Ideología y administración

Una cosa es pensar cómo se deben hacer las cosas y otra es hacerlas. Una cosa es ser oposición y otra tener responsabilidades de gobierno. Esto todos lo aceptamos, pero el impacto de la vivencia es una experiencia fuerte que no se improvisa.

Nos referiremos a «administración» en el sentido de toma de decisiones del gobierno en orden de mejorar el bien común.

¿Qué es entonces ideología? Recurrimos al diccionario, que nos dice: «Conjunto de ideas, creencias y módulos del pensamiento que caracterizan a un grupo, clase, religión, partido político, etcétera.» Sabemos que etimológicamente «idea» viene del griego y significa «cualquier representación existente en la mente o cualquier elaboración de ella por las que se relaciona con el mundo».

Nuestro conocimiento del mundo y de nosotros mismos supone que debemos elaborar ideas, es decir propuestas mentales, conceptos, que nos permiten «re-conocer» las cosas cada vez que nos enfrentamos a ellas. La inteligencia humana tiene un modo acumulativo de conocer y reconocer la realidad, es decir que generamos hábitos que nos facilitan y ayudan a comprender la realidad. Las cosas las conocemos en una primera vez pero luego nos habituamos a re-conocerlas; de otro modo conocer la realidad sería una fatigosa tarea diaria que no nos permitiría avanzar rápidamente. Este mecanismo de simplificación es una ventaja y un gran inconveniente. Ventaja, por lo que decíamos, facilita un avance acumulativo; desventaja, pues, puede jugarnos la mala pasada de hacernos ver siempre lo que ya vimos o nos habituamos a ver y por lo tanto nos perdemos de reconocer la realidad misma, de descubrir lo nuevo.

Si reservamos la palabra ideología para este entramado de ideas que nos sirven para comprender al mundo en que vivimos y poner cada cosa en su lugar, de acuerdo a nuestro peculiar modo de agregarlas, podemos decir que la ideología se constituye en los cristales que nos permiten ver el mundo, ordenarlo, pero también son la prisión de nuestro entendimiento si no estamos atentos para rebelarnos críticamente acerca de nuestro propio conocimiento.

Puede ser que quedemos prisioneros de ver siempre lo mismo donde en realidad hay cosas nuevas. Las llaves que abren la prisión son: la autocrítica y el diálogo respetuoso entre opiniones distintas para alcanzar consensos.

Maquiavelo, Hegel y Marx entendían que la ideología es el enmascaramiento que las clases dominantes elaboran para hacer comprensible y aceptable el mundo, social y políticamente, para sí mismos y las clases dominadas.

En el siglo XX vimos aparecer un modo distinto de entender la ideología. Pareto (1848-1923), la propone como un conjunto de normas de acción dirigidas a transformar o conservar la realidad, social y política existente.

Hasta aquí todo está muy claro y ordenado como en un laboratorio; los problemas surgen en la confrontación de las distintas ideologías en la diaria construcción del mundo social y político.

Surge una identificación afectiva, casi religiosa, entre nuestro pensamiento, mi modo de pensar y la realidad que nos golpea. Se genera la necesidad de optar si ambas no acuerdan: la realidad o la ideología. O modificamos nuestra ideología o trabajamos para cambiar la realidad. Hay quienes piensan cuando no aceptan la realidad que la equivocada es la realidad (¿) porque mi ideología me lo asegura. Claro, la ideología crea amarres y comodidades conmigo mismo y mi grupo referente que me hacen más difícil revisar lo que creo que lo que veo.

Sucede que hay ideas políticas que son claras y evidentes desde la oposición pero luego la responsabilidad y las exigencias de la administración de la toma de decisiones me hacen dudar. La salida cómoda, sin ruptura con mi grupo político y social, es privilegiar los automatismos y mecanismos adquiridos y no criticarlos para integrar otros aspectos de la realidad que ahora veo por mi nueva perspectiva y que antes, obviamente, no veía.

En definitiva, se puede seguir teniendo ideología de oposición cuando se pretende ser gobierno; hay quienes lo hacen sin integrar la novedad.

Sucede también que se puede tener una ideología que responda a realidades del siglo XIX o distintos momentos del siglo XX y que por inercia mental desde ella se quieran implementar hoy como soluciones viejas a problemas actuales.

La discusión se plantea entre quienes pretenden que su ideología sea progresista atribuyendo a la contraria ser conservadora.

Tomemos, por ejemplo, como progresista la autonomía de la Anep en la proyectada reforma de la Ley de Educación. ¿Es realmente progresista esta propuesta para nuestros tiempos actuales?

El tema de la «autonomía» o, como decimos los uruguayos, de los «entes autónomos», tuvo su desarrollo y esplendor hacia mediados del siglo pasado. Es una idea típicamente gestada por el pensamiento liberal dominante en la época. En ese momento el gobierno, el oficialismo, llamado «la derecha», estimulaba la creación de entes autónomos pues era propio del pensamiento liberal dominante liberar al Estado de fines secundarios que podían darse para una sospechosa planificación si permanecían en la esfera estatal. La oposición, «la izquierda», veía con agrado estos deslindes pues aunque no respondieran al ideal de la planificación en un Estado socialista o simplemente desarrollado, posibilitaban el predominio de grupos organizados de poder o corporativos. Hoy hablamos de «políticas de Estado» como un recurso moderno de organización del bien común. ¿Qué relación hay, hoy, entre autonomía y políticas de Estado, precisamente en el tema educativo?

Resulta curioso que hoy, evidentemente en otro entorno político, se siga insistiendo en una idea que apunta a una concepción de Estado y gestión que se contradice con la supuesta «ideología» de sus proponentes. Frente a realidades nuevas y con la intención de proyectarse hacia el futuro, en por lo menos treinta años, y no para atrás en otro tanto sería conveniente investigar soluciones novedosas acordes con el presente, que nos posibiliten un futuro abierto y no nos hagan regresar a fórmulas que se agotaron. *

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