económicos a sus servicios, políticas proteccionistas, apoyaturas de gobiernos de idénticas calañas depredatorias para quedarse con el petróleo del mundo hoy, mañana será el agua, el gas natural (caso Afganistán), etc., conforman una realidad que particularmente a los países del tercer mundo en vías de desarrollo, a buscar otros aglutinamientos en torno a naciones poderosas, que carecen al menos por ahora, de esas ambiciones y peligros, pudiendo proteger o defender militar, comercial o socialmente a los débiles. La historia nos enseña que los nacionalismos, ya sean de derecha o de izquierda según el caso, aparecen siempre enfrentados y a la larga imponiéndose a esos poderes imperiales fácticos, criminales y arbitrarios. Así cayó la Unión Soviética. Sin perjuicio del fracaso ideológico, no pudo a la larga con los brotes nacionales polacos, lituanos, chechenios, etc., que igual que sarpullidos les reventaron en la cara.
Por estos lares empieza a asomar lo mismo. Sin prejuicio de término vital que se acerca a Castro, dicho sin ánimo de ofensa o deseo, surge con fuerza avasallante la figura de Chávez como sustituto en un contexto americano más amplio y hasta más liberal que el que le tocó a Fidel. Claro está, no es el mismo tiempo ni realidad. Pero a los gobiernos impuestos «a dedo» por Washington, propios de un pasado groseramente imperial, cada vez se les hace más difícil sostener. El caso más patente de reacción ante esto, es el de Irán.
Ante el arrasamiento que se hizo y se sigue haciendo como se dijo en Palestina e Irak, sin poder lograr aún frutos efectivos, se sigue levantando el poderío iraní. Es obvio que siendo el primer productor de oro negro en el mundo, y viendo lo que les pasa a los vecinos, deben de prever que más tarde o temprano les va a tocar a ellos. Y por más que su poder militar y económico es mayor, en un mano a mano con EEUU están en franco desnivel bélico. Incluyendo el atómico. O sea, sin pretender ser zahorí la única salida que tiene Ahmadinejad para la subsistencia de su nación iraní como patria soberana, libre y entera dueña de sus destinos y riquezas, es lograr lo antes posible entrar en el Club Atómico. Son nueve los socios que poseen la bombita: Inglaterra, Francia, que explotó cinco en el Atolón de Mururoa hace pocos años, la propia Israel, país que está en guerra, Rusia, China, etc. y también es de anotar, que el único que usó en seres humanos y ciudades abiertas sin interés militar, alguno como Hiroshima y Nagasaky, semejante arma, fue hasta hoy los EEUU. En buen romance, no me asusta Ahmadinejad, que en un futuro puede llegar a ser un alero donde protegernos, ni Chávez que pretende al igual que nosotros, subsistir. Con los antecedentes antes mencionados me aterra sí, el sheriff Bush con sus intereses y deshumanización que en un momento de crisis bélica en el mundo creada sólo por ellos, no trepida en enviar 20.000 hombres más a matar o morir para obtener intereses materiales, a lejanos países que nada les habían hecho.
Teniendo en cuenta, además, que esos 20.000 más las tropas que ya están sumados incluyendo los 2.000 muertos yanquis, el 80% de los mismos son de origen hispano parlantes, como despreciativamente nos denominan, de gente de estos lares que buscando mejores horizontes económicos terminan depredando naciones lejanas para la mayor gloria del imperio. El yanqui sajón, en las guerras, es apenas un mínimo porcentaje. palabra de vasco ¡no seré yo, el que en marzo cuando venga, lo vaya a aplaudir o saludar! *
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